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Entrevista Canalla

3 de junio de 2022

Chascas Valenzuela, escritor: «A la gente le importa más mi pelo que a mí»

Chascas Valenzuela frente a una gráfica canalla

Es el guionista del momento. La serie que escribió, ¿Quién mató a Sara?, resultó un fenómeno planetario. Acaba de finalizar y batió varios récords. Además recién publicó otro libro. Desde Estados Unidos el Chascas, entre otras cosas, habla de su decepción con Miami, del supremacismo blanco, de su éxito intercontinental, de su vida encerrado, de Chile, de la elite, de su hija y de su pelo.

Por

Aquí, ante ustedes, enmarcado en el Zoom, a todo rulo, imponiendo un estallido capilar en la pantalla del viejo Lenovo que utiliza la prensa, aparece desde Miami, Estados Unidos, el guionista más exitoso del mundo: «Hola, estoy bien», señala, modestamente, el Chascas, José Ignacio Valenzuela, 50 años, un despeinado mítico, la pluma nativa que hipnotizó a la Tierra con la serie de su autoría llamada «¿Quién mató a Sara?«, emitida por Netflix y que acaba de finalizar. ¿En qué está? “Escribiendo otra serie. Y también recién publiqué el libro Naufragios”, señala, activo. ¿Disfruta Miami? “De ninguna manera”, afirma con honestidad. «¿Miami no era el paraíso?» “Desde hace años Miami vive la debacle”, sentencia algo abrumado. Podemos captar, aún así, que es un chileno en la cima de la entretención, montado en el Estado de Florida, el guionista con números históricos, el papá de Leonora, el marido legal de Anthony Ortega, el autor que se hizo famoso sin salir del escritorio. 

-No sé si tanto -y rechaza los elogios.

-Usted es el hombre del momento.

-Mmm…

-Unió a la humanidad -exagera la prensa-, su serie fue vista en todo el mundo…

Y él, forzado a admitir, declara:

-Bueno, la serie terminó hace una semana… Y la serie no fue un éxito -apunta.

-Hemos recibido información de que la serie alcanzó la gloria -retrucamos.

-La serie no fue un éxito. La serie fue un fenómeno -aclara con transparencia, en su estilo frontal.

-¿Tiene cifras? -aterriza la prensa.

-Sí.

Entonces enumera:

¿Quién mató a Sara?, la serie internacional, tuvo tres temporadas, veinticinco capítulos, 260 millones de horas emitidas en el mundo. Fue número uno en cincuenta y dos países. Número uno en Estados Unidos. Número uno en Nigeria. En Luxemburgo. En Eslovaquia. En Qatar. Tuvo a toda la república Suiza en vilo. Generó una contundente conmoción en Pakistán, en Argentina, en Guatemala. Portadas en Portugal. Furor en Malta. Obnubiló a Eslovenia. Generó debates en Trinidad y Tobago. La serie terminó hace una semana y ese día fue un miércoles en que la humanidad terminó boquiabierta. 

La serie no fue un éxito. La serie fue un fenómeno.

-¿Y usted cómo toma este fenómeno?

-Te voy a decir la verdad: no he tenido tiempo para enterarme de este éxito.

-¿No cambió su vida?  

-No me importa. Es que yo estoy escribiendo otra serie y sigo entregando capítulos…

-¿No se puso feliz?

-Te voy a decir algo: mi vida no cambia si le va bien a una serie. Yo no me siento mejor.

-¿Cuándo se siente mejor?

-Cuando la serie cumple con mis expectativas como guionista. Cuando una serie logra personajes bien diseñados. Cuando la serie tuvo escenas bien armadas.

-¿Cuál es la fórmula? -interrumpe bruscamente la prensa.

Se sorprende.

-¿De qué?

-¿Cómo hace para escribir un hit mundial?

-¡No tengo idea!

-¿Es un secreto?

-¡Es que no tengo idea! ¡No tengo la menor idea lo que hace que una serie la vea el mundo entero y otra no la vea nadie! Yo sigo siendo el mismo guionista…

-¿No recuerda lo que hizo? ¿No se percató que fabricaba un producto de consumo planetario?

-No… – su cara refleja pavor- …no sé lo que hice…no me explico el fenómeno Sara…

-…debe haber una explicación…

-¡Es que no sé qué te puedo decir!  

Los recuerdos son vagos: Chascas Valenzuela simplemente un día se puso a escribir una venganza. No concebía, en ese minuto, estremecer a los habitantes de Malta, entre otros países. Sólo escribió que aquel tipo, Álex, culpado injustamente de asesinar a su hermana, Sara, iba a buscar a los asesinos. -…entonces- continúa- no tengo conciencia de los éxitos. Llevo treinta años viviendo de la escritura. Y no existe una fórmula. No existe una ecuación. El éxito es circunstancial. 

¡No tengo la menor idea lo que hace que una serie la vea el mundo entero y otra no la vea nadie! Yo sigo siendo el mismo guionista…

Él sólo escribe. Y, según los antecedentes que manejamos, se encierra a escribir durante todo el día e ignora qué ocurre en el Miami bronceado. Escribe así desde los 19 años, desde su debut con Amor a Domicilio. Ha escrito así a lo largo de catorce teleseries, ocho series internacionales, cinco películas y más de veinte libros.

Este reportero le preguntó una vez:

-¿Y usted va a la playa en Miami?

-Aunque vivo cerca de la playa, no sé dónde está la playa.

-¿No sabría cómo llegar a la playa? Es el centro del universo en Miami…

-No sé cómo se llega… 

-¿Usted patina en los alrededores de las playas o parques, una actividad muy clásica en Miami?

-Jamás he patinado.

En ese entonces el reportero supuso que José Ignacio, cobijado en un sillón, llevaba una vida escandinava en la mitad del trópico. Vivía como noruego en mitad de Miami. Encerrado, pulsando teclas, como si siempre estuviera en el invierno. Ya había vivido en Nueva York, en México, en Puerto Rico. Y, al parecer, nunca se percata de lo que ocurre fuera de su casa.

Y, justamente, ahora dice esto:

-Jamás salgo.

-¿No va a fiestas?

-Jamás voy a fiestas.

-¿No se rodea de gente del mundo de la entretención? ¿No hace contactos? 

-No. Soy pésimo para eso. Soy tan fome…

-Tengo entendido que es esencial ser simpático en las fiestas para obtener contratos…

-Ah, no, yo soy pésimo para eso. Soy el escritor menos escritor del mundo.

El otro día, reconoce, estuvo con Tom Cruise. O a centímetros de Tom Cruise (“¿Cómo es Tom Cruise de cerca?”/”Se veía bastante bien, fíjate”). Y, hace poco, la actriz y productora Reese Whiterspoon se acercó a su agente (“Sí, tengo agente”) para gestionar un almuerzo con José Ignacio.

-Me quería contar un proyecto. Pero le dije que no.

-¿Usted está hablando en serio?

-Sí. Dije que no. 

-¿Pero… Por qué?

-Es que estoy muy ocupado escribiendo…

Lo cierto, si es que hay que justificarlo, es que tiene un contrato con Netflix por tres años. No puede escuchar propuestas.

En fin.

Este señor, Chascas Valenzuela, por fuera, es un Mozart con las mechas disparadas. Un Mozart platinado, sin partidura.

Este señor, por dentro, es el Moya Grau de South Beach. El melodramático que se encierra a solas a inventar gente y que ignora que, desde el mar, una ola celeste, paradisiaca, ha explotado muy cerca de su balcón.

-Si no hay fórmula de éxito, ¿cuál es la meta de un guionista?

-Intentar adivinar lo que va a ser exitoso en treinta minutos más.

Le da una vuelta y añade:

-Y eso es más que suficiente.

Miami está nublada

-¿Y Miami? ¿Por qué ha declinado?

-Miami lleva seis años de angustia permanente.

Y su cara refleja angustia, como si de pronto no encajara en la ciudad.

-¿Qué pasa ahí? -pregunta, alarmado, el reportero.

-Florida es un territorio que ha retrocedido en materia de derechos para las minorías.

-¿De qué habla? Miami es una ciudad libre…

-No, amigo. Han empezado a imperar los supremacistas blancos.

El reportero mira confusamente a José Ignacio y considera que parece un alemán. Pero la metáfora apunta a aquel estadounidense conservador, aferrado al rifle y a la cerveza. El brote del loco.

-A tal punto -prosigue- que en Florida ya se aprobó la ley: “Don´t say gay”. 

(Es una ley que impide a los profesores hablar de orientaciones sexuales o cuestiones de género en las salas de clases. El profesor que lo haga puede ser llevado a tribunales. Es, a fin de cuentas, una mordaza.)

Y protesta:

-¡Ya no se puede decir “gay” en Miami!

Y explota:

-¡Ya no se puede hablar de familias diversas!

Y se enfurece:

-¡Y ahora quieren revertir el derecho al aborto!

El reportero lo mira fijamente, como si le palmoteara un hombro con los ojos.

-¿Qué hará, Chascas?

-Uf. El problema es que ya no me puedo ir de Estados Unidos…

-¿Por qué no? Usted puede escribir desde donde se le antoje…

Y entonces, desde otra habitación de su casa en Miami, explota el llanto de una niña de cuatro años de edad. Explota el llanto de esa niña que José Antonio y Anthony, el matrimonio, buscaron por años. El bendito llanto de Leonora, la hija, el ancla que lo sujeta a Estados Unidos.

-Ella va a empezar el colegio… Ella es estadounidense… No nos podemos ir…

-¿Cómo se viene la etapa colegial? ¿Se ha puesto nervioso?

-Mira, nosotros no nos hicimos padres por accidente. No se nos rompió el condón. O sea, no hemos dejado nada al azar. Seis años antes de que naciera ya habíamos pensado en el colegio. Hemos hecho la ruta del colegio a la casa unas setecientas veces.

Ríe. El reportero se suma e imagina esa rutina neurótica, al escritor calculando cada paso de la paternidad.

-¿Piensa tener más hijos?

-No. Fue suficiente con lo que tuvimos que enfrentar. Y es suficiente viendo cómo está este mundo.

Y otra vez llora la criatura, la anhelada niña. Y a José Ignacio se le desfigura la cara. 

-Chuta -dice, preocupado-, parece que es una pataleta…

El llanto de Leonora es, tal vez, lo único que lo devuelve inmediatamente a la Tierra. Abandona a todos sus personajes, todos sus textos, todas las fantasías. Y rápidamente baja a este planeta para ir a consolarla.

-¿Hay alguna frase que ella te diga siempre?

-Sí.

-¿Cuál?

-”Papá, tú no me entiendes”.

Y el papá suelta una carcajada.

Y ahí está la razón por la cual el Chascas Valenzuela quizás viva toda su vida en Estados Unidos.

Mira, nosotros no nos hicimos padres por accidente. No se nos rompió el condón.

Papi chilensis

Se junta a veces con nativos del imperio, norteamericanos sin el cuello rojo (Not Red Neck), y ellos le dan su opinión de Chile. Esto es lo que le dicen:

-Los chilenos se quejan por todo.

Claro, dice el Chascas, los chilenos salieron a las calles y exigieron cambios profundos. Vienen los cambios profundos y los chilenos ahora parecen  preocupados por la profundidad de los cambios.

Y el Chascas dice que no le gusta de Chile el poder de la elite. O que, al interior de los estamentos altos, se pregunte permanentemente:

  1. ¿Y en qué colegio estabas?
  2. ¿Dónde veraneas?
  3. Perdona, ¿cuál es tu segundo apellido?

Y, a la vez, lo que a Chascas le gusta de Chile es, justamente, que, como apunta, “el pueblo va tres pasos por delante de la elite”. Es un pueblo mucho más liberal que su elite. La elite es egoísta, opaca, envidiosa. “¿Pero usted no es de elite?”, pregunta la prensa, puesto que el Chascas se educó en la Alianza Francesa, en Avenida Luis Pasteur, a pasos del Club de Polo. “Sí, pero yo fui una oveja negra”, admite con convicción. 

-¿Qué titular de prensa sobre Chile le gustaría leer en el New York Times?

-”Chile se convierte en un país justo”.

-¿Qué titular de prensa sobre Estados Unidos le gustaría leer en el New York Times?

-”El supremacismo blanco es ilegal”.

Entonces, con angustia, remece la melena, el conjunto de rulos estalla. 

-Disculpe -dice oportunamente el reportero-, ¿por qué no se ha querido cortar el pelo? 

-No, no sé…

-¿Siente que es como un Sansón creativo? ¿Si se corta el pelo podría perder inspiración?

-Mira, a la gente le importa más mi pelo que a mí. No me corto el pelo porque tendría que ir a una peluquería.

-¿Qué hace entonces?

-Yo mismo me lo corto… ¿Sabes lo que pasa? El apodo que tengo no me lo puse yo. De alguna forma me condenaron a una vida de Chascas…Y tengo la teoría que no me vería bien con el pelo corto. Soy muy narigón. Qué sé yo. No pienso tanto en eso…

Prefiere pensar en su nueva serie o en su último libro, Naufragios, inspirado en Tres Novelitas Burguesas de José Donoso. Es, de cierta forma, un periplo por diversas islas, como a él mismo le ocurrió. 

-¿Cuál es la diferencia entre escribir un guion y escribir literatura?

-Uf.

Y suelta una frase filosófica:

-Escribir literatura es empelotarse en la Alameda a las siete de la tarde…

Y luego, volviendo a ser un guionista, dice que Boric sería un gran personaje. Izkia Siches sería otro gran personaje. Kast sería otro personaje. Chile sería una gran serie. Y…

A la gente le importa más mi pelo que a mí. No me corto el pelo porque tendría que ir a una peluquería.

De pronto se escucha el llanto.

Pone cara de pánico.

-Ahora sí me tengo que ir… Sí, es una pataleta -y, el Chascas, poniendo los pies en el suelo, corta el computador. Y resulta evidente que ya se ha convertido en papá.

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