La imagen muestra a Loro Coirón en su departamento

Amanda Marton

Loro Coirón, grabador: “Una persona que dice que Valparaíso es feo, es que no se ha dado el tiempo de visitarlo”

De cara a su exposición en Matucana 100, el artista abre las puertas de su casa a The Clinic y comenta sobre Valparaíso, sus vicios del pasado, sus nuevos trabajos, la belleza y la luz. "Yo elijo la luz. Como con Caravaggio: la impresión de la luz sobre la piel de los porteños, su fuerza de carácter, su manera de caminar", dice.

Como alguien que trabaja con tierra, tiene el interior de sus uñas manchado de negro. Ese color contrasta con su tono de piel claro. Coincidencia o no, Loro Coirón lleva el blanco y el negro en su cuerpo. Es una marca, algo grabado en él, como su propio arte.

Al grabador francés Thierry Defert -su nombre real- muchas cosas le han quedado grabadas. Como el día en que, estando en Senegal, donde vivió desde los 3 hasta los 17 años, sus compañeros lo llamaron por primera vez “fuego del campo”, porque su pelo rojizo recordaba el momento en que los agricultores quemaban la tierra para tener el suelo con un poco más de vitaminas. Como el momento en que vio un atlas indicando Tierra del Fuego y dijo que ese sería su lugar porque él “era” fuego del campo. Pero ninguno de esos dos recuerdos quedó tan marcado en su memoria como el día en que conoció Valparaíso.  

Corría el año 1989. Thierry Defert viajaba por Sudamérica, específicamente por Mendoza y Los Andes, cuando lo invitaron a ir a Ritoque. En el camino, pasó por primera vez por “la joya del Pacífico”.

“Inmediatamente supe que tuve la suerte de ver un lugar diferente. Llegué a Valparaíso y fue como ver a una ciudad olvidada, lejos de los medios, de la moda y de todo en la época. Pero que tenía su dignidad. Hoy hablamos mucho de eso, y Valparaíso ya lo tenía en aquella época, una dignidad e identidad propias”, cuenta.

Crédito: Amanda Marton

Su fascinación por Valparaíso no salía de su cabeza. “Este es mi lugar, este es mi lugar”, se dijo una y otra vez.

Durante un tiempo, recorrió otros lugares de Chile, se hizo varios amigos. Uno de ellos dijo que el artista francés no se callaba nunca, que era como un “loro”. En otra ocasión, algunos niños chilenos destacaron que sus voluminosas cejas eran similares al césped “coirón”.

“Si los chilenos me decían loro y coirón, sabía que debía ser conocido en este país como ‘Loro Coirón’. ¿Y si me hubiesen dicho hueón? Bueno, ¡entonces hubiese firmado todos mis trabajos como Hueón!”, comenta.  

Todo estaba dicho: seis años después de conocer Chile, el artista resolvió grabar en el papel lo que le había quedado marcado en la memoria. Desde 1995 comenzó su labor dedicada a Valparaíso y con un pseudónimo más que definido: Loro Coirón.

Crédito: Amanda Marton

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Hoy, casi 30 años después, es prácticamente imposible visitar Valparaíso y no ver las obras de Loro Coirón. Están en restaurantes, cafés y hoteles de la ciudad. Se ven en libros y postales en tiendas turísticas, en las calles y también en la galería Bahía Utópica. “Tú no puedes dibujar la vida popular de un lugar y exponer solamente en una galería de lujo. Sería una esquizofrenia. Si tú haces dibujos de la gente de la calle, por último por cortesía esas personas tienen que acceder a tu obra por doscientos pesos”, opina.

“Siento que Valparaíso me abraza”, dice el artista. “Yo sé que en todos los puertos la gente tiene que ser receptiva por el comercio y cosas del tipo. Solo por la idea de existir un puerto este debe ser un lugar de recepción. Eso te hace ser un espacio inteligente, tolerante, te obliga a la idea de hospitalidad. Valparaíso es así, y es demasiado lindo, es especial”, comenta.

-Hay quienes digan que Valparaíso es feo, sucio…

-Es bello.

-¿Y qué le diría usted a una persona que comenta algo de ese tipo?

­-Mira, la vida está separada entre dos categorías humanas: las que aceptan la belleza sin entenderla y la que rechaza algo cuando no la entiende.

-¿Quiénes no aprecian Valparaíso estarían en la segunda categoría?

-Creo que una persona que dice que Valparaíso es feo, es que no se ha dado el tiempo de visitarlo. Es una ciudad compleja, hay que conocerla bien.

-¿Y qué es para usted la belleza, entonces?

-Yo creo que la belleza va de la mano con las emociones, como la empatía.

-¿Dónde empieza y donde termina la belleza?

-Cuando el mensaje es genial, cuando viene del corazón. Y Valparaíso tiene eso. Es una ciudad que tiene una identidad genial, de complementariedad, de diversidad, de libertad. Yo creo que toda belleza parte por amar a un lugar o a una persona por su ritmo, su movimiento, por su expresión de emoción.

¿Y el puerto es así?

­-Definitivamente. En Valparaíso camina y cada uno tiene la aceptación de su identidad. Cada uno parece feliz de vivir, se nota que tienen vida.

Esa vida porteña es notoria en cada uno de los trabajos de Loro Coirón. En los que muestran a niños elevando volantines, en aquellos que retratan a los trabajadores, los que muestran los tradicionales perros callejeros, o los que dan cuenta del baile, del canto, del coqueteo.

Crédito: Amanda Marton

Solo hay una imagen que Loro nunca se atreve a retratar.

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-Yo nunca retrato algo negativo. Nunca hay algo negativo en mi obra. Tú nunca vas a ver, por ejemplo, a una persona tirada en el suelo borracha.

-¿Por qué opta por eso?

-Yo soy un exborracho. No voy a ser masoquista e insistir sobre eso, sobre una tristeza profunda. No quiero retratar eso.  

¿Desde cuándo no toma?

­-Desde el 25 de abril de 1981.

­-Desde antes de conocer Valparaíso.

-Sí. Yo digo que soy un milagro de la calle. Estuve durmiendo en la calle, en París. Estuvo al límite de la muerte. Fue una suerte increíble salir de todo eso. Yo tengo dos vidas, esta es mi segunda.

Así como el blanco y el negro de su grabado, la historia de Loro Coirón transitó de la oscuridad a la luz. Él sabe, sin embargo, que aquellos tiempos oscuros no pueden ser olvidados. Queda siempre un resquicio, como esa pintura negra debajo de sus uñas.

Crédito: Amanda Marton

“Aunque Valparaíso también sea una ciudad de fiesta, yo no conozco ese Valparaíso. Yo solo vivo en la mañana, yo solo hago la ciudad en la mañana, porque sé que la noche puede ser difícil para un exborracho”, recuerda.

-Tiene que ser increíblemente difícil retratar una ciudad como Valparaíso y protegerse de las noches, donde hay tanta vida ahí.

Sí. Pero yo elijo la luz. Como con Caravaggio: la impresión de la luz sobre la piel de los porteños, su fuerza de carácter, su manera de caminar.

-Ahí hay luz.

-Muchísima (pone las manos sobre la boca y hace el sonido de un beso).

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En su departamento ubicado al lado del Parque Forestal de Santiago, Loro Coirón tiene obras suyas por todas partes. Uno, dos, tres grabados de un tipo. Cuatro, cinco, seis de otro. Y así sucesivamente.

Crédito: Amanda Marton

Se nota que su ritmo de trabajo es frenético, descontrolado. Quizás tanto o más descontrolado que los pelos de su ceja que lo llevaron a ser conocido como Coirón.

-Siempre he pensado que tiene que ser curioso para un grabador hacer una obra pensando en el lado derecho y luego verla plasmada como un espejo o al revés.

-No tanto. Bueno, no si no tienes problemas con el control… (Se ríe).

-¿Y por qué usted eligió el grabado por sobre otras artes?

-Mira, en la naturaleza no hay nada que no se repita. Cuando ves un árbol, sabes que, si tiene una manzana, pronto tendrá 10 o 20.  Cuando tú haces una imagen es genial porque tú sabes que vas a imprimir varias, o regalar, o vender a una multitud. Eso es genial porque cuando la gente tiene la misma imagen, tiene una complicidad. Es como un club de fútbol, con la polera.

Ahora, más que retratar solamente Valparaíso, Loro Coirón está frente a un nuevo desafío: mostrar el campo. La tierra. Ensuciarse más allá de la pintura.

Su esposa, la también artista Luz Mendez, tiene familia en Lontué, y desde hace años Loro ha pensado que “un puerto sin el apoyo del interior de un país no existe. Lo lógico es entrar al territorio”.  

Crédito: Amanda Marton

Esa idea lo tuvo a él y a Luz trabajando en una serie de obras con cosecheros, frutos y campos que sería expuesta en 2020 en la Universidad de Talca, pero que nunca pudo ser vista debido a la pandemia del Covid-19. “Grabar a la gente del campo no fue fácil. Son más cerrados, significó un desafío muy importante”, cuenta.

Ahora, parte de ese trabajo sobre Lontué y de su icónica serie de Valparaíso será presentada desde el 1 de diciembre hasta el 23 de enero de 2022 en la Galería Principal del Centro Cultural Matucana 100.

“Para mí, estar en Matucana 100 es como un milagro”, comenta el artista. “Si ellos me invitan, y son gente razonable, que tiene conocimiento sobre estas cosas, es porque estoy haciendo algo bien. Soy feliz con eso”, añade.

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Sin dejar de trabajar nunca, Loro Coirón muestra, orgulloso, una de sus últimas obras. La que más le ha gustado recientemente. Se ve un perrito moviendo la cola frente a un gato y una gran interrogante: ¿Qué onda?

“La idea de hacer esta imagen es imaginar qué viene después. Puede ser una masacre total, pero puede que sea también algo completamente cotidiano”, comenta.

Crédito: Amanda Marton.

-Como cada día de nuestra vida.

-Sí. Todo es blanco o negro, ¿o no? Este gatito y este perrito pueden ser amigos o enemigos. Pueden tratarse con cordialidad o no. En un detalle está todo. Y yo lo que quiero es pensar en eso, en un buen trato, en el cariño que puede haber entre dos seres.

-No deja de ser interesante que usted proponga esa cercanía en tiempos en que debemos apartarnos un poco de los demás.

-Sí, puede que sea porque estoy viejito, pero lo único que quiero es despertar ese pensamiento, esa emoción. Que cuando las personas vean lo que he hecho, recuerden que hay una posibilidad de alegría.

-Una posibilidad de luz.

-Exacto. De mucha, mucha luz. Y muack.

(Loro pone nuevamente los dedos sobre la boca y hace el sonido de un beso. No queda claro, en ese momento, si quiere referirse a la belleza o si dedica ese beso apasionado a su esposa, que justamente se llama Luz. Pero una cosa es cierta: para un hombre que trabaja con lo blanco y lo negro, hoy, en su segunda vida hay mucho más blanco que negro. Y él lo sabe).

Loro y Luz. Crédito: Amanda Marton.

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