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22 de marzo de 2022

La tragedia de un bosque sin Adriana Hoffmann: 6 recuerdos después de su muerte

Adriana Hoffmann|||

El domingo pasado falleció Adriana Hoffmann, una verdadera pionera de la divulgación científica en Chile, una experta conocedora de nuestra flora nacional y una aguerrida luchadora por el medioambiente. Aquí cercanos y admiradores de su carrera repasan su legado como la botánica más importante del país y una activa defensora de los bosques nativos.

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Las Añañucas son hermosas flores coloridas que crecen específicamente entre Copiapó y el valle de Quilimarí. Sobre ellas pesa una leyenda que cuenta cómo antes de la Independencia, habitaba en el norte de Chile una hermosa joven indígena del mismo nombre: Añañuca. 

La mujer era tan bella que todos los hombres querían conquistarla, pero nadie lo lograba, hasta que un día llegó al pueblo un joven minero que pasaba por allí en busca de un tesoro. Añañuca y el viajero se enamoraron fugazmente, pero una noche el joven tuvo un sueño que le reveló donde estaba su tesoro y se marchó. 

Tras meses de espera, Añañuca perdió las ganas de vivir y murió de pena. Los pobladores llevaron el cuerpo de la joven a su sepultura en un lugar de la montaña. Al día siguiente, ese lugar del valle estaba cubierto por hermosísimas flores rojas que fueron bautizadas como ella. 

Real o no la leyenda, es difícil ver las Añañucas si es que no se vive en el norte de Chile. Más aún si es que no se está allí en la época primaveral, cuando brota el magnífico desierto florido. Imágenes de las Añañucas y otras cientos de especies de flora y fauna nativa recorrieron Chile y el mundo gracias al trabajo de la botánica más influyente del país, Adriana Hoffmann, quien dedicó parte de su vida a clasificarlas y registrarlas; y que el domingo pasado falleció a los 82 años. 

A pesar de su importancia, esa área es sólo una pequeña parte de su legado. Adriana además fue una reconocida columnista y divulgadora científica, activa defensora del bosque nativo y pionera en cruzar el cerco institucional al atreverse a dirigir la Conama, un cargo gubernamental que, pese a su importancia, la dañó para siempre con los sinsabores del poder.

Aquí, seis cercanos y admiradores de su carrera repasan su legado y la recuerdan.

Los ojos color de miel

Una de las últimas personas que estuvo con Adriana Hofmann fue el periodista José Miguel Jaque, quien escribió el artículo «El otoño de Adriana Hoffmann», en donde repasó parte de los hitos de su vida. Sobre aquel encuentro el reportero recuerda:

“A mí me encantaba mirarla a los ojos, tenía unos ojos color miel con los que ella transmitía mucho. Ella además tenía silencios largos y en esos silencios todo era mirarse. Su mirada comunicaba mucho”.

En su texto, Jaque describe parte de los descubrimientos en el trabajo de Hoffmann, los que quedaron registrados en 12 libros que publicó sobre naturaleza e identificación de flora de distintas zonas del país. Para las recopilaciones y registros, esos ojos color miel resultaron claves.

“Dentro de la investigación, me cuentan que ella tenía una capacidad para visualizar cosas que otros no podían ver. Una especie de ojo de lince. Ella era capaz de ver en la punta o en la ladera de un cerro la planta que estaban buscando. Hay otro investigador, Felipe Orrego, que quedó muy maravillado de esa capacidad”, asegura el periodista.

Jaque también describe parte de su personalidad: “Desde que la conocí ella fue muy cariñosa, me regaló y me dedicó el libro ‘La tragedia del bosque chileno’ (que ella editó). Fui varias veces a su casa en Peñalolén, donde le hicimos fotos en un bosque y ya al último me dio la sensación que a ella le gustaba que la fueramos a ver. Me acuerdo que la penúltima vez que la fui a ver, me senté al lado de ella y puse mi cabeza en su hombro y ella se rió nomás, me dejó demostrarle cariño”. 

Adriana Hoffmann junto a Malú Sierra

Ilustrando para Adriana 

Andrés Jullian cuenta que trabajó prácticamente en todos los libros de naturaleza que Adriana Hoffmann publicó. Su tarea era ilustrar la flora que Adriana descubrió en sus travesías y la que le llevaba a su taller en rollos fotográficos o en muestras cuidadosamente conservadas. 

«Nosotros nos juntábamos con el material y ella me iba explicando cada planta, que necesitaba para la ilustración. Las plantas se separaban una a una y algunas se iban al refrigerados para mantenerlas vivas el mayor tiempo posible», recuerda Jullian. 

Sobre su trabajo en conjunto, Jullian cuenta que la labor de ilustración de flora era muy importante en el país, principalmente en una época en la que no había acceso a internet.

«Cuando partimos el primer libro fue de la zona central. Allí partimos 5 ó 6 dibujantes que nos repartimos las plantas y ella nos iba explicando. Pero después vino la parte de la zona sur y norte. Sus libros siguen siendo éxito y en varias casas hay. Algunos de sus libros son obligados para los que se introducen en el mundo de la botánica. Cuando nosotros partimos con los libros nadie tenía internet, ni siquiera computadoras”, recuerda. 

La falta de avances tecnológicos no solo significó problemas de difusión, sino que también algunos percances operativos: “En el primer libro recuerdo que hubo varias laminas donde venían 5 a 7 especies de plantas, pero cuando llegó el tiempo de hacer el libro Adriana se dio cuenta que el orden no estaba bien. Eso que ahora uno arregla en el computador en dos segundos en esa época tuvimos que recortar a tijera y rearmar, se perdieron muchas flores. Era un charquicán de plantas», cuenta Jullian.

Una Añañuca ilustrada por Jullian

Sin embargo y pese a los sobresaltos, el ilustrador atesora con gran cariño los recuerdos con Adriana Hoffmann: «Ella era una persona súper genial, nosotros partimos trabajando el año 76 y fuimos grandes amigos. Trabajamos casi 40 años, al final se retiró, no siguió haciendo cosas, pero trabajamos toda una vida donde pude recibir los conocimientos de ella, de las plantas, de los bosques. Todo lo que sé de botánica es por ella«, añade. 

Referencia para las nuevas generaciones de científicos 

Para la científica y convencional constituyente Cristina Dorador, el primer recuerdo que se le viene a la cabeza con respecto al legado de Adriana Hoffmann, tiene que ver con su formación como bióloga

“Todos quienes estudiamos biología la conocimos a través de sus libros, que eran lecturas obligadas en las clases que nos tocó tener en cursos de botánica, eso sobre todo cuando salíamos a terreno”, explica.

Sobre la importancia de sus publicaciones, Dorador resalta: “Sus guías de campo son muy importantes para reconocer las distintas especies. Conociendo en vivo lo que salía en sus libros, a uno le va incentivando la curiosidad y el cuidado por el medioambiente. Ese es el recuerdo que tengo y lo he conversando con algunos compañeros que coinciden que ése fue su gran legado«. 

Dorador agrega que personajes como Adriana Hoffmann fueron pioneras y modelos de referencia para toda una generación de científicos: “Fue importante para nosotros saber que había gente en la misma onda de uno, de defender la naturaleza. Y también como un referente femenino, al igual que Sara Larraín. Son personas pioneras: la divulgación de la ciencia es algo que ahora es muy común, pero en esa época no. La investigación se quedaba en papers y las universidades y traspasar eso a un lenguaje más simple o algo que la gente usara como las guías de descripción es algo súper valorable”. 

https://twitter.com/criordor/status/1505573286096228353?s=20&t=2adb4kgQ_HvzwxwURkXLZQ

Paseos por el bosque

El científico chileno Maximiliano Bello, destacado como uno de los más fuertes promotores del cuidado de los océanos  a nivel internacional y quien se formó bajo el alero de Adriana Hoffmann, también destaca su rol como una impulsora de una nueva generación de ambientalistas. 

«La verdad es que ella siempre fue una mujer muy respetuosa por el otro, eso en términos de abrir la puerta a todo el mundo que tuviera algo que decir. Eso se ve muy poco, más en una mujer con tanta experiencia. Ella era muy amiga de traer gente joven. Si tú estabas en una mesa con jóvenes o niños, Adriana se iba a dedicar a hablarle a los jóvenes. A conversar y escucharlos». 

Sobre los recuerdos con Adriana Hoffmann, Maximiliano atesora paseos por el bosque o a las tierras adquiridas por Douglas Thompkins (quien también es uno de sus maestros), además de una conversación que sostuvo con ella acerca del Olivillo de Valdivia.

«El Olivillo es un árbol Gondwanico que existía cuando los continentes estaban juntos. Lo más lindo que ella decía es que esa especie sólo tenía una familia, es decir que no tiene otro relativo en el planeta y existe ese bosque aún en la costa de Valdivia. Ella decía que no podíamos sacrificar eso, que debíamos cuidar un bosque que había superado glaciaciones, terremotos, separación de continentes», comenta. 

“Todas esas premisas yo las llevo a mi trabajo en los océanos. Junto con Douglas me enseñaron a dejar de preocuparnos por cosas chicas. Ellos decían ‘Vamos con todo, a una carrera por proteger lo máximo posible'», agrega Maximiliano.

Su difícil pasar por la Conama

Fue en el año 2000 y luego de una vida luchando por el cuidado del medioambiente desde distintas áreas. El Presidente Ricardo Lagos, con su particular afán por la Historia, le ofreció a Adriana Hoffmann asumir el mando de la Comisión Nacional de Medio Ambiente (Conama), repartición pública que el 2010 pasaría a ser ministerio. 

La asunción en el cargo fue un hito: una histórica activista que peleó contra las decisiones gubernamentales ahora estaba liderando un cargo de poder para realizar transformaciones. Sin embargo, las expectativas con los cambios a partir de su nombramiento se quedaron sólo en eso. 

La comisión no tenía peso político, lo que no permitió que el liderazgo de Hoffmann pudiese detener la aprobación de proyectos invasivos con el cuidado del medioambiente, como hidroeléctricas y forestales.

Su amigo personal, el ambientalista Juan Pablo Orrego, a quien editó en el libro La tragedia del bosque chileno, recuerda bien aquella etapa: «Ricardo Lagos la puso por un capricho, porque la encontraba capa, culta y líder de la defensa del bosque chileno. Pero lo raro es que al día siguiente de su nombramiento. en la primera conferencia de prensa en la que ella se presenta, ella dice: ‘Aquí hay un problema en Chile porque no hay política ambiental‘ y Álvaro García, el ministro secretario general de la presidencia de Lagos, al lado se ríe y dice: ‘no,no,no. Es que la Adriana está recién empezando’; eso ahí al frente de todos los periodistas y canales. Así fue como empezó». 

Sobre su paso en la Conama, Orrego agrega: “Yo creo que a ella le gatilló algo negativo su paso por la Conama, lo pasó demasiado mal, porque ella estaba ilusionada con promulgar la Ley de Protección de Bosque Nativo, algo que no existe hasta el día de hoy”.

Los recuerdos de Orrego fueron refrendados en vida por la propia Adriana, quien sobre su paso en la Conama señaló: “Fue la peor decisión que pude haber tomado en mi vida”. 

Adriana: Una Mujer Bacana

Pese a su complejo paso por Conama, Orrego defiende el legado de Adriana previo a su llegada a esta entidad: «Ella podría haberse quedado en una zona de confort, pero eligió irse a una especie de trinchera en el activismo socioambiental. Ella pudo quedarse cómoda con sus columnas en El Mercurio o en la academia, sin embargo eligió ser activista». 

Quien también reconoce su papel en Conama, pese a los escollos, es la convencional Cristina Dorador: «Ella políticamente fue muy pionera. Estar en ese tiempo en esas posiciones era muy difícil. Ella no lo pasó bien, pero hoy para muchas mujeres que están en posiciones así ella pasa a ser una inspiración, porque siempre hay gente que hace antes las cosas y va abriendo caminos. En su caso eso no fue reconocido y esa es una deuda que tenemos y ojalá la podamos saldar».

Con respecto al reconocimiento de Adriana, cabe destacar que fue seleccionada dentro de la iniciativa Mujeres Bacanas, en donde destacaron su rol como científica: «Durante los años noventa, desde la ONG Defensores del Bosque Chileno, Adriana Hoffmann comenzó a proponer temas relacionados con el cuidado de la naturaleza en la agenda pública. En 1997, de hecho, Naciones Unidas la reconoció como una de las veinticinco líderes ambientalistas de esa década y en 1999 obtuvo el Premio Nacional de Medio Ambiente», señala parte de su descripción.

Isabel Plant, una de las promotoras de «Mujeres Bacanas», cuenta las razones de su selección: «Para nosotras era importante tomar a una mujer que puso en la discusión la preocupación por temas que no eran usuales. Hoy uno puede ver a Greta Thunberg, en Chile a Julieta Martínez, pero a veces uno no mira los hilos para atrás. En Chile, en 1990, que hubiera alguien preocupada de la conservación de la flora y fauna nativa, de que los niños tuvieran esa información a su alcance para proteger esas especies, era algo realmente poco tradicional. Ella era única, el ambientalismo es algo que hoy parece normal, pero en ese tiempo no lo era».

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