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Opinión

19 de mayo de 2022

Plebiscito de salida

Rodrigo Mayorga frente al borrador de nueva constitución que será votado en el plebiscito

Tenemos mucho trabajo de aquí al 4 de septiembre, y lo seguiremos teniendo al día siguiente también. Porque cualquiera sea su resultado, este plebiscito no será un final sino apenas un punto seguido en la interminable vida política de nuestra comunidad. Si olvidamos eso, estaremos destinados al fracaso, la inestabilidad y la crisis constante.

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Sí, lo sé, aún queda el proceso de armonización, las normas transitorias y el preámbulo, pero en lo sustantivo la propuesta de nuevo texto constitucional ya ha sido entregada al país. Con ello comienza a concluir un proceso que se ha sentido más largo que un crossover de “Mentiras Verdaderas” con “Lola”, aunque en la práctica no lleve aún ni un año de duración. El 4 de septiembre venidero, fecha del plebiscito de salida, concurriremos a las urnas para decir, con un lápiz y un papel, si queremos que este texto sea o no nuestro nuevo pacto social. No es una decisión menor y, por lo mismo, es necesario que nos preparemos adecuadamente para ella.

En primer lugar, es importante limpiar la mesa de aquellas argumentaciones superfluas o accesorias. El número de artículos, palabras o caracteres de la propuesta, por ejemplo, es una discusión estéril. No solo porque la extensión de cada artículo puede variar o porque no sirve mucho el contraste con cartas magnas escritas en otras lenguas (y, por ende, gramaticalmente incomparables), sino debido a que la calidad de una Constitución depende netamente de su contenido y poco tiene que ver con su extensión. La discusión en torno al uso de la bandera chilena en la portada (y si ésta se presenta completa, a cuadros, en relieve o tejida a crochet) es igualmente inoficiosa, toda vez que los elementos gráficos de esta propuesta no modifican un ápice el alcance del texto, ni tampoco responden a decisiones tomadas por el pleno de la Convención.

El número de artículos, palabras o caracteres de la propuesta, por ejemplo, es una discusión estéril. No solo porque la extensión de cada artículo puede variar o porque no sirve mucho el contraste con cartas magnas escritas en otras lenguas (y, por ende, gramaticalmente incomparables), sino debido a que la calidad de una Constitución depende netamente de su contenido y poco tiene que ver con su extensión».

Otras argumentaciones surgidas en estos días son abiertamente falaces y tramposas. La principal de ellas es que el texto presentado por la Convención no sería resultado de un proceso “verdaderamente” democrático. Las razones para sustentar esta afirmación son varias: desde la existencia de escaños reservados para pueblos originarios hasta la reducida representación de la derecha en la Convención. Debemos ser enfáticos en esto: los y las convencionales fueron escogidos en elecciones democráticas libres, abiertas, transparentes y en todo acorde al Estado de Derecho. Los resultados de aquellas elecciones obedecieron a un momento histórico y un ánimo particular, sin duda, pero quienes usan esto como argumento para deslegitimarlas parecen olvidar que TODA elección obedece a un momento histórico y un ánimo particular. Usando la misma lógica, cualquier sector político podría deslegitimar toda votación tan solo contrastándola con una posterior en la que le fuera mejor.

Otros han decidido ponerse matemáticos para acusar a la Convención. Así, algunos contraponen los 84.014 votos de la convencional Marcela Cubillos y los 89.057 obtenidos por todos los representantes de los pueblos originarios, viendo allí evidencia de la ilegitimidad de esta elección. Pero una vez más, el relato cambia según se le mire: el mismo ejercicio comparativo nos indica que Independientes No Neutrales recibió más votos que la UDI y Renovación Nacional –casi 50.000 y 100.000, respectivamente– y, sin embargo, obtuvo menos constituyentes –11 contra los 15 de RN y los 17 de la UDI–. O que el PPD, con 147.310 votos, obtuvo 3 convencionales, mientras que el Partido Ecologista Verde, con 194.500, ninguno. Podríamos seguir un buen rato, pero poco importaría, pues todas estas comparaciones son falaces.

Los resultados de las elecciones de convencionales respondieron a un sistema electoral –el representativo proporcional– y a las formas en como pondera los votos y distribuye escaños. Uno podrá estar más o menos de acuerdo con éste, pero difícilmente se puede tildar de antidemocrático a un sistema electoral que ha sido adoptado por un órgano representativo como el Congreso y que forma parte de nuestro ordenamiento jurídico. Tampoco, a normas electorales como la paridad y los escaños reservados, que incluso fueron establecidas en la Constitución, lo que implica que alcanzaron un consenso transversal y quórums supramayoritarios para poder llegar allí.

Los resultados de las elecciones de convencionales respondieron a un sistema electoral –el representativo proporcional– y a las formas en como pondera los votos y distribuye escaños. Uno podrá estar más o menos de acuerdo con éste, pero difícilmente se puede tildar de antidemocrático a un sistema electoral que ha sido adoptado por un órgano representativo como el Congreso y que forma parte de nuestro ordenamiento jurídico».

Por supuesto, no tiene por qué haber una relación directa entre la legitimidad democrática de un órgano constituyente y la calidad de su trabajo. Y hay que reconocer que, en los últimos doce meses, los y las convencionales nos han dado varias escenas difíciles de olvidar, desde los gritos destemplados de Elsa Labraña a Carmen Gloria “la profe jefe de Chile” Valladares hasta el voto desde la ducha de Nicolás Núñez, pasando por la bancada de Vamos Por Chile repartiendo “Negritas” en el ex Congreso o Martín Arrau difundiendo fake news (no importa cuando leas esto). Para qué hablar de la falsa enfermedad del ahora ex convencional y ex pelado Rodrigo Rojas Vade, quien de la noche a la mañana pasó de hijo ilustre de la lucha social a menos querido que Kike Morandé en un simposio feminista.

Al mismo tiempo, no puede negarse el trabajo dedicado que ha realizado la mayoría de los y las convencionales de todos los sectores, enfrentando condiciones iniciales adversas, horarios laborales de chofer de TurBus, insultos en redes sociales y hasta intentos de asfixiarlos con banderas de Chile. Tampoco se puede ignorar que, a pesar de todo lo anterior, la Convención logró su cometido: en menos de doce meses y respetando los límites que le impuso la actual Carta Magna, confeccionó una propuesta de Constitución cuyos artículos alcanzaron, en promedio, un 76% de aprobación (o 3/4, bastante superior a los 2/3 exigidos como mínimo).

Sin embargo, nada de lo anterior nos excusa de la pregunta que tenemos que hacernos ante la propuesta de Constitución que hoy se nos ofrece: ¿Es este texto el pacto social del cual quiero ser parte? Porque ello, y no otra cosa, es lo que responderemos en el plebiscito de salida este 4 de septiembre cuando marquemos en el voto “Apruebo” o “Rechazo”. Los casi tres meses que nos separan de esa fecha nos confrontan así con una responsabilidad ineludible: la de acercarnos al texto, leerlo, reconocer aquello que nos cuesta entender y buscar comprenderlo. También, la de participar en espacios de aprendizaje y diálogo donde educarnos sobre las normas propuestas, sus efectos concretos y sus posibles implicancias, reconociendo nuestros miedos e ilusiones, pero también cuando la evidencia es suficiente para desbancarlos. Es imperativo que asumamos el peso que posee nuestro voto y que comprendamos que lo que resulte de este proceso no será responsabilidad sólo de los y las convencionales, o siquiera de quienes apoyen la opción que triunfe finalmente en el plebiscito, sino de todos y cada uno de quienes conformamos esta comunidad política llamada Chile.

Sin embargo, nada de lo anterior nos excusa de la pregunta que tenemos que hacernos ante la propuesta de Constitución que hoy se nos ofrece: ¿Es este texto el pacto social del cual quiero ser parte? Porque ello, y no otra cosa, es lo que responderemos este 4 de septiembre cuando marquemos en el voto “Apruebo” o “Rechazo”. Los casi tres meses que nos separan de esa fecha nos confrontan así con una responsabilidad ineludible: la de acercarnos al texto, leerlo, reconocer aquello que nos cuesta entender y buscar comprenderlo».

Tenemos mucho trabajo de aquí al 4 de septiembre, y lo seguiremos teniendo al día siguiente también. Porque cualquiera sea su resultado, este plebiscito no será un final sino apenas un punto seguido en la interminable vida política de nuestra comunidad. Si olvidamos eso, estaremos destinados al fracaso, la inestabilidad y la crisis constante. Si no asumimos que como ciudadanos debemos hacernos cargo siempre de la política, como si de un Plebiscito de Salida diario se tratara, volveremos a encontrarnos en aquellos lugares oscuros en los que tantas veces hemos terminado. Hacer del 4 de septiembre de 2022 una fecha luminosa y que sirva de modelo para nuestro futuro colectivo, no depende de nadie más que de nosotros.

*Rodrigo Mayorga es profesor, historiador, antropólogo educacional, autor de “Relatos de un chileno en Nueva York” (con el seudónimo de Roberto Romero) y director de la fundación Momento Constituyente (http://www.momentoconstituyente.cl).

Aquí, el borrador que será votado en el plebiscito de salida.

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