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Opinión

18 de mayo de 2022

Temucuicui, Quilicura, Cañete, Vitacura… Todos somos Alburquerque

La imagen muestra a Gumucio frente a Alburquerque

En Chile, como en "Breaking Bad" y "Better Call Saul", hay dos mundos. El suburbio donde los profesores y los abogados y los policías hacen barbacoas: un mundo endeudado pero gentil, donde nadie es feliz pero nadie muere más que de resfrío. Debajo de ese mundo, o arriba, está el narco donde se muere y se vive de verdad, donde está la verdadera plata y la verdadera pasión.

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Demasiado luego se va a terminar la última temporada de Better Call Saul. Con ella se va a acabar para todos los que seguimos también Breaking Bad, una parte esencial de nuestras vidas. Unas series que además de citar con abundancia lo mejor de la historia del cine, saben como pocas trasladarnos a su universo: ese Alburquerque que es a medias un suburbio sin gracia de los Estados Unidos y a medias una barriada marginal del más desolado de los Méxicos posibles.

¿No vivimos todos ahí en Alburquerque? Ni Breaking Bad ni Better Call Saul tienen las pretensiones sociológica de The Wire (otra obra maestra). Ni quiere ser el retrato demencial de un grupo social especifico como Los Sopranos (magistral también). Los creadores de Breaking Bad y Better Call Saul no han querido comentar el mundo sino inventar uno. La fotografía como el guion no busca más que juntar pedazos perdidos de cultura pop, para en cada capítulo dar vuelta nuestra cabeza y hacernos ver el mundo al revés. Aunque si se piensa bien, esta pérdida de orientación esencial, ese collage perpetuo de emociones, es quizás la forma más realista de explicar a personajes tan disímiles como el Pelao Vade, Rafael Garay, Franco Parisi, Alberto Chang, Rafael Montecinos Ferrada, Sebastián Piñera, Sergio Jadue, Julio César Rodríguez o Jorge Baradit. Todo ellos y algunos más que, como los protagonista de las series de Vince Gilligan, mienten para decir mejor su verdad, porque su mentira es su verdad.

Si se piensa bien, esta pérdida de orientación esencial, ese collage perpetuo de emociones, es quizás la forma más realista de explicar a personajes tan disímiles como el Pelao Vade, Rafael Garay, Franco Parisi, Alberto Chang, Rafael Montecinos Ferrada, Sebastián Piñera, Sergio Jadue, Julio César Rodríguez o Jorge Baradit. Ellos y algunos más, como los protagonista de las series de Vince Gilligan, mienten para decir mejor su verdad, porque su mentira es su verdad».

Porque en Chile como en Breaking Bad y Better Call Saul hay dos mundos. El suburbio donde los profesores y los abogados y los policías hacen barbacoas. Un mundo endeudado pero gentil, donde nadie es feliz pero nadie muere más que de resfrío. Debajo de ese mundo, o arriba de él, está el narco donde se muere y se vive de verdad, donde está la verdadera plata y la verdadera pasión. En la frontera de estos dos mundos está justamente un chileno: Gus Fring, que huyó de Chile porque no aceptaban su sexualidad. Ejemplo mismo de la doble moral, por un lado un impecable y maniático empresario de comida rápida y por otro parte esencial del universo del narcotráfico que vamos viendo cubre todas las áreas de la vida social de Alburquerque y México y Nueva York y Europa.

Como en Chile, son los gastos médicos los que hacen que Walter White rompa con la ilusión de clase media y convoque las fuerzas ocultas del submundo. Saul Goodman (ex Jim McGill) llega ahí por el desprecio y el abandono al que le somete su hermano exitoso, pero también por la astucia y las ganas de ganar siempre en todos los juegos. Los dos rebelándose contra los privilegiados, empiezan como modestas pymes hasta que se dan cuenta que la apariencia de bandas criminales desordenadas con que se presenta el narco, sólo cubre su verdadera esencia de multinacional que controla todo y cualquier cosa. Cuando han llegado a ese corazón secreto de la máquina, quedan por ésta descartados.

Sin empujar demasiado, se podría interpretar el estallido de octubre no sólo como un liberador grito de libertad sino como un momento Breaking Bad. El minuto en que Walter White se afeita el pelo o el momento en que Jim McGill se hace llamar Saul Goodman. El minuto exacto en que como sociedad decidimos que no conseguiríamos nada por las buenas, que para contradecir los poderes de los privilegiados era necesario pedirle ayuda a los poderes ocultos que dirigen realmente el Alburquerque en que vivimos. Un Alburquerque que bien se podría llamar Temucucui o Cañete, como ya se llama zona sur de Santiago y Quilicura y Vitacura también. Un lugar donde la ley no es reemplazada por la ausencia de ley sino que por otra ley más efectiva y más implacable: la del narco, un poder que sabe pagar a los que le sirven, y sabe cobrar a los que no.

Un Alburquerque que bien se podría llamar Temucucui o Cañete, como ya se llama zona sur de Santiago y Quilicura y Vitacura también. Un lugar donde la ley no es reemplazada por la ausencia de ley sino que por otra ley más efectiva y más implacable: la del narco, un poder que sabe pagar a los que le sirven, y sabe cobrar a los que no».

La gracia de estas series, que se empezaron a filmar antes de que el buenismo arrasara con la verdadera bondad, es que no retroceden ni un segundo en mirar de frente a sus personajes. Nadie en Chile es capaz ni de esa frialdad, ni de esa compasión. Miramos nuestra descomposición social, innegable, visible, inevitable, como si le sucediera a otros. Da lo mismo que Chile sea o no plurinacional si, por encima de cualquier otra cultura, la del narco infiltra mapuches y camioneros, policías y ladrones. Da lo mismo darle poder a los territorios si ya lo hizo el narco, que no puede estar más feliz de que le den más poderes locales que corromper.

Dan lo mismo todas nuestras buenas intenciones, como Saul Goodman o Walter White hemos probado el placer de convencer a un pistolero que no nos mate porque lo vamos a hacer millonario. Pensamos engañar al mundo con nuestra astucia, somos ahora soldados mal pagados del narco. Después de eso sólo queda el delirio y, lo que es quizás lo mejor de la serie, la verdadera y definitiva soledad que nos espera a todo al final de la escapada.      

*Rafael Gumucio es escritor.

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