El rector se puso sotana: El discreto debut actoral de Ennio Vivaldi en una videoinstalación de Raúl Ruiz

El médico y rector de la Universidad de Chile, cargo que deja en junio tras ocho años, encarna a un sacerdote en el videoarte que compone la obra “Todos los males del mundo”, estrenada por Raúl Ruiz en los 90 y que hasta fines de marzo se exhibe en el Museo de Bellas Artes. En esta entrevista, Vivaldi examina el país y ahonda en su incursión en la performance, en su oculta veta de recitador de poesía y en su desconocido e intermitente vínculo con el fallecido cineasta chileno.

Vemos a un sacerdote vestido con sotana negra y alzacuello blanco que se desliza a paso lento entre los claroscuros de un subterráneo. Parece sacado de otra época. Sostiene un libro entre sus manos, lo lee, reposa su peso sobre una escalera y luego come una manzana verde mientras mantiene otra equilibrada sobre su cabeza. Las imágenes se repiten proyectadas sobre una tela frente a una hilera de bancas ubicadas al centro de una sala. En los pasillos laterales, hay también seis cubículos que recuerdan a los confesionarios de las antiguas iglesias. Todos miran con aires de solemnidad no hacia un altar, sino al registro de aquel video en que el rostro del mismo hombre se desdibuja progresivamente. Presenciamos, tal vez, el más trasnochado de sus sermones.

El video forma parte de “Todos los males del mundo”, la instalación de gran formato que Raúl Ruiz presentó por primera vez en 1992 en el centro de arte Le Crèdac de París bajo el título “139 Vous êtes ici” (“139 Usted está aquí”). Años más tarde, y gracias a una investigación de la académica Francisca García en torno a la aún inexplorada obra del cineasta en el campo de las artes visuales, se detectó una segunda instalación estrenada también por el cineasta en 1996, en el Museo de Arte Contemporáneo de Los Ángeles (MOCA). Fue anunciada como “All the evil in men” a partir de una cita que Ruiz tomó prestada de Pascal: “Todo el mal en los hombres proviene de una cosa y de una sola cosa: su incapacidad para permanecer en reposo en una habitación”. Si bien no compartían el título, ambas obras hacían cruces entre el funcionamiento del cine y la Iglesia Católica para esbozar una implacable crítica a la cultura contemporánea.

Olvidada desde entonces y a diez años de la muerte del director, la pieza se exhibe por primera vez en Chile desde noviembre pasado y hasta el 29 de marzo próximo en el Museo Nacional de Bellas Artes. Se trata de una versión recuperada y editada de la misma obra producida por la 15ª edición de la Bienal de Artes Mediales y encabezada también por García junto a Érik Bullot. Acaso el más valioso de sus logros sea la reconstrucción idéntica y total de la obra, incluida la pieza audiovisual que el propio Ruiz dirigió y cuyo registro original permanece extraviado. Nada en la obra parece al azar, ni siquiera y por anecdótica que parezca, la elección de su nuevo protagonista, el médico y rector de la Universidad de Chile, Ennio Vivaldi.

“Conversaron conmigo los gestores de la bienal, tenían en mente hacer un homenaje a Raúl Ruiz, de quien me considero muy admirador, me hablaron de esta obra y de que necesitaban a alguien que hiciera el papel del sacerdote. Y querían que, por razones que ignoro, fuera yo”, cuenta Vivaldi en su oficina en la Casa Central de la universidad. “Yo no tenía ningún antecedente actoral y siempre bromeo con esto: la única vez que he dicho que no en mi vida fue cuando nos preguntaron si acaso queríamos que el sanguinario dictador siguiera conduciendo el destino de nuestra patria por los próximos ocho años. Ahí contesté que no, pero en general tiendo a decir que sí. Entonces, cuando me propusieron esto y a pesar de lo atónito que estaba, dije bueno, lo hago; y acepté. Pero, si le soy honesto, ignoro el motivo detrás de mi elección”.

Acaso el más valioso de sus logros sea la reconstrucción idéntica y total de la obra, incluida la pieza audiovisual que el propio Ruiz dirigió y cuyo registro original permanece extraviado. Nada en la obra parece al azar, ni siquiera y por anecdótica que parezca, la elección de su nuevo protagonista, el médico y rector de la Universidad de Chile, Ennio Vivaldi.

Grabaron un sábado en la mañana, recuerda Vivaldi, en la misma sede universitaria en plena Alameda. 

-¿Le dio pudor actuar frente a la cámara?

-No, no, en lo absoluto. Fue algo bien natural y cómodo para mí.

¿Lo considera una especie de debut actoral?

– (Ríe) No, más bien es una cosa que se da en la vida y con gente a la que además le tengo mucha simpatía y confianza. Me pidieron el favor porque, no sé, les habrá parecido interesante que yo lo hiciera. Además, me citaron una pura mañana aquí y para dármelas de actor, así que “qué tanto”, pensé.

-¿Qué lectura hace usted de esta obra?

-Tiene mucho que ver con la soledad y con el vacío que produce esa soledad. También creo, aunque no sé hasta qué punto habrá sido recogido por Ruiz en su estadía en Francia, que podría haber varias influencias existencialistas en la forma de interacción con otros y lo que ocurre al ser negada esa posibilidad de interacción o al ser drásticamente modificada, como ha ocurrido con la pandemia, por ejemplo. Ahora, uno también podría pensar en otras obras con semejante influencia, como “Calígula” o “El extranjero”. Indudablemente, hay en Ruiz una afinidad con el pensamiento de Camus. Hay algo en esa reflexión sobre el pesimismo también que establece otro paralelo entre la pandemia y lo que se vive en una guerra o al salir de una guerra.

-Viene una crisis de la fe y de todas las creencias. ¿Le resuena a usted en lo personal?

Sí. Hay una duda en el personaje del sacerdote, un intento por aferrarse y de luchar entre su fe y las dudas que tiene, y en ese sentido y más que con uno mismo, muchas veces me recordó qué ocurre cuando alguien de fe pierde o va perdiendo su fe. No sólo la fe en Dios, sino en todo lo que creía. Lo que le pasó a mucha gente que vivió en Chile la Unidad Popular, la dictadura y el retorno a la democracia. En ese tiempo yo escribí un artículo que se publicó en los Anales de la Universidad que se llamaba “Nos habíamos opuesto tanto”, y allí cito un extracto de una de las obras más importantes y notables de la postguerra, y que probablemente sea la más nítida en este aspecto, “Las cenizas de Gramsci” de Pasolini: “Vivíamos en un error que le daba ardor a la vida”. En ese artículo, yo decía que todo el mundo estaba convencido de que lo que había hecho Pinochet era malo y que lo que teníamos antes era muy bueno. Y parecía que ninguna de las dos cosas era tan cierta.  Esa desolación, quizás, para mí, volviendo a tu pregunta, me identifica mucho más que con lo que sucede ahora, aun cuando hay un nuevo cuestionamiento de sociedad que se ha abierto paso. 

Diálogos con Ruiz

En 2003, durante su paso por el Festival de Cannes, le dijeron a Raúl Ruiz: “En Chile, tus amigos dicen que eres un poco genio, un tipo medio renacentista que sabe de todo”. Él respondió: “Renacentista no significa que uno sepa todo, sino que se interese por todo. Soy un poco así porque creo que todas las cosas están conectadas. Ahora que estuve en Chile conversé con Ennio Vivaldi. Comimos tres veces en el restorán japonés de la calle Marcoleta, sólo para hablar del sueño paradojal y el cine. Él es neurólogo, yo cineasta, y nos juntábamos a hablar por puro gusto”.

-¿Considera que usted y Raúl Ruiz fueron amigos?

-O sea, yo tenía una gran admiración y afecto por él y para mí fue fantástica la posibilidad de habernos podido reunir a conversar varias veces. Es cierto que nos juntamos a comer varias veces, pero no fueron más que esas ocasiones, que fueron intercaladas en el tiempo. No nos vimos más, no hubo correspondencia ni nada, pero sí fue para mí un verdadero privilegio conversar con él siempre. La verdad es que no tenía idea de que él había contado esto en una entrevista y me emociona muchísimo.

-¿Cómo fue su acercamiento con él?

No recuerdo específicamente las circunstancias. El hecho en concreto es que tuvimos conversaciones muy interesantes que cruzaban desde luego sus intereses como cineasta y los míos en torno a los sueños (Vivaldi es además un referente mundial en el estudio de la Fisiología del Sueño, especialidad que cursó en Harvard).

“Yo tenía una gran admiración y afecto por él y para mí fue fantástica la posibilidad de habernos podido reunir a conversar varias veces. Es cierto que nos juntamos a comer varias veces, pero no fueron más que esas ocasiones, que fueron intercaladas en el tiempo. No nos vimos más, no hubo correspondencia ni nada”

-¿Qué le interesaba a Raúl Ruiz del plano de los sueños?

-La relación entre lo onírico y el cine es tan antigua como el cine. E inherente a ambas áreas, además. Lo onírico está puesto explícitamente por muchos directores, entre ellos Fellini, y conversábamos con Ruiz sobre las teorías más próximas al psicoanálisis y la neurociencia, y con neurociencia me refiero a qué es lo que ocurre con el cerebro cuando estamos soñando. Una forma de entender cómo funciona es cuando uno genera endógenamente estímulos a los cuales les das sentido dentro del sueño. Y no deja de ser interesante que soñamos más durante los últimos meses intrauterinos y los primeros fuera del útero. Es una manera que tiene el cerebro de estimularse a sí mismo y de proveerse un estímulo para ensayar todo el repertorio de conductas que las personas tienen que poner en marcha apenas nacen. Entonces, esta idea de una génesis interna de estímulos que no vienen del mundo real sino que los interpretamos como tal, probablemente sea una mirada atractiva para un director de cine, que precisamente hace o pretende hacer eso. A Ruiz le interesaba mucho esa dimensión.

-¿Es usted admirador del cine de Raúl Ruiz?

-Claro, muchas de sus películas las encuentro fantásticas. De hecho, me impresionó mucho “La maleta” o la película que tiene basada en una obra de Proust (“El tiempo recobrado”), que me conmovió mucho por el uso del color. Tiene esa cosa vívida del mundo de los sueños, que es también muy propia de la hiperrealidad que plantea el cine. Y el cine de Raúl es una verdadera experiencia de actividad onírica, como lo son los sueños.

-¿Metafóricamente hablando, Chile tiene buen o mal sueño?

-No lo sé. Sí creo que hemos pasado por pesadillas, eso sí. Y que después tuvimos un poco de duermevelas, si tú quieres. Quizás lo más importante es si somos capaces como país de tener sueños colectivos todavía. Yo pondría el énfasis ahí. Se apela mucho al sueño de la realización personal, y ahora habrá que ver cómo nos va con el propósito colectivo. Eso es lo que se va a ver en los próximos meses, ojalá.

“El cine de Raúl es una verdadera experiencia de actividad onírica, como lo son los sueños”

El recitador de poesía

-Entre sus amigos, dicen que usted también es un poeta escondido y un recitador muy avezado además.

-La emoción que me causaba de niño y hasta hoy la poesía, es infinita. Hay una relación obvia entre la memoria y la emoción, y yo recuerdo haber leído de muy niño a Neruda, a García Lorca, a Nicolás Guillén, y de haber sentido una emoción muy grande. Yo siempre estoy recitando. Me acuerdo de una vez que estaba con una amiga holandesa en la casa de Neruda en Isla Negra, recité algo y pensó que lo estaba inventando y que le tomaba el pelo. Tomó entonces un libro de “Alturas de Machu Picchu” y yo empecé (recita): “Del aire al aire, como una red vacía, iba yo entre las calles y la atmósfera, llegando y despidiendo, en el advenimiento del otoño la moneda extendida”. Ella no lo podía creer. Tengo una gran sensibilidad para la poesía. Y eso hace que se me queden grabados poemas con una facilidad enorme. También memorizo fácilmente segmentos de películas u obras de teatro. Te podría recitar pasajes de “Un tranvía llamado deseo” o de películas como “Desierto rojo”, pero más conecto con la poesía.

-¿Qué mirada le aportan la poesía y otras expresiones del arte a un médico y académico como usted?

-La carrera de Medicina se lleva muchos talentos que pudieron haber sido artistas, es verdad. La medicina misma tiene, sin embargo, algo muy profundamente espiritual. Tienes acceso a miradas, a interacción, a angustias y al dolor a diario, y permanentemente te exige poner a las emociones y los sentimientos en el sitial que merecen. Por eso es que hay una gran afinidad entre la literatura y la medicina, que por lo demás se ha cultivado mucho en otros países, sobre todo en España, donde también se ha vinculado con otras artes y el cine. Entonces, difícilmente veo ese vínculo como algo contradictorio. Muchas veces los escritores y obras literarias tienen descripciones de cuestiones médicas extraordinarias que no las encuentras en ningún libro de medicina, por ejemplo “El idiota” (Dostoyevski), que es una obra maestra y que explica muy bien la personalidad. También hay ejemplos notables en el cine como “Detrás de un vidrio oscuro” de Bergman, que te presenta a la perfección la psicosis. Ese cruce de lenguajes y expresiones es muy provechoso y muy contemporáneo además.

“Tengo una gran sensibilidad para la poesía. Y eso hace que se me queden grabados poemas con una facilidad enorme”

Definiciones de un rector saliente

En junio próximo, Ennio Vivaldi (72) dejará el cargo de rector de la Universidad de Chile tras dos periodos y ocho años en el cargo. Aún no se ha puesto a pensar en lo más obvio, que es el futuro, dice, pero ya comenzó, muy en la interna, el balance de lo que ha sido su gestión como máxima autoridad de la principal universidad estatal y pública del país.

“No te exagero, pero es difícil de explicar. La dedicación a ser rector de la Universidad de Chile es tal que uno se desentiende de muchas cosas, de casi todo. No me interesa ni siquiera hacerme preguntas obvias como qué voy a hacer al día siguiente de que deje la rectoría. No lo sé. No lo he pensado. Recién ahí, cuando ocurra, voy a entrar a ver cómo estoy y cómo ha pasado el tiempo por mí. Citando nuevamente a Pasolini: no me gustaría decir ‘algo justo, pero no sincero’”, comenta.

-¿Cómo han sido estos años para usted?

-La verdad es que las posibilidades que uno tiene de ser rector de la Universidad de Chile estadísticamente son muy bajas, por el número de rectores que ha habido. Ha sido un privilegio infinito desempeñar este cargo, una experiencia única y difícil de sistematizar. Nunca estuvo entre mis planes. En la práctica, tuve el derecho de defender grandes valores como la educación pública. El estallido social en gran parte se debió, y estoy convencido de esto, a que destruyeron la educación pública y con ella la única fuente de cohesión que hacía que todos viviéramos en una ilusión de sociedad igualitaria. Y como sociedad, es fundamental. Por esa razón ha sido tergiversada, al punto de que hoy llegan a ser ambiguos los conceptos de educación pública y de universidad pública. Volver a encontrarme con esos valores, que son el conocimiento y el sentido del bien común, ha sido extraordinario para mí incluso a nivel personal. Me atrevería a sugerir que las universidades estatales hemos hecho una contribución inmaterial y a propiciar un ambiente de reconocimiento del valor del diálogo y de restaurar la idea del bien común, que en Chile estaba perdido.

¿Cómo lee usted el hecho de que un exdirigente de esta misma universidad, como usted también lo fue, vaya a asumir como nuevo Presidente de Chile?

-Es fantástico. Y demuestra, sin caer en defensas fáciles, que es un desmentido a mucha consigna. Si bien es cierto que muchas veces hay falencias en el movimiento estudiantil y en esta federación de estudiantes en particular, es un hecho a la causa que un dirigente que inició la lucha por recuperar la educación pública y por terminar con el mercantilismo de la educación, haya sido electo. Eso obliga a mirar con mayor análisis y menos prejuicios a lo que sucede al interior de las universidades. Todo lo que hoy asumimos como feminista también, por ejemplo, y hasta qué punto la paridad de género en la Convención pudo haber sido propiciado por la toma que hubo en la Facultad de Derecho. Yo creo que las universidades públicas y estatales probablemente sean la más grande derrota del sistema neoliberal. Y han intentado desprestigiarlas, cerrarlas y hacerlas desaparecer, pero aquí siguen, siendo las mejores del país. Y eso no les cabe en la cabeza a las personas que intentaron aniquilarlas y barrer con todo lo público. Hay una anécdota incluso que yo creo que es totalmente cierta: los Chicago Boys, cuando hicieron la reforma universitaria del 80, querían cambiarle el nombre a esta universidad. Y la historia dice que fueron los militares nacionalistas quienes se opusieron. Yo creo que hasta hoy se arrepienten. Todo pudo haber sido distinto, y no lo fue, y hoy por hoy esta universidad tiene una institucionalidad dentro del corazón del país que es extraordinaria.

“Yo creo que las universidades públicas y estatales probablemente sean la más grande derrota del sistema neoliberal. Y han intentado desprestigiarlas, cerrarlas y hacerlas desaparecer, pero aquí siguen, siendo las mejores del país. Y eso no les cabe en la cabeza a las personas que intentaron aniquilarlas y barrer con todo lo público”

-¿Con qué ojos mira usted al Chile de hoy?

-Creo que hay preguntas claves a enfrentar. Una de ellas ya la dije: hasta qué punto vamos a ser capaces de sacudirnos el legado individualista y el modelo de sociedad que trajo el neoliberalismo impuesto por los Chicago Boys en Chile, y pasar a la construcción de un sueño colectivo. Y sumarse por conciencia a ese proceso, y no por obligación. Que el bien común se imponga a las pataletas personales. No tiene mucho sentido ahora hacer grandes proclamas de venceremos o aplastaremos, sino la esperanza de reconstruir un espacio para el diálogo del que puedan participar todos. Este es un país con mucho prejuicio, mucha hipocresía y muy dado a la descalificación. Si somos capaces de enfrentarnos a todo eso y a otros nuevos acechos, como el de las fake news, este país tomará un curso positivo. Al menos por ahora, tener un presidente joven como Gabriel Boric y una Convención Constitucional como la que tenemos, son dos cambios en el paisaje que realmente te permiten ser optimista.

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