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Opinión

3 de Junio de 2022

No ficción (o por qué necesitamos historias reales para vivir)

La imagen muestra a Montserrat Martorell frente a tres libros de no ficción

La no ficción es precisamente eso. Un género literario que nos domina, que nos hace bailar con los ojos cerrados, que describe, que narra, que construye a partir de lo verosímil. Miro mi biblioteca. No sé cuántos libros tengo. Saco tres. Apúntalos: “El invencible verano de Liliana” de Cristina Rivera Garza, “Huaco retrato” de Gabriela Wiener y “Correr el tupido velo” de Pilar Donoso.

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Siempre quise ser escritora. Tenía cinco años y pasaba parte de mi día garabateando imágenes, fragmentos, versos que tenían poca coherencia, pero que me permitían, de alguna manera, perderme en ese universo que no he soltado jamás, el de las palabras. La escritura estaba ahí, como una daga, como un señuelo, como una marca, incluso antes de tener una noción más acabada respecto a lo que significaba. Pulsiones, pasiones, deseos, ¿qué más habita en nuestra alma? ¿Habrá alguna que no esté llena de adjetivos, de sustantivos, de verbos y puntos y comas y pausas? Difícil. Somos esferas impregnadas por otros.

Como fuera, tenía 17 años y lo más razonable era ser periodista. Me parecía que era la profesión que se acomodaba a eso que yo quería, que yo necesitaba. No voy a negar que derecho me cerraba un ojo. No voy a negar que literatura me tomaba por la espalda, por las caderas, por las manos, pero decidí hacerle caso a la marea, a esas aguas que suben y que bajan, que no se aquietan con nada y que nos vienen a confirmar que a veces hay solo una manera de amar las cosas importantes: yendo detrás de ellas. Para mí el periodismo eran las palabras. Y las usaba y las mordía y las reordenaba cuando terminaba una relación, cuando me sentía defraudada, cuando estaba triste, rota, quebrada. Las palabras, y sabrán quienes las aman como yo, me salvaron de todo y me amordazaron y me molieron el corazón y me obligaron a encontrar las letras, los enigmas, las intrigas, los procesos y los derrumbes naturales y los derrumbes emocionales y los derrumbes internos y los derrumbes íntimos y los derrumbes que no son un derrumbe, que son un delirio.

La literatura y el periodismo son caminos paralelos y seguro que tú, lector, lectora, está pensando en esos textos donde ambos se conjugan, donde ambos sacan lo mejor que tienen y configuran retazos atemporales que tienen la extraña cualidad de calmarte los demonios. La no ficción es precisamente eso. Un género literario que nos domina, que nos hace bailar con los ojos cerrados, que describe, que narra, que construye a partir de lo verosímil. Miro mi biblioteca. No sé cuántos libros tengo. Saco tres.

Apúntalos: “El invencible verano de Liliana” de Cristina Rivera Garza, “Huaco retrato” de Gabriela Wiener y “Correr el tupido velo” de Pilar Donoso. Mexicana, peruana y chilena. Dos vivas y una muerta. Tres mujeres que hacen de sus vidas un lugar para asomarse, para asomarnos. Y ojo. Incomoda. Sus territorios, que también pueden ser los nuestros, son íntimos, tenebrosos, terribles, crueles, contradictorios. ¿Tienen luz? Mucha luz. ¿Y por qué te remueven tanto? Porque de sus tragedias personales emerge el contacto con nuestras propias paredes. Acá está la muerte, acá está el duelo por el padre, acá están las heridas infectadas, las costras que nos quedaron de la niñez y el feminicidio que no tuvo castigo y la vida que sigue, que siguió, porque mientras estamos abajo las campanas siguen sonando.

Las palabras, y sabrán quienes las aman como yo, me salvaron de todo y me amordazaron y me molieron el corazón y me obligaron a encontrar las letras, los enigmas, las intrigas, los procesos y los derrumbes naturales y los derrumbes emocionales y los derrumbes internos y los derrumbes íntimos y los derrumbes que no son un derrumbe, que son un delirio.

Cito a Rivera Garza:

“¿Se puede ser feliz mientras se vive en duelo? La pregunta, que no es nueva, surge una y otra vez durante esa eternidad que es el quebranto. Se habla mucho de la culpa, pero no lo suficiente de la vergüenza. La culpa del sobreviviente puede atraer una sospecha acaso saludable, un titubeo incluso razonable, acerca del placer, del gusto, de la compañía. La vergüenza es una puerta cerrada a piedra y lodo. Pocas actividades requieren más energía, tanta atención al más mínimo detalle, como odiarse a sí mismo. Es una tarea milimétrica. Agotadora. De tiempo completo. Durante los primeros años de su ausencia, cuando los años se fueron acumulando uno sobre el otro y todavía era imposible siquiera pronunciar su nombre, fue fundamental prohibirse cualquier actividad que pudiera interrumpir la danza de la vergüenza y el dolor”.

Y esa vergüenza y ese dolor es el que imprime Cristina Rivera Garza en su libro y es el que registra que el 16 de julio de 1990, a los 20 años, su hermana fue asesinada por su novio de la juventud. Y cita a Albert Camus y recoge las voces de una época invisible y nos muestra que sí, que el tiempo es circular, y que ese tiempo encierra, páginas más allá, páginas más acá, también a una Gabriela Wiener que se debate entre los monstruos de su tatarabuelo Charles y sus heridas familiares que tienen la inicial del padre que ya no está. Y los celos y la agonía y la culpa y el racismo y la intimidad y la ternura y los secretos y el encuentro porque hay encuentros cuando la soledad se expande, porque hay encuentros cuando lo brutal se toma el destino que esquivamos:

“No sé cómo voy a contarles esto pero lo haré. Se me acaba el tiempo para viajar de la muerte a la vida. Así como llegué demasiado tarde, un día desaparecí. Ser migrante también es vivir una doble vida. Es vivir con un parche en el ojo. Es suspender una de ellas para ser funcional en la otra. Superar el duelo, eso es lo que toca, tomar un avión e irme del duelo. Para afrontar otro duelo y encadenar esta pena al desconcierto”.

Somos la hermana muerta y somos el padre muerto y somos el escritor muerto que dejó escritos todos sus secretos.

Acá está la muerte, acá está el duelo por el padre, acá están las heridas infectadas, las costras que nos quedaron de la niñez y el feminicidio que no tuvo castigo y la vida que sigue, que siguió, porque mientras estamos abajo las campanas siguen sonando.

Cito a Pilar Donoso, hija de ese hombre que fue Coronación y El lugar sin límites y El obsceno pájaro de la noche y Casa de campo y El jardín de al lado y Donde van a morir los elefantes y tantos más y tantos más:

“Una vez este padre tan presente me dijo:

—Uno logra ser uno mismo cuando los padres se mueren.

Qué mentira. No ha sido así en mi caso; ahora he tenido que hacerme cargo de su vida mucho más que cuando vivía.

No puedo liberarme de su cadena opresora. ¿Seré yo también un personaje de sus novelas? La ficción y la realidad vuelven a mezclarse, como cuando era una niña y pude creerle, por mucho tiempo, que los yogures colgaban de los árboles y que había unos con sabor a frutilla y otros a durazno; o que, al hablar de una persona cualquiera, yo podía llegar a creer que era una tía muy lejana que venía a visitarnos; o bien que un personaje de una de sus novelas era un amigo de su infancia.

En mi casa era imposible diferenciar esa línea tenue entre la ficción y la realidad, y aún ahora me cuesta distinguirla. Al leer sus diarios no puedo sino confirmar que él, más allá de su arte como novelista, tenía una seria disfunción respecto de la realidad.

Leo y releo y reconozco tantas cosas… me río, lloro, me enrabio, perdono, vuelvo a llorar; me decepciono, lo enaltezco y nuevamente lo perdono porque lo quise inmensamente”.

Pilar Donoso se suicidó a los 44 años. Ya en la primera página de “Correr el tupido velo” anticipaba su dolor: “escribir este libro tuvo grandes consecuencias para mí, pérdidas irreparables y, seguramente, habrá más”.

Leo y releo y pienso en Alfonsina Storni, en Sylvia Plath, en Virginia Woolf, en Alejandra Pizarnik, en Violeta Parra y Ernest Hemingway y Horacio Quiroga y y Stefan Zweig y Emilio Salgari y Carlos de Rokha y Pablo de Rokha y esa carta, esa Carta perdida, que sentencia la despedida final: “Adiós, Carlos de Rokha, hasta la hora en que no nos volvamos a encontrar jamás, en todos los siglos de los siglos, aunque sean vecinos de vestiglos, los átomos desesperados que nos hicieron hombres”.

Quizás por eso leemos literatura, quizás por eso necesitamos la no ficción: para sobrevivir a los paréntesis inocentes, a los paréntesis eternos, a los paréntesis cerrados, a los paréntesis musgosos, a los paréntesis que no vamos a entender nunca, que no vamos a querer nunca, que no vamos a dejar nunca.

*Montserrat Martorell es periodista y escritora, Máster en Escritura Creativa y Candidata a Doctora en Literatura Hispanoamericana. Es académica del Departamento de Periodismo de la UAH y hace talleres literarios. Autora de las novelas “La última ceniza”, “Antes del después” y “Empezar a olvidarte”. Actualmente escribe su cuarto libro.

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