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Opinión

22 de Abril de 2022

La crudeza de Camila Sosa

La imagen muestra a Montserrat Martorell frente a una foto de Camila Sosa

Camila Sosa no le teme a la sordidez ni a lo explícito. No teme que ingresemos a ese mundo sediento, íntimo, secreto.

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Es escritora, es actriz, es travesti, es argentina y tiene 40 años. Sí, sí. Camila Sosa. Camila Sosa Villada. La que entre 2015 y 2022 publicó La novia de Sandro, El viaje inútil, Las malas, Tesis sobre una domesticación y Soy una tonta por quererte. Aplaudida en teatros y en películas, su premio literario más importante ha sido el Sor Juana Inés de la Cruz. ¿Pero por qué tenemos que leer a esta mujer que dice que Federico García Lorca le abrió pasos en la escritura y que niega ser trans porque no quiere robarle nada a las mujeres? ¿Por qué tenemos que comprar sus libros? ¿Y qué sabemos de ella? Yo algunas cosas. Por ejemplo, que viene de una familia religiosa, que tiene cábalas y que cuando escribe siente que hace sus propias brujerías. También que canta, que siempre se sintió travesti y que su ídola es Billie Holiday. Que cree en sus muertos, que lee a Gabriela Mistral y Alfonsina Storni, que escribía poemas de amor desde los doce años, que alguna vez fue un niño, un niño que, como dice ella, conoció muchas tristezas de golpe. 

“Hoy estoy partida en este pasado, con ese hombre que fui y que estoy orgullosa de haber sido, aun cuando sabía para siempre que en algún momento iba a terminar enfundándome en un vestido y subida a un par de tacos altos. Hoy soy este presente y también soy todo ese pasado, exactamente la mitad y mitad. Lo que me resta de vida, seguramente lo viviré como Camila. Pero de ningún modo habré de borrar de mi registro a ese pibe que se la pasaba solo en los recreos mirando cómo los demás tenían tan servido el banquete. El pibe que no podía llorar, que no podía pedir ayuda, que no podía hacer una mierda consigo mismo”.

Esa fractura es la que determina su escritura. La que dictamina, la que nos habla, la que nos retrotrae a cierta esencia lemebeliana. Y en esa fórmula aparecen también la fragilidad, el desgarro que se funde con el desparpajo, con el humor, con las mentiras, con la vida. Enrique Lihn, poeta chileno, escribió que

“Nada tiene que ver el dolor con el dolor

nada tiene que ver la desesperación con la desesperación

Las palabras que usamos para designar esas cosas están viciadas

No hay nombres en la zona muda”.

Esa fractura es la que determina su escritura. La que dictamina, la que nos habla, la que nos retrotrae a cierta esencia lemebeliana. Y en esa fórmula aparecen también la fragilidad, el desgarro que se funde con el desparpajo, con el humor, con las mentiras, con la vida.

Camila Sosa responde a esos vacíos, a esos silencios. No le teme a la sordidez ni a lo explícito. No teme que ingresemos a ese mundo sediento, íntimo, secreto. Y ojo, no es una escritora virtuosa, no al menos siempre, pero es una narradora que tiene cuerpo, que conoce las palabras, que conoce a los personajes, que conoce la calle, que no teme meter la cabeza muy adentro del agua. Y como una artista, una artista sublime, da saltos con la memoria y el oído y qué bien escucha Camila Sosa y qué bien la reivindicación que hace del mundo travesti, de ese universo que no está representado, que no forma parte de los cánones de ninguna parte. Una autora que escribe desde la pobreza, desde la violencia, desde el abuso, desde la discriminación. Y que además es tremendamente prolífica. Y vamos con la poesía, con las novelas, con los cuentos. Y vamos que con cada historia nacemos otra vez y no importa el cuerpo y no importan las voces y no importan las soledades. 

Cito en Soy una tonta por quererte (Editorial Planeta):

“Los niños merecen una soledad así a veces, un silencio materno, un silencio paterno que les permita codearse con sus pensamientos, mirando una tarde”.

Párrafos orgánicos, rápidos y simples, diálogos que se leen como piezas de teatro, escritura marcada por las pausas de lo real, por ese tono que se usa cuando leemos en voz alta:

“Pero las noches de suerte son escasas y espaciadas entre miles de noches tristes, repetidas una tras otra, donde la ganancia apenas alcanza para un cuarto de pan negro. Épocas del año en que ser prostituta pesa como un abrigo de piedras”.

En sus libros hay machismo, violencia salvaje, violencia escondida, patriarcado que no envejece. Imágenes terribles que muestran la humillación -como cuando un travesti se sube al auto con cuatro hombres y lo llevan a una casa enorme y se acuestan con él y lo maltratan-. Estamos ahí. Vemos todo. Y nos duele. Nos duele la falta de humanidad, la falta de sensibilidad, la falta de amor por los otros, por las otras. A veces, incluso, nos dan ganas de salvar a sus personajes, pero se salvan solos. Como Camila Sosa: 

“De chica me imaginaba que iba a actuar, que haría teatro, cine, pero no que iba a vivir de esto. Empecé a travestirme a los 16 años en un pueblo de 5000 habitantes. Sé muy bien lo que era ser travesti en un pueblo así hace 20 años. Era doblemente tremendo. Una chica que empieza a travestirse ahora no tiene idea de lo que pasamos nosotras; fue muy doloroso. Por suerte ahora tienen todo el camino allanado”.

En sus libros hay machismo, violencia salvaje, violencia escondida, patriarcado que no envejece. Imágenes terribles que muestran la humillación -como cuando un travesti se sube al auto con cuatro hombres y lo llevan a una casa enorme y se acuestan con él y lo maltratan-. Estamos ahí. Vemos todo. Y nos duele.

Hay una tragedia en su escritura, hay una tragedia en su técnica, en su vida. Quizás porque  hay torbellinos que son una vida. Y este es uno de esos. Por eso la aplaudo, por eso creo que hay que leer estas obras salpicadas de apertura, de ficción, de extravagancia, de atrevimiento, de verdad. Una escritura que se enmarca en la oralidad, que no teme a la primera persona, que no teme el peso de la autobiografía, de las crónicas, que escribe con libertad, con consuelo y sin tapujos como tenemos que escribir este siglo que a veces, muchas veces, nos cierra los ojos.  

*Montserrat Martorell es periodista y escritora, Máster en Escritura Creativa y Candidata a Doctora en Literatura Hispanoamericana. Es profesora universitaria y hace talleres literarios. Autora de las novelas “La última ceniza”, “Antes del después” y “Empezar a olvidarte”. Actualmente escribe su cuarto libro.

También puedes leer: Columna Montserrat Martorell: Mujeres deseantes


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