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12 de mayo de 2022

Retrato del lado más oscuro de Chile: Testimonios de una zona de sacrificio

La imagen es un collage con zona de sacrificio y el autor del libro Patricio Vera

En su primer libro, "Náusea: Crónica de una zona de sacrificio", Esteban David Contardo relata una serie de eventos que ha afectado la comunidad de Quintero-Puchuncaví en las últimas décadas. "Me gustaría que con ‘Náusea’, las personas lograran empatizar con el dolor de la gente, con los testimonios, que dejaran de normalizar todo esto, que tengan siempre en la memoria que se le denomina zona de sacrificio a los lugares donde se están sacrificando a las personas para que otros puedan vivir. Debemos tener esa consciencia de que hay gente que se está muriendo", dice a The Clinic.

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Un malestar profundo. Un asco intenso. Una náusea desgarradora. No una, sino decenas, cientos de náuseas. Todas como un recordatorio de que algo malo está pasando. De que esto no es normal. De que es inaceptable que el lugar que uno vive sea una zona de sacrificio.

En su primer libro, “Náusea: Crónica de una zona de sacrificio (La Pollera Ediciones, 2022)”, el Licenciado en Letras Hispánicas de la Universidad Católica de Chile Esteban David Contardo (30) hace un repaso por historias de injusticias y dolores -físicos y psicológicos- de los habitantes de Quintero y Puchuncaví.

Aunque reconoce que siempre estuvo ligado a los temas medioambientales porque de niño fue scout, Esteban David Contardo cuenta que la idea de la obra, que obtuvo una mención honrosa, en la categoría inéditos, en el Premio Escrituras de la Memoria 2021, partió en 2018, cuando ocurrieron las intoxicaciones masivas en la zona.

“Cuando encontraron el cuerpo de Alejandro Castro (dirigente sindical y líder de las movilizaciones en la zona), algo me movió internamente. Y fui a la zona de sacrificio para conocer un poco más la historia. Me quedé con esos recuerdos, pero finalmente solo escribí más adelante, en 2021, cuando estaba haciendo un diplomado de no ficción en la Universidad Alberto Hurtado. Ahí claro, me di cuenta de la cantidad innumerable de eventos de contaminación y de hechos desgarradores que han pasado en la zona”, detalla el autor.

Una vez que fue conociendo los últimos 20 años de historia de la zona de sacrificio Quintero-Puchuncaví, Esteban David Contardo los fue contando a sus cercanos. Y se dio cuenta de que ellos solo conocían el caso de la intoxicación de 2018, que afectó, el primer día, a más de 100 personas. Poco después, ya se habían producido más de 1.334 atenciones por intoxicación en los centros de salud de la zona.

“Nadie recordaba, por ejemplo, la intoxicación en la Escuela La Greda; o el derrame de petróleo que hubo, o las historias de los hombres verdes… Ahí dije: ‘es necesario contar todo esto. Porque si bien han aparecido muchas veces en la prensa, lo hemos normalizado. Hemos normalizado lo que es una zona de sacrificio”, comenta.

Crédito: Antonia Núñez Mancilla

Así nace este libro. En él, el autor hace una invitación a resguardar estas historias, por muy dolorosas que sean, en nuestras memorias: “Me gustaría que con ‘Náusea’, las personas lograran empatizar con el dolor de la gente, con los testimonios, que dejaran de normalizar todo esto, que tengan siempre en la memoria que se le denomina zona de sacrificio a los lugares donde se están sacrificando a las personas para que otros puedan vivir. Debemos tener esa consciencia de que hay gente que se está muriendo. Y a las personas que están en el poder: ojalá puedan generar cambios concretos y tomar cartas en el asunto. No se puede hacer mucho con la gente que ya murió, pero sí se puede hacer mucho por los niños, por el futuro que hay en Quintero-Puchuncaví”.

“Nadie recordaba, por ejemplo, la intoxicación en la Escuela La Greda; o el derrame de petróleo que hubo, o las historias de los hombres verdes… Ahí dije: ‘es necesario contar todo esto. Porque si bien han aparecido muchas veces en la prensa, lo hemos normalizado. Hemos normalizado lo que es una zona de sacrificio”, comenta.

A continuación, algunas de las historias de su libro.

“Una nube de contaminantes”

La Escuela de La Greda, ubicada a menos de 600 metros de la termoeléctrica y cerca de la fundición y refinería de Cobre de Codelco, hoy está desmantelada. “De las puertas y ventanas solo quedan sus umbrales”, relata el autor.

“El primer alumno de cuarto básico que se levantó de su asiento y caminó hacia el escritorio de la profesora (Claudia) ubicado a un costado de la pizarra. Del rollo sacó un trozo de papel, se limpió la nariz y se volvió a sentar para continuar con la lectura silenciosa. Un compañero repitió los movimientos y luego otro, y otro. Claudia se extrañó por esta marcha, caminó por los bancos y miró detenidamente a cada uno de los niños y niñas: muchos acercaban el rostro a la manga de la cotona para secarse la nariz”, cuenta en su libro.

Lo que ocurrió: una falla en su planta de ácido sulfúrico liberó una nube con contaminantes al exterior que dejó a cuarenta y dos personas afectadas, entre ellas 33 menores. Era 23 de marzo de 2011.

Un mensaje que hay hoy en los muros de la escuela. Crédito: Esteban David Contardo.

Tras el acontecimiento, la Escuela, que se construyó en 1900, tuvo que ser clausurada. Las empresas, que llegaron recién en 1957 a la zona, siguieron operando. La profesora Claudia fue, entre los adultos, uno de los más afectados. Tuvo una cantidad considerable de metales pesados en su cuerpo. Cuando Esteban David Contardo la entrevistó, ella tenía cáncer. Este año, cuando le escribió a Facebook para entregarle personalmente el libro, se enteró de que ella había fallecido.

Lo que ocurrió: una falla en su planta de ácido sulfúrico liberó una nube con contaminantes al exterior que dejó a cuarenta y dos personas afectadas, entre ellas 33 menores. Era 23 de marzo de 2011.

En la obra, Claudia también cuenta que su padre, José Luis Tapia, trabajó construyendo ENEMI, actual Codelco. Era de los pocos sobrevivientes del grupo de funcionarios, porque la mayoría falleció de infartos cardíacos, cáncer al estómago o a los pulmones. “Ha tenido compañeros que los han abierto. Y me refiero a los casos que exhumaron, a ‘los hombres verdes’. Hemos tenido vecinos que los abrieron y los cerraron porque estaban verdes (…) para una todo esto tiene un doble pensar: esto nos está matando, pero también nos da la posibilidad de vivir”, contó.

“Yo tuve a mi hija hospitalizada en la zona de sacrificio”

Paula Clavería tiene 18 años, vive en La Greda, a un par de cuadras de la escuela antigua. En las movilizaciones posteriores a las intoxicaciones de 2018, estaba embarazada; en su vientre, sus compañeros le escribieron ‘no más industrias’.

“Yo tuve a mi hija hospitalizada por los gases cuando tenía ocho meses (…) Desde el mismo hospital me pidieron si yo podía cambiarme de casa, irme a otro lugar donde no estuviera cerca de las empresas, porque a ella le hacía súper mal respirar esos aires. Pero nunca me cambié, y siempre que voy al hospital me dicen lo mismo: que ella sigue enfermándose por el lugar donde vivíamos”, cuenta Paula en el libro.

Pero antes de eso, en 2011, Paula también había sufrido la primera intoxicación. Tenía entonces nueve años y estaba en cuarto básico. “Sus recuerdos son algo difusos (…) Recuerda los punzantes dolores de estómago y de cabeza y la picazón en los ojos; recuerda a sus compañeras desmayadas y a las que llegaron sin desayunar; recuerda el centro de salud, los exámenes y los paros”.

“Le damos de comer a nuestras familias con productos que están contaminados”

Esteban David Contardo también se reunió con Justiniano Lagos, expresidente del Sindicato de Pescadores de Caleta Horcón.

Tras un derrame tóxico en la zona, hubo tres meses en los cuales no se podía consumir nada proveniente del mar.

«Siempre que voy al hospital me dicen lo mismo: que ella sigue enfermándose por el lugar donde vivíamos».

“Fue una tragedia tremenda. Yo fui a pintar monos allá a la bahía y los cabros se querían embarcar a trabajar altiro a limpiar y yo no. ¿Por qué iba a limpiar la caca de los empresarios? ENAP tiene unos ductos bajo el mar que son del año 50, están obsoletos y no hacen inversiones”, contó el pescador.  “Hay veces en que las lanchas se fondean, arrasan, pasan por el tubo, la rompen y todo eso pasa desapercibido (…) Los pescadores nos alimentamos y le damos de comer a nuestras familias con productos que están contaminados”, añadió.  

“Botaba carne molida que era de su cuerpo”

El libro relata una serie de historias de mujeres cuyos maridos fallecieron debido a la exposición a distintos metales pesados.

Es el caso de Clemente Aguilera. En 1963 él había llegado desde Olmué a trabajar en la Fundición y Refinería de Cobre de Ventanas. Trabajó 26 años ahí. Quince años después de jubilarse, sin embargo, empezaron los primeros síntomas: mareos constantes, dolores de cabeza insoportables y la descomposición paulatina de su propio cuerpo que más tarde botaría por el baño de su casa. El diagnóstico: cáncer de laringe. También se le hizo tira el hígado y el corazón.

Exfuncionarios fallecidos de ENAMI.
Exfuncionarios fallecidos de ENAMI.

Cuando su esposa Carolina habló de él, dijo: “cuando él hacía sus necesidades, botaba carne molida que era de su cuerpo.

Para 2009, recuerda el libro, 113 exfuncionarios de ENAMI ya estaban muertos a raíz de distintas patologías terminales como cánceres de colon, intestinos, páncreas y enfermedades cardíacas. Después de la exhumación de algunos de ellos, acreditaron la presencia de metales pesados en sus cuerpos.

El autor del libro también comenta que vio a varias de las viudas. Al reencontrarse con algunas, se enteró de personas que o han enfermado o fallecido de problemas respiratorios. “Sus historias me dejaron helado”, dice.

“Me dijeron que me iban a pagar todo en la empresa, pero no fue así”

Un capítulo entero del libro es relatado por Luis Pino un extrabajador de ENAMI en la zona de sacrificio.

“Yo tengo la enfermedad del saturnismo”, cuenta él. “El saturnismo es la contaminación por plomo, Saturno, el que rige el plomo. Si le preguntas a los médicos no tienen idea, no les interesa (…)”, agrega.

Cuando su esposa Carolina habló de él, dijo: “cuando él hacía sus necesidades, botaba carne molida que era de su cuerpo.

“Primero empiezas con náuseas, no duermes bien, empiezas a perder la memoria, empiezas con dolores de hueso. Yo, a mis cuarenta años, perdí toda mi dentadura, cuarenta años sin una pieza de dientes que me las terminé sacando con las manos. Cuando salí jubilado fue por incapacidad total. Me dijeron que me iban a pagar todo en la empresa, pero no fue así, ni tampoco con todos los viejos que trabajaron ahí, nosotros, que fuimos leales al país, al Estado de Chile, no fueron leales con nosotros”, comenta.

“Todas las muertes que tuvieron los trabajadores en Ventanas han sido de paros cardíacos, infartos al miocardio y cánceres. ¿Te imaginas la rabia que debo tener frente a todo esto? ¿Qué justicia hay para la gente que dejó parte de sus vidas a este país?”, concluye.

Crédito: David Valbuena.

También puedes leer: ¿Cuál es la exposición de los niños a los efectos del cambio climático? Los hallazgos del nuevo estudio de UNICEF


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