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Opinión

21 de abril de 2022

Si se ve como un pato…

"Si se ve como un pato, nada como un pato y grazna como un pato, entonces probablemente es un pato". Esta máxima es particularmente importante en la actual discusión constituyente. Olvidarla ha llevado a muchos a errar el foco en debates que son trascendentales para el futuro del país.

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“If it looks like a duck, swims like a duck, and quacks like a duck”, reza un sabio dicho anglo, “then it probably is a duck”. Citada entre poetas, filósofos y comediantes por igual, la sabiduría de la frase reside en su simpleza: más importante que cómo llamemos a las cosas, es lo que son. Da lo mismo si usted le dice a un lugar teatro o circo: si allí se dan películas y no obras, estamos hablando de un cine, y si es el lugar donde se redactan las leyes estamos ante un Congreso (aunque éste también tenga, a veces, uno que otro payaso). Si se ve como un pato, nada como un pato y grazna como un pato, entonces probablemente es un pato. Esta máxima es particularmente importante en la actual discusión constituyente. Olvidarla ha llevado a muchos a errar el foco en debates que son trascendentales para el futuro del país.

Tomemos el ejemplo del Poder Judicial. Una de las noticias que más preocupación ha causado durante este proceso, es que la propuesta de nueva Constitución no tendría un capítulo llamado “Poder Judicial”, sino tan sólo “Sistemas de Justicia”. La convencional Marcela Cubillos incluso señaló que el poder judicial ya no será “un poder del Estado, sino que un sistema más”. La afirmación es de ésas que levantaría indignado hasta al cadáver de Montesquieu, padre de la división de los poderes del Estado. Pero aquí es donde se vuelve útil la máxima del pato: ¿Existirá una serie de instituciones cuya función será la de administrar justicia a partir de lo que dicte la ley? Sí. ¿Formarán todas ellas parte de un gran sistema? Así es (con la Corte Suprema a la cabeza, de hecho). ¿Será este sistema independiente de los Poderes Ejecutivo y Legislativo? También. ¿Si camina como el Poder Judicial, nada como el Poder Judicial y grazna como el Poder Judicial, deja de serlo por tener otro nombre? Ciertamente no. Sin ir más lejos, la actual Constitución no habla de Poder Ejecutivo, sino que de Gobierno, y de Congreso en vez de Poder Legislativo, y hasta donde sabemos ninguna de estas nominaciones ha puesto en duda la existencia de estos poderes del Estado.

Si se ve como un pato, nada como un pato y grazna como un pato, entonces probablemente es un pato. Esta máxima es particularmente importante en la actual discusión constituyente. Olvidarla ha llevado a muchos a errar el foco en debates que son trascendentales para el futuro del país.

Desde la misma perspectiva, aunque con un grado mayor de complejidad, podemos analizar la discusión constituyente en torno al Parlamento. La decisión de eliminar la figura del Senado ha llevado enormes disputas entre aquellos que lo ven como una institución que ha obstaculizado cualquier posible cambio estructural y quienes, hasta citando a Salvador Allende, lo defienden como una cámara que ha mejorado leyes y dado voz a las regiones. Lo cierto es que ambas posturas tienen más que ver con quienes hemos elegido para subirse a este “pato” que con sus características permanentes. ¿Cuáles son estas últimas? Tal como existe hoy, el Senado es una cámara donde cada región tiene similar representación que las demás (si bien algunas tienen más representantes que otras) y que funciona como una “cámara espejo”, es decir, participa de los mismos procesos legislativos que la Cámara de Diputados. Ello, por supuesto tiene pros y contras: una ley que debe pasar por dos cámaras enfrenta más oportunidades de mejorar, como también de ser bloqueada. Son las características de este pato, no sus miembros, las que le permiten hacer tanto lo uno como lo otro.

¿Si camina como el Poder Judicial, nada como el Poder Judicial y grazna como el Poder Judicial, deja de serlo por tener otro nombre? Ciertamente no. Sin ir más lejos, la actual Constitución no habla de Poder Ejecutivo, sino que de Gobierno, y de Congreso en vez de Poder Legislativo, y hasta donde sabemos ninguna de estas nominaciones ha puesto en duda la existencia de estos poderes del Estado.

Por todo lo anterior, la pregunta fundamental que como ciudadanía debemos hacernos es qué queremos privilegiar: leyes más expeditas o con más revisiones. O, si queremos ponernos a la defensiva: ¿preferimos arriesgarnos a tener leyes no tan bien hechas o leyes que demoren más en existir? La respuesta a esta pregunta no tiene por qué ser absoluta; de hecho, ante el unicameralismo defendido inicialmente por la izquierda y el bicameralismo simétrico promovido por la derecha, ha surgido la opción intermedia de un bicameralismo asimétrico, donde algunas materias de ley serán vistas por ambas cámaras y otras, sólo por una, si bien aún la Convención no ha definido en cuáles materias de ley se privilegiaría la premura y en cuales la revisión más exhaustiva. Más que defender o atacar a una institución particular, son éstas las preguntas que como ciudadanía debemos hacernos y estas respuestas las que debemos procurar que escuche la Convención. Porque en esto no existen respuestas incorrectas sino decisiones colectivas. Un proceso constituyente no se trata de responder si lo que tenemos al frente es un pato o no, sino más bien de decidir qué tipo de bandada queremos ser.

*Rodrigo Mayorga es profesor, historiador, antropólogo educacional, autor de “Relatos de un chileno en Nueva York” (con el seudónimo de Roberto Romero) y director de la fundación Momento Constituyente (http://www.momentoconstituyente.cl)

También puedes leer: Constitución y poder errar


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