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Opinión

6 de mayo de 2022

Lo bello y lo triste de Kawabata

La imagen muestra a Montserrat Martorell frente a un libro de Kawabata

Kawabata narra de manera extraordinaria y oculta y sugiere y retrasa esos secretos que van a venir después. Confía en los lectores inteligentes.

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Elena Ferrante decía que la frantumaglia era una palabra que había heredado de su madre y que tenía que ver con una especie de corriente que la hacía sentir emociones diametralmente opuestas o, dicho de otro modo, “impresiones contradictorias que la herían”. Y la herida, pienso, es una ventana que nos sirve para plantearnos la vida, para pensarnos la vida, para encauzar y morder y reescribir eso que creemos que sabemos. Alejandra Pizarnik, poeta argentina, señalaba que escribir un poema es reparar la herida fundamental. ¿Qué reparamos a través de las palabras? ¿Y qué reparamos cuando esas palabras están llenas de luces, de dudas y de tinieblas? Sí, sí. Intento seguir el hilo, pero me pierdo y pienso que podría aprovechar el espacio para hablar de un amor, de un tiempo pasado, de un tiempo partido, de silencios absurdos y heridas que me acompañan mientras camino hacia el metro en una mañana llena de bruma. Podría hablar de lo bello y de lo triste que fue esa historia. Podría hablar de aquellas cosas que se rompen y que terminan por agotarte, por agotarse. Podría hablar de esas palabras que no tienen sonidos porque lo único que las alcanza es el silencio: el silencio que te rodea cuando sabes que esa trama, la tuya, no la va a saber nunca nadie. O quizás, solo quizás, podría tapar los recuerdos que suenan como campanas de Año Nuevo homenajeando a Kawabata y concentrarme en la escritura de la columna y ponerle un nombre: Yasunari.  

Alguna vez estuve en Osaka. Alguna vez me paseé por esa ciudad pensando que aquí nació el primer japonés en ganarse el Premio Nobel de Literatura por “pericia narrativa, capaz de expresar la idiosincrasia de su país con enorme sensibilidad». Era 1968. Kawabata, que había nacido casi setenta años antes, que se suicidó hace medio siglo en un departamento que miraba al mar, que no dejó ninguna carta de despedida, que fue huérfano de padres y de abuelos, que fue huérfano de hermana, si es que uno puede nombrar esa orfandad, esa muerte que dicen los psicólogos es la de los dolientes olvidados, exploró la intimidad, exploró la delicadeza, exploró el vacío. Y saltó. Kawabata. Kawabata. Estudiaste Literatura Inglesa, fuiste mentor de Yukio Mishima, quien te tildó de “viajero perpetuo”, integraste durante los años veinte el grupo literario Shinkankaku Ha (Escuela de la Nueva Sensibilidad), fuiste insomne, fuiste poeta, fuiste un hombre solitario, pero escribiste, escribiste como dijo Enrique Lihn y nos hiciste llegar El país de la nieve, El maestro de Go, El sonido de la montaña y La bailarina de Izu y Mil grullas y La casa de las bellas durmientes. Escribiste, repito, escribiste ese sentimiento que Ferrante adopta del dialecto napolitano y al que nosotros le buscamos otros nombres, nuevos nombres: Lo bello y lo triste

¿Qué hace que sigas hablándonos desde la muerte? ¿De dónde viene esa magia, esa persistencia, ese ímpetu, esa voz vieja? Alguna vez Guillermo Blanco, escritor y Premio Nacional de Periodismo, me dijo que tenía una teoría: si un siglo después de que te moriste te siguen leyendo, alcanzaste la inmortalidad. Yo tenía 17 años cuando escuché esa idea y nunca más se me olvidó la profecía del autor de Gracia y el forastero. Y por eso pienso y repienso qué hay en estas escrituras que siguen tan vivas. ¿Es el movimiento? ¿Es la furia? ¿Es el erotismo? ¿Es la palabra exacta? ¿Es la palabra que parece hablada? ¿Son los colores detrás de los colores? ¿Son los paisajes? ¿Es esa fuerza que traspasa nuestra propia emoción? ¿Es el tiempo que se bifurca? ¿Es la belleza de la melancolía? ¿Es la pausa eterna, candente, triste? ¿La historia detenida? ¿Son frases como “Pasaban los años, y la única persona que no cambiaba era la joven de su libro”? ¿Es el deseo? ¿Adelantarse al deseo? ¿Vivir el deseo sabiendo que se va a acabar? ¿Ponerle nombres al abuso? ¿A la soledad? ¿A los conflictos? ¿A lo erótico? ¿A esos amores atrapados debajo de esa sombra sutil e inexacta? ¿A esos amores que nunca vamos a tocar? ¿Que nunca vamos a topar? ¿Es su experimentación con el lenguaje, con los espacios, con la vida que se conoce sin ensayos? ¿Es su experimentación con la rabia? ¿Con la venganza? ¿Con los celos? ¿Con la crueldad? Kawabata expone el presente y el pasado sin reparos y nos plantea el odio, la destrucción, el amor y el olvido, el destino trágico de los amantes que tocan con su tragedia a inocentes que no tienen que ver con ellos. 

Kawabata, que había nacido casi setenta años antes, que se suicidó hace medio siglo en un departamento que miraba al mar, que no dejó ninguna carta de despedida, que fue huérfano de padres y de abuelos, que fue huérfano de hermana, si es que uno puede nombrar esa orfandad, esa muerte que dicen los psicólogos es la de los dolientes olvidados, exploró la intimidad, exploró la delicadeza, exploró el vacío. Y saltó.

La primera vez que leí “Lo bello y lo triste” lo hice desde la pantalla de mi celular. Me pasé varias noches así, con los ojos pegados, quietos, no queriendo que se acabara y cuando se acabó no podía creer que hubiera resuelto ese final de la manera que lo hizo. Tan directo. Tan breve. Tan irremediable. Casi, casi como si fuera un cuento. Tranquilos, no voy a anticiparles nada (a pesar de que muchas veces pienso que eso es lo que menos importa cuando uno lee una novela). Publicada en 1965, narra la historia de Oki y Otoko y configura, a punta de arte y literatura, esos amores perversos que hemos tenido todos. 

Cito: 

«Otoko seguía amando a Oki (… ). ¿Pero era posible que esos amores hubieran permanecido inalterables desde los tiempos en que habían sido una realidad tangible? ¿No cabía la posibilidad de que algo de esos mismos amores se hubiera transformado sutilmente en amor por sí misma?».

Kawabata narra de manera extraordinaria y oculta y sugiere y retrasa esos secretos que van a venir después. Confía en los lectores inteligentes. Vuelvo a abrir el libro: 

“El tiempo pasó. Pero el tiempo se divide en muchas corrientes. Como en un río, hay una corriente central rápida en algunos sectores y lenta, hasta inmóvil, en otros. El tiempo cósmico es igual para todos, pero el tiempo humano difiere con cada persona. El tiempo corre de la misma manera para todos los seres humanos; pero todo ser humano flota de distinta manera en el tiempo. Al aproximarse a los cuarenta, Otoko se preguntaba si el hecho de que Oki siguiera dentro de ella significaba que esa corriente del tiempo se había estancado, en lugar de seguir su curso. ¿O acaso la imagen que ella conservaba de él había flotado con ella a través del tiempo como una flor que avanza aguas abajo? Ella ignoraba cómo había flotado su propia imagen en la corriente de Oki. No podía haberla olvidado; pero, sin duda, el tiempo había corrido de manera diferente para él. Las corrientes del tiempo nunca son iguales para dos personas, ni siquiera cuando son amantes”. 

Kawabata expone el presente y el pasado sin reparos y nos plantea el odio, la destrucción, el amor y el olvido, el destino trágico de los amantes que tocan con su tragedia a inocentes que no tienen que ver con ellos. 

¿No es así? ¿No estamos todos suspendidos en ese abanico de posibilidades que contempla la obsesión, que contemplan los universos rotos, desgarrados? Lo bello y lo triste es una novela que conoce el peso de lo erótico, que se abre a paso a la sensibilidad, que tiene aquello que te perturba y que te libera y que te vuelve a encadenar porque las buenas historias son esas que te hacen dudar de lo genuino y te permiten reconfigurar el imaginario afectivo de sus protagonistas, ese que nos interroga, que nos suspende: 

“Se preguntó si era su juventud y su inocencia lo que habían dado tanta intensidad a ese amor. Quizás eso explicara su pasión ciega e insaciable. Cuando en un espasmo mordía el hombro de Oki, ni siguiera advertía la sangre que manaba de la herida”.

Hay libros que cuando uno los termina se hace más sabio, se hace más viejo, entiende más sobre sí mismo, entiende más sobre aquellas anécdotas que parecen ocultas, sombrías, rotas. Quizás eso sucede aquí, quizás eso es lo que pretendía Kawabata o quizás no y obligarse a dar una respuesta es, como decía su autor, “lo mismo que esperar el pasado… El tiempo y los ríos no corren para atrás”. 

*Montserrat Martorell es periodista y escritora, Máster en Escritura Creativa y Candidata a Doctora en Literatura Hispanoamericana. Es académica del Departamento de Periodismo de la UAH y hace talleres literarios. Autora de las novelas “La última ceniza”, “Antes del después” y “Empezar a olvidarte”. Actualmente escribe su cuarto libro.

También puedes leer: Columna de Montserrat Martorell: Hablar en voz alta


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