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Opinión

1 de marzo de 2022

Columna de Agustín Squella: Estrechez de la razón

La imagen muestra a Agustín Squella frente a dos personas reflexionando

Más que la torpeza, es la falta de reflexividad lo que está complicando hoy al mundo y al país, con muchísimas personas presumiendo de sus convicciones antes que de sus ideas y alardeando de sus identidades colectivas antes que de su propia individualidad.

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Allá por los 90, Los Prisioneros cantaron que podía entender la estrechez de mente, pero que no iban a aguantar… ¡estrechez de corazón!

Está bien, dijimos todos entonces, pero sin imaginar hasta qué punto podría llegar la primera de esas estrecheces.

Pareciera que hoy la racionalidad no estuviera a la orden del día y que se hubiera convertido en algo desacreditado y hasta obsoleto. Se podría culpar de ello a la pandemia, cuyos efectos neurológicos son incalculables, pero la pérdida de prestigio de la razón y de la racionalidad viene de mucho antes, desde que intelectuales deconstructores y posmodernos decretaron el fin de la modernidad y la superación de la Ilustración.

Sumemos a lo anterior la sobrevaloración del mundo de las emociones y la exaltación del lenguaje expresivo por sobre el de tipo analítico. Si usted llora hoy en público, lo más probable es que sea aplaudido, no solo consolado, y si  se atreviera a razonar, lo que va a ocurrirle, casi con total seguridad, es que lo consideren un individuo frío y hasta depresivo. Más que la torpeza, es la falta de reflexividad lo que está complicando hoy al mundo y al país, con muchísimas personas presumiendo de sus convicciones antes que de sus ideas y alardeando de sus identidades colectivas antes que de su propia individualidad.

Pareciera que hoy la racionalidad no estuviera a la orden del día y que se hubiera convertido en algo desacreditado y hasta obsoleto.

A  propósito de lo que vengo diciendo, cayó recientemente en mis manos un libro de Steven Pinker, en cuyo título, “Racionalidad. ¿Qué es, por qué escasea y cómo promoverla?”, destaca claramente la segunda de sus preguntas. Estamos faltos de racionalidad, y quizás así haya sido siempre a lo largo de la historia de la humanidad, aunque no está mal que el mencionado docente de la Universidad de Harvard haga sonar las alarmas en tal sentido. No podemos permitir que en esto acabemos dando la razón al pesimista Bertrand Russell: “el hombre es un animal racional. Eso es lo que nos han contado. En el transcurso de mi larga vida he buscado diligentemente pruebas a favor de esa información, pero hasta ahora no he tenido la fortuna de toparme con ellas”. Claro, al filósofo inglés le gustaba disponer de  pruebas, tanto que cuando le preguntaron, ateo como se declaraba, qué diría a Dios si algún día este lo recibiera en su santo reino, su respuesta fue: “Nunca tuve evidencia suficiente”.

Todos decimos que valoramos el pensamiento crítico, es decir, aquel que no se queda en la apariencia de las cosas y es capaz de enfrentarse libremente con la complejidad de los asuntos y situaciones de este mundo. Pero no es esa la manera como suele entenderse el pensamiento crítico; más bien se lo considera como el ejercicio constante de una crítica implacable a los demás y de ninguna referida a nosotros mismos. En tal sentido, si existiera un campeonato mundial de la crítica, Chile se quedaría todos los años con la copa, mientras que a uno de autocrítica no clasificaríamos nunca.

Si bien la racionalidad es una virtud personal –o sea, un hábito que todos deberíamos adquirir y cultivar-, ella se refuerza y expande allí donde se cuenta con una comunidad de razonadores que son capaces de detectar sus propias falacias y no solo aquellas en que incurren los demás. Las falacias no son más que argumentaciones engañosas que tienen apariencia de verosimilitud, y de ahí la necesidad de no tener por cierto aquello que observamos a primera vista. Nuestro filósofo mayor, Jorge Millas, definía la filosofía como una actividad que antagoniza con el sentido común y que, por tanto, pone en duda la primera información que las cosas proporcionan de sí mismas. La filosofía antagoniza también, decía el filósofo, con el espíritu gregario o de partido, con la tendencia a ir  siempre en manada, sin abandonar esta ni por un segundo, volviéndonos de esa manera prisioneros de los tics y manías de turno.

Como afirma Pinker, nuestros mayores desaciertos provienen antes de la irreflexividad que de la ineptitud. No somos tontos, sino atolondrados, y tampoco es que actuemos siempre estúpidamente, pero sí, y  a menudo, sin haber reflexionado lo suficiente acerca de lo que planteamos o de los cursos de acción que se nos abren por delante.

La razón –una capacidad- y la racionalidad –su uso- pueden llegar a enmohecer, y la educación, en particular la lectura, constituyen una buena manera de evitar que el óxido entre en nuestras mentes. Ella, la razón, debería volver a la orden del día y no arriar su bandera ante un enemigo que no es tal –el mundo de las emociones-, por mucho que los enaltecedores de estas últimas se comporten como cruzados contra la razón. Tenemos que recordarles una vieja verdad: hay bondad en la racionalidad.

¿Estrechez de corazón? Mala cosa. ¿Estrechez de la razón? Quizás peor.

*Agustín Squella es Premio Nacional de Humanidades y Ciencias Sociales, jurista, periodista y, actualmente, convencional constituyente.

También puedes leer: Columna de Agustín Squella: La inigualable Irene


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