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Cosecha Propia

12 de Abril de 2022

“Yo sufrí penas de amor”: La fotógrafa Julia Toro y las confesiones en “Diarios”, su libro autobiográfico

Crédito: Mateo Goycolea.

Ha escrito decenas de cuadernos, todos con su letra manuscrita. Los que van entre 1983 y 2019 acaban de aparecer reunidos en “Diarios”, el debut literario de la reconocida fotógrafa Julia Toro (88). Un salto audaz: ella, que mantiene siempre un bajo perfil, se arriesga aquí a mostrar su otro flanco, donde caben los miedos, las fragilidades, los tropiezos. “A mí ya se me había olvidado lo que contenían estos cuadernos. Ahora estoy leyendo el libro como quien lo lee por primera vez”, dice en esta entrevista.

Por

“Estaba viviendo en el Valle del Elqui. Un día estaba sola en la pieza. Recién me había echado palta sobre el pelo, como tónico para el cabello. De repente, me dije: ‘Me voy a tomar un retrato de la mano’. A mí nunca me gustaron mis manos, porque desde chica las tuve como arrugadas. Entonces decidí fotografiarlas. Quería ver como estaban, si muy feas, si muy envejecidas. Se me ocurrió ponerme una de ellas sobre la cara. Eso fue todo. Preparé la cámara, dejé todo listo y llamé a Jaime (Goycolea, su pareja entonces) para que apretara el botón. Lo hizo y se fue. Resultó esta foto tremenda, en esas condiciones tan domésticas. Una foto con esa mirada tan, tan potente”.

Eso cuenta Julia Toro.

Jamás imaginó que 38 años después, esa foto -tomada casi al pasar – sería la portada de Diarios, su recién publicado primer libro.

LA ONCE

Esta tarde de jueves, a las 6 y media, Julia Toro (88) toma té en un tazón blanco. Lo acompaña con una hallulla. No hay nada más sobre la mesa de su comedor. Una mesa pequeña, que se acomoda perfecto al cuerpo también pequeño de esta celebrada y reconocida fotógrafa.

Hace unos días le mandaron desde la editorial una copia de “Diarios”. Dice que aún no termina de leerlo. Confiesa que aunque escribió las decenas de cuadernos que dieron vida a esas 334 páginas impresas, para ella es como leer por primera vez su propia historia.

Entonces vuelve a esa foto. A la que se tomó hace 38 años y que hoy es la portada del libro. Está impresionada de la nueva fuerza que adquiere ahora -en el contexto de estas memorias- la mirada de esa mujer que alguna vez fue ella; más joven, en otro lugar, en un ciclo distinto.

Toma un sorbo de . Mastica el pan, sin apuros.

Dice que nunca pensó que esos cuadernos que llenó con letra manuscrita por cuatro décadas se iban a convertir en un libro. En un diario de vida compartido con otros. Por eso respira honestidad, le comento. Porque fue escrito con el único objetivo de vaciar el alma, le insisto. Julia Toro, discreta, siempre lejos de los arrebatos, esboza una sonrisa.

Recuerda que cuando estaba en sus 30, una adivina le dijo que ella iba a ser una escritora buena pero desordenada. Ella no le dio importancia. Cuando años después la fotografía se le metió como un torbellino en el cuerpo; Julia Toro pensó que tal vez a eso me había referido la adivina, confundida entre las artes. Pero el 2022 se cumplió el vaticinio. “Nunca, nunca, nunca -repite- pensé que la adivina se refería a algo tan literal”.

Entonces vuelve a esa foto. A la que se tomó hace 38 años y que hoy es la portada del libro. Está impresionada de la nueva fuerza que adquiere ahora -en el contexto de estas memorias- la mirada esa mujer que alguna vez fue ella; más joven, en otro lugar, en un ciclo distinto.

Termina el té. Deja la hallula a la mitad.

Para la entrevista pasamos al living. Ella se hunde en un sillón de grandes dimensiones. Sólo pide un cojín para apoyar la espalda. Ya lo escribió en sus cuadernos: la espalda le duele con frecuencia; cuando pinta, cuando camina mucho, cuando hace un movimiento brusco.

Se acomoda. Respira hondo.

EL PUDOR

-¿Por qué elegiste esa foto de portada?

-Yo no la elegí; lo hizo la editorial. Mateo (Goycolea, su hijo menor) les prestó un conjunto de fotos que tiene él y la editorial eligió. No pudieron haber escogido una mejor.

-La foto adquiere otro significado tantos años después y con este nuevo propósito. A mí me dio la idea de: “Me tapo la boca, no hablo, pero escribo”…

-Perfecto. Sí, es una resignificación maravillosa de la foto. Yo tenía entonces 50 años ahí; y ahora tengo 88. La tomé tan lejos de pensar en la portada de un libro de diarios.

-¿Cuánto pudor hay que romper para publicar un diario?

-Fíjate que la respuesta es distinta. Llegó la Paz (Balmaceda, editora de Lumen) y yo quedé deslumbrada de que Random House quisiera que escribiera algo; yo no soy escritora. Entonces les dije que tenía montones de cuadernos. A mí ya se me había olvidado lo que contenían. Ahora estoy leyendo el libro como quien lo lee por primera vez. Uno podría decir qué infantil, qué voladera, qué falta de sentarme a pensar: “Estoy entregando algo muy pegado a la piel”… Pero no lo pensé. Después, sí. “Ay que horror”, dije. Me sentí arrepentida, pero la cosa ya estaba andando.

-¿Por qué arrepentida?

-Había ciertas cosas que no… no quería que se publicaran.

-Entiendo que pudiste sacar ciertos pasajes; lo dice la editora al final del libro.

-Si, y eso se respetó absolutamente.

“Uno podría decir qué infantil, qué voladera, qué falta de sentarme a pensar: “Estoy entregando algo muy pegado a la piel”… Pero no lo pensé. Después, sí. “Ay que horror”, dije. Me sentí arrepentida, pero la cosa ya estaba andando”.

-Igual dejaste harto de tu intimidad… tú que siempre cuidas el bajo perfil. Expones tu fragilidad, tus dudas, tus miedos.

-Yo le tenía terror a la cosa sexual que había escrito. Eso me daba mucho pudor.

-Pero eso lo mantuviste, hay partes audaces en el libro.

-Sí. Hay como dos o tres partes de sexo más bien crudo; y eso es lo que quedó. Tampoco era más que eso. Lo que saqué fueron más bien cosas familiares, de mis hermanos, de mis padres.

LA TRISTEZA

Los diarios publicados de Julia Toro abarcan desde 1983 al 2019. Hay días en que escribe largo; en otros, son apenas un par de líneas. Salta de un tema a otro, con libertad. Habla de la vida alejada de todo, en los 80, en el Valle de Elqui, junto a su pareja Jaime Goycolea y al hijo de ambos. Del regreso a Santiago pocos años después, y del doloroso fin de ese amor. De la sensación de soledad, de romances pasajeros, de su trabajo fotográfico, de sus lecturas diversas -desde filosofía hasta Bolaño-, de música clásica. De la muerte de una de sus hijas por cáncer. De sus rutinas cotidianas, de las compras para el almuerzo, de las fiestas con amigos. De las deudas. De la vejez que empieza a asomarse en su vida para luego instalarse, inundándolo todo.

-Frecuentemente escribes que sientes pena. En distintos años, ante distintas circunstancias. ¿Es la tristeza un estado que te acompaña siempre?

-No. No. Yo ya no tengo pena.

-Ahora no; me refiero al transcurso de tu vida, a lo que muestras en tus diarios…

-No. Cuando lo pasaba bien, no había pena. ¿Tú me preguntas si soy depresiva?

-Más bien quería saber por qué la tristeza está tan presente. Lo repites en el libro.

-Lo que pasa es que yo de niña fui poco deseada; muy cuidada, claro, pero poco acurrucada (y hace el gesto de estrechar entre los brazos). Eso me puede haber dejado una pena recóndita en algún pliegue del alma, ¿no? Y que en ciertas circunstancias, aflora. Ahora las penas de amor, esas sí estaban. Yo sufrí penas de amor.

Crédito: Mateo Goycolea.

-Con penas de amor; pero no una mujer con pena.

-Es que yo no me reconozco así, fíjate.

-¿Aunque lo hayas escrito?

-… Me fijé que la pena era una cosa como leitmotiv en los diarios. Que me cargó. Mmm… Es que tuve penas grandes, todos hemos tenido penas grandes. No podemos hacer un concurso de penas, cada cual tiene las suyas.

“Yo de niña fui poco deseada; muy cuidada, claro, pero poco acurrucada (y hace el gesto de estrechar entre los brazos). Eso me puede haber dejado una pena recóndita en algún pliegue del alma, ¿no? Y que en ciertas circunstancias, aflora. Ahora las penas de amor, esas sí estaban. Yo sufrí penas de amor“.

-Otro asunto que también se repite en el tiempo y las circunstancias es tu persistente dolor de estómago. ¿Qué explicación tienes de eso?

-Eso empezó cuando viví con mi hija, que se murió aquí en mi casa. Con un cáncer horrible, que duró muchos años. Y por ahí empecé yo con el colon. Me costó mucho salir de eso. Ya todo afortunadamente quedó atrás.

-¿Había un componente sicológico entonces?

-Era completamente sicológico. Me inflaba, me dolía.

EL DESAPEGO

-En la primera parte de tu diario, la soledad está muy presente. El miedo a estar sola, sin pareja, sin amor. ¿Por qué era importante en esos primeros cuadernos?

-Es que yo me enamoré mucho de Jaime (Goycolea). Y nunca dos personas se quieren de la misma manera, en la misma cantidad… Entonces sufrí de penas de amor, pero con ese hombre. El único relevante fue Jaime. Fue el hombre que marcó mi vida, en amores y desamores; y lo pasé muy bien y muy mal con él. Hasta que de repente lo corté; fue una decisión, la trabajé sicológicamente, me hice un programa para poder sacarlo, porque me di cuenta de que era un invento de la mente… Si el enamoramiento no dura más que tres años; el resto es un invento.

-En varias partes del libro hablas del difícil olvido de ese amor con el fotógrafo Jaime Goycolea. ¿Tomó mucho tiempo?

-Fue tarea que duró como de enero a septiembre. Es que yo me decidí. Con la ayuda de libros, de la onda de Gurdjieff, y además con la meditación. Tenía la idea, pero no sabía cuál iba a ser el desenlace. Y un día amanecí y ya no existía, estaba en otra. Yo era otra. Ese atado de amor y desamor y sufrimiento ya no era yo. Me pegué un palmazo en la frente y me pregunté: “¿Qué estás haciendo ahí si lo estás pasando mal?” Y nunca más.

-Un punto de inflexión…

-Claro, es lo que te estoy contando. Desenchufé mi vida antigua y empecé a ser la misma persona, con los mismos dotes y los mismos defectos, pero libre. Fue un proceso, hecho muy a consciencia; y de repente -realmente, es la cosa mas rara que me ha sucedido- desperté en la mañana y tuve una visión de lo que era mi vida, me pregunté si estaba tonta: “Mírate, aquí no hay amor, no hay nada”. Se produce el desapego. Ahora, eso arrastra lo que es el apego a muchas, muchas cosas, no sólo al personaje que me hacía sufrir. Me quedé como un poquito… me costaba reconocerme en el desapego, me encontraba muy fría. Me costó aceptarlo.

“Fue un proceso, hecho muy a consciencia; y de repente -realmente, es la cosa mas rara que me ha sucedido- desperté en la mañana y tuve una visión de lo que era mi vida, me pregunté si estaba tonta: “Mírate, aquí no hay amor, no hay nada”.

-¿Ayudó también en ese proceso el sumar años, irse convirtiendo en una mujer mayor?

-Cuando eso ocurrió yo tenía 53 ó 54 años. Lo que pasa es que se terminó nomás, como un milagro que yo me discipliné para que ocurriera. Pero con eso se perdieron muchas cosas que no interesaban, uno acarrea muchas tonteras. El desapego es un poco frío; y como te contaba, al principio me daba como un poco de espanto mi frialdad. Encontraba que el pago era muy alto, que me hacía falta tener más calorcito humano. Pero eso fue al principio. Después la vida sigue, todo lo otro queda atrás y empiezo a tener pololos y pasarlo bien; me sentía preciosa.

LA VEJEZ

-En la segunda parte de los diarios empieza a aparecer la vejez. Entra tímida, luego se asienta. Alegas contra la vejez en tu libro; por cómo va cambiando tu cuerpo, tus manos, hasta tus uñas… Pataleas bastante.

-Hay un pataleo, sí. Porque te das cuenta que hay muchas cosas que ya nunca más van a volver, y me carga verme las arrugas, las uñas, el pelo.

-¿Es una etapa pesada la vejez?

-No. Es una etapa de pataleo, pero no hay amargura. Es verse el cuerpo, tener menos movilidad.

-“De la vejez no se mejora, es un mal que termina con la muerte”, escribes en tus diarios…

-Es así, y pataleo.

-¿Le tienes rabia a la vejez?

-No. Por ejemplo, si me hago la pregunta de si quisiera volver a los 30 años, ni cagando. Nooooo. No me interesa. Ya he vivido suficiente; estoy viviendo más que suficiente. No me interesan los amores… Las pataletas son físicas, me duele la espalda, no puedo correr a tomar el bus, la sordera. Es limitación, no es una amargura de lo que no hice.

-En tus diarios uno ve que con la llegada de la vejez viene el volcarse hacia adentro, la navegación profunda al mundo interior. Uno está más limitado, pero de alguna extraña manera más libre también, ¿no?

-Absolutamente. Eso es muy acertado.

LA LATA

Julia Toro nació en una familia acomodada. A los tres años se vino de Talca a Santiago, a vivir con sus abuelos maternos en una casona en Providencia. Allí conoció la música, las normas de comportamiento social y un ambiente de estimulación intelectual. A los 19 se casó con su pololo desde los 14, Patrick Garreaud, quien era ocho años mayor que ella. Tuvo tres hijos, hizo clases de inglés en colegios, tomó clases de pintura con Adolfo Couve. Hasta que en los primeros años de la década del 70 dio un giro radical para la vida que se suponía que ella debía seguir. Se divorció, se enamoró, tuvo un nuevo hijo, se dedicó de manera autodidacta y exitosa a la fotografía. Nunca más se detendría con su cámara.

Ese cambio de vida le dio nuevas y muchas satisfacciones. Pero también la hizo conocer el drama del artista: el sobresalto por la permanente estrechez económica. En “Diarios”, Julia Toro habla de eso como una constante de todos estos años.

“Si me hago la pregunta de si quisiera volver a los 30 años, ni cagando. Nooooo. No me interesa. Ya he vivido suficiente; estoy viviendo más que suficiente. No me interesan los amores… Las pataletas son físicas, me duele la espalda, no puedo correr a tomar el bus, la sordera. Es limitación, no es una amargura de lo que no hice”.

-Ha sido una pelea cuerpo a cuerpo contra la estrechez económica, que siempre acecha. ¿Cuánto te ha desgastado esa lucha eterna?

-Eso me da un poco de vergüenza. Hay una queja constante, y eso me da pudor.

-¿Qué te da pudor?, ¿qué se sepa?; ¿que tú alegues y hay gente que lo pasa peor?

-Ya no sé, pero eso me da pudor. Lo que pasa es que no sé cómo se pudo vivir todos estos años así…

-“Tengo tanta práctica en esto de ser pobre”, escribes…

-Sí. Es verdad esa frase. Siempre me las arreglaba, y aquí estoy viva. Y con dientes (se ríe).

-Cuentas cuando te tomabas un taxi y te gastabas todo el dinero de una semana. “Toda esta fama es una broma de mal gusto”, anotas, con humor amargo.

-Sí.

-Estos diarios son como tu lado B: el de las vicisitudes y desengaños de una mujer reconocida y premiada en su trabajo. ¿Concuerdas?

-Sí. ¿Y sabes? He pensado que a muchas artistas les pasa lo mismo. Salen así grande en El Mercurio, y no tiene plata para pagarse un taxi. Y yo todavía estoy en ésas. Aún no he cruzado ese río de la abundancia, de la seguridad, de que puedo enfermarme y darme el lujo de ir a un médico que no sea del policlínico de mi comuna. Uno de repente piensa que toda esa estrechez se va a acabar, y no. Acabo de pagar una deuda porque vendí una foto; había pedido prestado porque necesitaba plata para lo cotidiano.

-Eso se repite en tus diarios de los años 80, los 90, los 2000. Nunca se acaba, como dices.

-Ahora es un poco menos… Ahora estoy suficientemente conocida para estar vendiendo. Yo sé que se han vendido como 6 ó 7 fotos mías, pero esa plata tarda en que llegue a mí… uffff, me puedo sentar a esperar. Las platas de las artes son así, no es que vendas algo y te paguen altiro.

“Aún no he cruzado ese río de la abundancia, de la seguridad, de que puedo enfermarme y darme el lujo de ir a un médico que no sea del policlínico de mi comuna. Uno de repente piensa que toda esa estrechez se va a acabar, y no. Acabo de pagar una deuda porque vendí una foto; había pedido prestado porque necesitaba plata para lo cotidiano”.

-Qué angustia…

-No es angustia; es lata. Es pensar ¿hasta cuándo, por la cresta? Por favor. Si ya soy requeteconocida, soy buena, ¿qué más quieren?, ¿qué mas hago? ¿Por qué el gobierno no me da un premio para que yo pueda estar tranquila en esta vejez? Voy para los 89, uno ya merece la tranquilidad. Pero tengo que estar pensando en cómo vamos a afrontar los gastos; y no po, no corresponde a estas alturas. Da lata. El reconocimiento y todo lo que soy aplaudida, te nivela; pero de repente digo ¡por la cresta, está bueno ya!

SOLTAR

-En el libro citas con frecuencia a escritores y libros. También canciones y músicos. ¿Qué tan potentes han sido ambos mundos para ti?

-La música lo fue en la primera parte de mi vida. Piensa que mi madre era pianista. Ella tocaba el piano; y yo dentro de la guata. Fui bien precoz como música. Cantaba a los tres años para ganarme dulces, en una casa donde la música estaba muy presente. Yo tenía muy linda voz. En el colegio me tocaba cantar sola; y en la casa tocaban piano y yo cantaba paradita al lado. Canté varias arias de El Mesías, de Händel. También La Pasión según San Mateo. Después aprendí Mendelssohn y Strauss.

-En el libro cuentas que en tu vida cotidiana sigues escuchando música.

-No, no escucho. Dejé la música en el 70, estaba saturada y además me enamoré profundamente de la fotografía. Pero hace unos tres o cuatro atrás, me pregunté: “¿Y si volviera a la música?” Ahí estuve como tres días escuchando música, recuerdos de la niñez, cosas que me gustaban; pero no me pescó.

Yo tenía muy linda voz. En el colegio me tocaba cantar sola; y en la casa tocaban piano y yo cantaba paradita al lado. Canté varias arias de El Mesías, de Händel. También La Pasión según San Mateo. Después aprendí Mendelssohn y Strauss“.

-¿Y la lectura y los libros?

-Eso sí. Es permanente. Leo lo que me llega, no compro.

-También relees mucho, como si fuera la primera lectura.

-Eso lo he hecho mucho. Fíjate que “2666” (de Roberto Bolaño) lo he leído dos veces.

-Que no es poco, son como 1.200 páginas.

-Sí, enorme.

-¿Sigues escribiendo cuadernos?

-No he parado nunca. Además de los que pasé para el libro, en estos dos años sacábamos la cuenta que tendré unos 10 cuadernos más.

-¿Podría entonces haber un “Diarios 2”?

 -…

La pregunta queda en el aire. Julia Toro navega en sus pensamientos propios. Concentrada en lo que a ella le interesa, de la manera que ella quiere. Disfrutando la libertad que dice haber ganado hace años.

“Es muy curioso lo que me ha pasado con este libro -dice luego de un momento-. Lo pasé tan mal. Tenía tanto miedo con el libro. Como a mediados de febrero estaba dándome latigazos. Pasándolo pésimo. De repente, dije: ‘Ya está, esto lo cortamos de raíz. Voy a disfrutar la vida en que estoy, la suerte está echada, mala cueva”. Y me tranquilicé. Me ayudó el prólogo que hizo la Andrea (Jeftanovic) y me ayuda ahora esta entrevista, porque éste es un libro que yo no conozco. Para mí ya es ficción”.

-¿Ficción? ¿Por qué?

-Porque desde el momento que salió del calorcito del cuaderno, y pasó por todos los procesos que pasó, y está en un libro con tapa, con letras, ya es ficción, ya no es mío. Así lo siento. Ya es literatura. La vida escrita es una ficción: ya escribirla es ficción, porque no puedes reproducirla totalmente fidedigna. Cuando entendí ese concepto, al que llegué por mi cuenta, me tranquilicé.

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