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Opinión

14 de marzo de 2022

Columna de Montserrat Martorell: Mariana Enriquez y las cosas que perdimos en el fuego

La imagen muestra a Montserrat Martorell frente a Mariana Enriquez y las cosas que perdimos en el fuego

Hay un cuento de esta antología que me gustaría comentar. Bautizado con el mismo nombre del título (y también de esta columna), Enriquez construye un mundo donde las mujeres, cansadas de la violencia de género, deciden quemarse.

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Durante la pandemia me obsesioné con el nombre de la escritora argentina Mariana Enriquez (1973) y leí todo lo que pude: Los peligros de fumar en la cama, Nuestra parte de noche (Premio Herralde), Bajar es lo peor, El otro lado, La hermana menor y Las cosas que perdimos en el fuego. Este último libro me voló la cabeza, pero sobre todo me hizo pensar, reflexionar, meditar cómo la escritura es un registro histórico de los acontecimientos que vivimos. Publicado en 2016 por Anagrama, reúne 12 relatos que hacen de la periodista trasandina una de las más importantes voces de la actualidad. Terror, misterio, pobreza, marginalidad y violencia, se conjugan para ofrecerte historias que te dejan muy quieto, casi casi orillado. Y te da miedo. Te da mucho miedo.

Hay un cuento de esta antología que me gustaría comentar. Bautizado con el mismo nombre del título (y también de esta columna), Enriquez construye un mundo donde las mujeres, cansadas de la violencia de género, deciden quemarse. Es complejo esto que les estoy contando e incluso al principio cuesta creer que la trama se va transformando rápida e intensamente en hogueras, fuegos y Mujeres Ardientes, que se sumergen en las llamaradas como si fueran ritos de respuesta a tanto dolor. ¿Por qué lo hacen? Precisamente porque quieren devolverle la cara al abuso, al delito, siendo una más de aquellas que ya no son lo que fueron y declarar con sus propios cuerpos que si un hombre quema a una de nosotras, todas seremos ella y cortaremos las carreteras y nos tiraremos a esos abismos que nos llevarán, de una u otra forma, a construir una belleza nueva.

Cito:

Por eso, cuando de verdad las mujeres empezaron a quemarse, nadie les creyó, pensaba Silvina mientras esperaba el colectivo —no usaba su propio auto cuando visitaba a su madre: la podían seguir—. Creían que estaban protegiendo a sus hombres, que todavía les tenían miedo, que estaban shockeadas y no podían decir la verdad; costó mucho concebir las hogueras.

Este cuento es lectura obligatoria en mis clases en la universidad y en los talleres literarios que dicto. ¿Por qué?  Por su originalidad, por su osadía, porque nos lleva a reflexionar con un lenguaje político y poético, con un lenguaje rudo y sensible, con un lenguaje de la calle, de la vereda, retratando un mundo que es el nuestro porque sí, porque solo en 2020 4.091 mujeres fueron víctimas de feminicidio en 26 países, según la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal). Y creo que textos como estos son dolorosos, pero también necesarios. Porque textos así dan cuenta de que hasta muy entrado el siglo XXI a las mujeres nos seguían desapareciendo, nos seguían pegando, nos seguían matando.

Vuelvo al cuento:

Hicieron falta muchas mujeres quemadas para que empezaran las hogueras. Es contagio, explicaban los expertos en violencia de género en diarios y revistas y radios y televisión y donde pudieran hablar; era tan complejo informar, decían, porque por un lado había que alertar sobre los feminicidios y por otro se provocaban esos efectos, parecidos a lo que ocurre con los suicidios entre adolescentes. Hombres quemaban a sus novias, esposas, amantes, por todo el país. Con alcohol la mayoría de las veces, como Ponte (por lo demás el héroe de muchos), pero también con ácido, y en un caso particularmente horrible la mujer había sido arrojada sobre neumáticos que ardían en medio de una ruta por alguna protesta de trabajadores.

¿No nos acordamos con este fragmento de los ojos de Nabila Rifo? ¿No nos acordamos de las miles de mujeres indias que cada año son quemadas con ácido? Y no solo ahí. En México, en Colombia, en Argentina, en España, en Pakistán, en Camboya y en tantos otros rincones del mundo. Y quizás tú, tú que estás leyendo estas líneas no has sido una víctima como ellas, pero sí has vivido la agresión. La agresión física o la agresión verbal, el maltrato silencioso, el maltrato que va configurando nuestras heridas porque las mujeres hemos sido heridas durante siglos. Y esa herida, la de la otra, es nuestra.     

Es complejo esto que les estoy contando e incluso al principio cuesta creer que la trama se va transformando rápida e intensamente en hogueras, fuegos y Mujeres Ardientes, que se sumergen en las llamaradas como si fueran ritos de respuesta a tanto dolor.

Mariana Enriquez, integrante de la denominada “Nueva narrativa argentina”, arma y desarma personajes imperfectos, llenos de relieves, sin máscaras. Porque conoce el tono del misterio, porque conoce los suburbios, la arquitectura de una narración y logra que los diálogos sean muy reales. Sabe conjugar lo real con lo insólito; la escritura de lo insólito, de lo extraño, con lo monstruoso, lo feo, eso que no queremos nombrar, pero que tiene nombre. Y cuando escribe es desenfrenada y saborea el peligro, lo que no está bien, lo que parece un poco enfermo. Y por eso la leo y la aplaudo porque deambula entre el humor y la crudeza y la esperanza, párrafo a párrafo, logrando que cada línea nos siga pareciendo nueva. La suya, la de su generación, es la de escritoras que no temen saltar al vacío. Que no temen a los quiebres ni a las tensiones ni al terror ni a las incertidumbres y se sienten muy cómodas dibujando las crisis vitales y las sospechas neuróticas de sus criaturas. Tampoco le tienen miedo a las máscaras y a lo que no se dice. No temen al silencio ni al ruido ni a los agujeros negros que rompen nuestra cabeza. Mariana Enriquez no le teme a las campanas.

Ha dicho que Enriquez creció durante la dictadura argentina, que leyó, siendo muy joven, a Edgard Allan Poe mientras se enteraba del secuestro, de las desapariciones, de la tortura. Y esa amalgama histórica y literaria están ahí, asomando la lengua con el horror:

—Las quemas las hacen los hombres, chiquita. Siempre nos quemaron. Ahora nos quemamos nosotras. Pero no nos vamos a morir: vamos a mostrar nuestras cicatrices.

Su escritura no es perfecta, no es limpia y esa electricidad de lo real nos atraviesa porque nos recuerda que la alta literatura, esa que está más allá de lo conocido, no se hace solo con buenas palabras. Enriquez crea mundos extraños, a veces demasiado oscuros, a veces incómodos (tengo estudiantes que la han abandonado en el camino), y se suma así a una lista de narradoras que para mí son imprescindibles: Silvina Ocampo, Alfonsina Storni, María Elena Walsh, Alejandra Pizarnik, Hebe Uhart, Samanta Schweblin, Gabriela Cabezón, Leila Guerriero, Selva Almada, Liliana Heker, María Gainza, Liliana Villanueva, María Moreno, Belén López Peiró. Y más y más y más. Porque la narrativa argentina es valiente, arrojada, llena de ideas, de luces, de artefactos que están vivos. Una escritura que sienta sus bases en la fantasía, que viene de la fantasía y que nos dice que cuando uno lee no solo lee una anécdota elegida al paso, sino nuestro tiempo, nuestros conflictos, nuestros deseos y aprende a mirarse desde ese lugar que nos devuelve siempre la palabra sabia.

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