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Opinión

2 de junio de 2022

La dictadura de los buenos

La mitad de los horrores del mundo los causa la codicia. La otra mitad lo hace la bondad. En el COVID, como en la inmigración o el abuso sexual o laboral, la bondad con su perfecta incapacidad de reconocer que los seres humanos no pueden mejorarse de su condición humana, sólo ha prolongado los males que quiere arreglar.

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La mitad de los horrores del mundo los causa la codicia. La otra mitad lo hace la bondad. O más bien los destrozos que empieza la codicia, los termina de agravar la bondad. Lo mismo funciona al revés, como se puede ver con las drogas alucinógenas, nacidas de la inocencia máxima de querer abrir las puertas de la percepción para convertirse en un vil negocio que se ha llevado las mejores cabezas de varias generaciones. En cualquier rincón de África o de Haití fue la codicia la que le abrió el camino a las ONG, que lejos de mejorar la vida de los que viven en la miseria prolongan esta, llenándola de discursos y misiones perfectamente inservibles.

En el COVID, como en la inmigración o el abuso sexual o laboral, la bondad con su perfecta incapacidad de reconocer que los seres humanos no pueden mejorarse de su condición humana, sólo ha prolongado los males que quiere arreglar. Donde las ONG han impuesto leyes contra los discursos de odio y han llenado de palabras que no se pueden decir, sólo ha conseguido que la ultraderecha, defendiendo la libertad en que los buenos no saben creer, gane escaño y poder. Un impuesto verde a los combustibles fue el inicio de la revolución de los chalecos amarillos, cansado de limpiar con sus bolsillos la conciencia de los millonarios. La gente parece tonta, pero sabe que la igualdad sustantiva no es igualdad y que la discriminación positiva sigue siendo discriminación y que cualquiera que hable en nombre de los pobres o de los marginados está robándole lo único que les queda: la palabra.

Donde las ONG han impuestos leyes contra los discursos de odio y han llenado de palabras que no se pueden decir, sólo ha conseguido que la ultraderecha, defendiendo la libertad en que los buenos no saben creer, gane escaño y poder.

Bill Gate o Douglas Tompkins son la prueba viviente que la codicia y la bondad son reverso de la misma moneda. Porque en su universo, nacido del puritanismo calvinista, la riqueza y la bondad son muestra de la gracia divina que los eligió a ellos y sólo a ellos. No lo dicen, pero piensan que a los pobres no los quiere dios y que de alguna manera se han ganado su lugar en la escala de las cosas. En San Francisco, a los pies de las grandes corporaciones tecnológicas, hay homeless en proceso de descomposición que no alertan a los billonarios que llenan al mismo tiempo cheques para salvar selvas amazónicas y llevar computadores a Sudán del Norte.

La bondad es en los Estados Unidos, con la codicia, la religión oficial del país. Vietnam, Corea, Irak o Afganistán fueron guerras explicada a partir de la bondad. El Wokismo, a pesar de su rostro antisistema, es el brazo armado de éste. Al convertir a los pobres, es decir la mayoría, en víctima, se los inmoviliza e incapacita para tomar el poder. Se castra el poder de esa mayoría para convertirle en solo motivo de pena y rabia. El Wokismo es el certificado de sobrevivencia del neoliberalismo. Su manera de procesar las demandas sociales de un modo sentimental y nunca político.

La bondad es también un negocio. Fundaciones, ONG, universidades enteras están destinada a conceptualizarla e inventar metodologías para comprenderla mejor. Viven entre ellos de congreso en congreso, felices de inventar idiomas propios en que nadie puede interrumpirlos. Su intervención en la educación, con sus métodos participativos y su empeño en enseñarle a los alumnos lo que ya saben (rap, graffiti, etc) para no molestarlos con lo que no sabrán (Shakespeare o geometría) ha significado un retroceso medible en la capacidad intelectual de cada nuevas generaciones. Su adoración a la naturaleza y la vida sana ha sido uno de los causantes más visibles de la crisis ecológica (que las centrales nucleares y las ciudades densamente pobladas han ayudado a palear). Donde los buenos se meten hay filas de suicidios o de asesinatos en serie, cifras alarmantes de desigualdad cada vez más creciente y santos que consiguen votos que en su vida lograrían sin ser tan buenos.

Benito Baranda es en Chile el ejemplo de los extremos a todos los males que puede llevar la bondad. En la Convención decidió desde el primer día que éste sería un proceso sanador y maravilloso que Chile iba pidiendo en las plazas. Ni Rojas Vade, ni los desfiles pachamámicos, ni la tozudez de Atria y la vanidad de Bassa tuvieron efecto en él. Decidió donde estaba el bien y donde estaba el mal. No estaba solo, todo tipo de ONG y antropólogos y sociólogos en práctica llenaron el borrador de mayúsculas, de ésas que se usan en el mal inglés de las universidades anglosajonas de donde salió la mayor parte del argumentario con que los más iluminados de la Convención fueron destruyendo el ochenta por ciento de apoyo con que llegaron, para vivir ahora de la esperanza de que aquí a septiembre todos se olviden de sus caras y, pasando por alto sus ocurrencias, voten por todo lo que el proyecto de Constitución tiene de sensato (y antiguo).

Benito Baranda es en Chile el ejemplo de los extremos a todos los males que puede llevar la bondad. En la Convención decidió desde el primer día que éste sería un proceso sanador y maravilloso que Chile iba pidiendo en las plazas. Ni Rojas Vade, ni los desfiles pachamámicos, ni la tozudez de Atria y la vanidad de Bassa tuvieron efecto en él. Decidió donde estaba el bien y donde estaba el mal.

Pero no hay lugar en que codicia y bondad hayan demostrado su sagrada alianza como en la macro zona sur. No hay duda que la codicia está en el centro del conflicto, pero caben pocas dudas de la santificación culposa con que desde Santiago se trató a los Mapuches: no como un pueblo sino como una profecía. Esa mezcla de alabanza simbólica con el desprecio material ha creado un caldo de cultivo que ya no tiene mucho de racional y mucho menos de identitario. Violencia que tiene que ver con esa forma de reconocimiento folclorizante y esencialista que no reconoce en el mapuche un igual sino un pueblo vulnerado. Un pueblo de cristal que hay que no hay que tocar. No cabe duda que en el sur nada cambiará si siguen siendo los buenos los que se sienta a la mesa. Cuando sean los malos los que lo hagan, no cabe duda que el conflicto habrá terminado.

*Rafael Gumucio es escritor

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