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Opinión

25 de enero de 2022

Columna de Agustín Squella: La inigualable Irene

Columna Agustín Squella La inigualable Irene

Me refiero a Irene Vallejo, autora de ese espléndido ensayo que es El infinito en un junco (Siruela, 2019). Tengo que decir que cuando vi ese libro por primera vez le hice momentáneamente el quite. ¿Qué es eso de “infinito” –mascullé- y todavía “en un junco”? Hay un mañoso dentro de mí, que esa vez, afortunadamente, se rindió ante la mencionada obra de Vallejo, que trata de los 30 siglos de historia del libro.

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Me refiero a Irene Vallejo, autora de ese espléndido ensayo que es El infinito en un junco (Siruela, 2019). Tengo que decir que cuando vi ese libro por primera vez le hice momentáneamente el quite. ¿Qué es eso de “infinito” –mascullé- y todavía “en un junco”? Hay un mañoso dentro de mí, que esa vez, afortunadamente, se rindió ante la mencionada obra de Vallejo, que trata de los 30 siglos de historia del libro. Una obra bella, ilustrativa, esperanzadora y exacta, que relata con gracia y amenidad la historia de ese noble objeto llamado “libro”.

Luego del éxito que tuvo esa obra, la Federación de Gremios de Editores de España  pidió a Irene Vallejo -¿quién mejor?- que escribiera un breve Manifiesto por la lectura (Siruela, 2020), una oferta que la escritora aceptó encantada. La idea fue propiciar de ese modo un Pacto de Estado por el libro y la lectura, una idea que bien podríamos copiar en Chile. Aquí leemos poco, entendemos menos, y escribimos solo en la pantalla de nuestros teléfonos. La pobreza de escritura es hija de la indigencia de lecturas, y lo primero que es del caso combatir es esto último, así no escribamos luego de la lectura, consiguiendo gracias a ella sólo -¿sólo?- una mejor comprensión de nosotros mismos, de los demás, de la sociedad en que vivimos, y en general del mundo.

La lectura, incluida la de novelas y poesías, es una forma de saber, de llegar a entender y saber, como también de sentir, y como tal debe ser considerada. ¿Pasatiempo? Por supuesto, porque lo que muchas veces debemos hacer con el tiempo es dejarlo simplemente pasar. Como dejó dicho Marguerite Yourcenar, “existe un milagro trivial, del que no nos damos cuenta hasta después que ha pasado: el descubrimiento de la lectura”. Esta, que es una puerta, es una puerta de entrada. Nos lleva siempre a ciegas a un lugar nuevo y desconocido en el que “debemos entrar en silencio, con los ojos bien abiertos, como suelen hacer los niños cuando se adentran en una casa abandonada”.

La pobreza de escritura es hija de la indigencia de lecturas, y lo primero que es del caso combatir es esto último, así no escribamos luego de la lectura, consiguiendo gracias a ella sólo -¿sólo?- una mejor comprensión de nosotros mismos, de los demás, de la sociedad en que vivimos, y en general del mundo.

Además, leer nunca sido una actividad solitaria, ni siquiera cuando la hacemos sin ninguna compañía y en la intimidad de nuestro hogar. Se trata de un “acto colectivo” –argumenta Vallejo- que nos acerca a otros mundos, a otras experiencias, a otras vidas, a otros sitios, volviéndonos más comprensivos y empáticos. La lectura es eminentemente gregaria. Quien mucho ha leído ya no juzga – tal vez ni siquiera a sí mismo- y se deja llevar por el contrato de indulgencia mutua de que hablaban los clásicos. ¿Hace la lectura mejores a las personas? No necesariamente,  si bien amplía en los lectores la aptitud del ojo que mira al mundo y a la diversidad de situaciones y seres que lo pueblan.

Hasta buena para la práctica de la democracia es la lectura. Como dice la filósofa norteamericana Martha Nussbaum, “la capacidad de imaginarse la experiencia del otro debe cultivarse y pulirse si queremos guardar alguna esperanza de afianzar la dignidad de ciertas instituciones”. Nussbaum recomienda leer novelas a políticos, legisladores y jueces, a fin de quedar en mejores condiciones de definir políticas públicas, aprobar leyes y dictar sentencias.

Es por eso también que el fracaso escolar –tan frecuente- es ante todo un fracaso lingüístico. Entonces, los libros no pueden desaparecer ni ser olvidados, porque no puede desaparecer ni faltar lo que nos salva. Somos parecidos a náufragos a la deriva que necesitan ver las bengalas que lanza cada libro.

Entonces, pensemos en ese pacto  estatal sobre la lectura y el libro.

*Agustín Squella es Premio Nacional de Humanidades y Ciencias Sociales, jurista, periodista y, actualmente, convencional constituyente.

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