Aïcha Liviana Messina

Agencia Uno

Columna de Aïcha Liviana Messina: La verdad

Repitámoslo, hablar es arriesgarse, siempre; y es estar a cargo de lo que nos rodea. Votar es poner una cruz en algo ya configurado. Votar no es hablar. Por eso el voto no es expresión de nada más que del modo en el que la política siempre trasciende los votantes.

Desde que se oficializaron los resultados de la primera vuelta de las elecciones presidenciales, muchos escriben para oficializar también la verdad en la que se encontraría Chile.

Esta primera vuelta marca el fin del “octubrismo” para algunos. ¡Se terminó el movimiento social, la “demanda” refundadora! O, al contrario, ahora sabemos la verdad del octubrismo: era solo una demanda por más autoritarismo, menos derechos, nada que se asemeje a un pacto nuevo. No pasó nada en octubre, nada más que el retorno de lo Mismo (que algunos llaman “pinochetismo”). Para otros, se repite un esquema histórico: después de la revolución, el personalismo (después de Robespierre, Napoleón…). Todo debe encajar bajo un esquema explicativo, algo ya conocido, algo que dominemos y permita decir: ¿Ven?, se los había dicho, yo ya sabía. Asimismo, sería el fin del llamado “octubrismo”, pero no el fin de la historia. Los patrones históricos de los que disponemos para entender lo que ocurre, al parecer siguen vigentes. Quien no grita al fascismo grita al pinochetismo, confirmando así su idea de que “Chile es un país de fachos”; y quien no grita al pinochetismo grita al “octubrismo”, insinuando que todo movimiento social es “facho”. Todo debe siempre encajar en un esquema previamente elaborado. Todo debe ser igual a todo. Pero si la ultraderecha de hoy es una derecha pinochetista, entonces no pasa nada nuevo. Si lo que ocurre hoy es lo que ya ocurrió ayer, entonces no estamos haciendo ningún trabajo crítico para determinar lo que serán las violencias de hoy, en su especificidad y en la monstruosidad que las vuelve inanticipables.

Pues ¿cómo podemos pensar lo que ocurre hoy –si es que algo ocurre– usando las palabras de ayer (fascismo, comunismo, pinochetismo… ahora también napoleonismo)? Otros dirán, y con razón: pero ¿cómo es posible pensar sin usar las palabras de ayer? ¿Acaso disponemos de las categorías para pensar lo que aún no conocemos?

Esta primera vuelta marca el fin del “octubrismo” para algunos. ¡Se terminó el movimiento social, la “demanda” refundadora! O, al contrario, ahora sabemos la verdad del octubrismo: era solo una demanda por más autoritarismo, menos derechos, nada que se asemeje a un pacto nuevo.

Es cierto que para lo nuevo no tenemos categorías, y que pensar es inevitablemente pensar desde el modo en el que comprendemos el pasado. Por lo mismo, no es siempre tan evidente pensar y hablar. El silencio es necesario y es parte de lo que nos vuelve pensantes.

Lo que por lo menos podemos decir es que el resultado de una elección presidencial habla de la política, de la peculiaridad de sus modus operandi, habla de su potencia e impotencia y no de lo que “realmente piensa la gente”. La gente no “habla” en el momento de una votación. La prueba es que votar es esconderse en una urna y poner una cruz en una casilla. Hablar es dirigirse a alguien, responder a una interpelación; es relacionarse. Votar es elegir dentro de un campo semántico ya definido. Hablar es arriesgarse más allá de este campo. Hablar es siempre hablar en primera persona; es decidir y lidiar con el mundo y todo lo que lo hace incognoscible, y no solo con uno mismo. Hablar es una relación con lo incierto, con lo que aún no ha sido dicho, probado por la ciencia.

Esto lo experimentamos muy a menudo, ante nuestros hijos e hijas, quienes nos sorprenden y cuestionan cada vez que nos interpelan. Responderles no es solo buscar la palabra correcta (aplicar un patrón, es decir, hablar desde la verdad); es experimentar lo incierto, el balbuceo, como algo que es parte de nuestra responsabilidad con ellos. Repitámoslo, hablar es arriesgarse, siempre; y es estar a cargo de lo que nos rodea. Votar es poner una cruz en algo ya configurado. Votar no es hablar. Por eso el voto no es expresión de nada más que del modo en el que la política siempre trasciende los votantes. De alguna manera (no de todas maneras), nada más irresponsable que un voto. El voto es representativo de la política en su conjunto; no de los votantes en su peculiaridad.

¿No pasó nada entonces en las elecciones del domingo? ¿Esta es la verdad?

Quizás los columnistas de “la verdad” tienen razón. No pasó nada el domingo; nada tan sorprendente. Pero lo que pasó no es la repetición de lo Mismo (una derecha golpista o un movimiento social inevitablemente destinado al autoritarismo). Es algo que ya estaba en gestación (por ejemplo, con las manifestaciones contra la ley de inmigración en agosto de 2019).

La ultraderecha desde hace tiempo se hace fuerte por el debilitamiento de los Estados. Esta es una configuración semántica que opera ya a nivel global; y esto es lo que nos pasa históricamente, sin un patrón explicativo preexistente. El llamado “octubrismo” en este sentido no ha inventado nada (nada de lo que “pasó” el domingo). Por eso los modus operandi de los “ultra” no consisten en buscar aliados políticos sino financiadores invisibles. No requieren hacer mundo, aliarse con los partidos tradicionales, porque se nutren de sus fracasos. Por eso es un error pensar que los “ultra” no pueden ganar porque no tienen aliados. Pueden ganar justamente porque no necesitan aliados. Se nutren de soledad. De ahí que parezcan emerger desde la nada, sin que nada los volviera creíbles. En realidad, trabajan lento pero seguro en su conquista.

Hablar es arriesgarse, siempre; y es estar a cargo de lo que nos rodea. Votar es poner una cruz en algo ya configurado. Votar no es hablar. Por eso el voto no es expresión de nada más que del modo en el que la política siempre trasciende los votantes.

Pero si la elección del domingo pasado no es de por sí un “acontecimiento”, en el sentido que todo esto era muy predecible y de hecho predicho, ahora sí que deja abierto el campo del habla. Pues si la política nos trasciende siempre, en la segunda vuelta no estaremos en la urna poniendo una cruz solo por donde nos lleva nuestro estado de ánimo o nuestras convicciones personales (me gusta o no me gusta; o no me gusta nada…).

En esta segunda vuelta no elegiremos dentro de un panorama múltiple. Deberemos decidir si las dos opciones que tenemos son equivalentes (ausencia de voto y voto en blanco); cual de las dos nos dejará más silencioso; si modifican, posibilitan o destruyen sustancialmente lo que nos anuda a la política. Esta quizás es la dimensión “histórica” de los resultados del domingo pasado. El domingo pasado abre un campo en que votar, no votar, votar en blanco, no es un voto más; es una palabra, una decisión, una relación, y por cierto pesará.

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