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29 de junio de 2022

Andrés Rivera, activista y consultor: «En Chile seguimos existiendo personas trans de primera, segunda y tercera categoría»

Andrés Rivera

Fue uno de los primeros en alzar la voz hace casi 20 años. Educadora de párvulo de profesión, a los 38 colgó el delantal y volcó su nueva vida como Andrés a la defensa y visibilización de los derechos de personas trans. En 2005 fundó la Organización de Transexuales por la Dignidad de la Diversidad, impulsó cambios en los protocolos del Servicio Médico Legal, el Poder Judicial y el primer proyecto de la Ley de Identidad de Género. Tras una larga batalla judicial, en 2007 se convirtió en el primer hombre trans en Chile en cambiar legalmente su nombre y sexo registral sin necesidad de someterse a una cirugía de reasignación sexual. Hoy capacita a futuros jueces y profesores. “El borrador de la nueva Constitución es una base sólida sobre la cual se podría avanzar en el reconocimiento de nuestros derechos fundamentales”, asegura.

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Le ofrecieron distorsionar su voz y no quiso. Prefirió aparecer con el rostro completamente cubierto, pero cualquier intento por resguardar su identidad fue inútil. Todos la reconocieron y su celular y el teléfono fijo no dejaron de sonar. A mediados de 2003, Canal 13 emitió un capítulo del programa Contacto dedicado por primera vez a las personas trans en Chile. Uno de los testimonios principales del reportaje era el suyo, pero nadie en su familia ni en su entorno, salvo tres amigas cercanas, sabía hasta ese momento que María Georgina de Los Ángeles Rivera Duarte, la tía Geo, como era conocida en Rancagua la educadora de párvulos de 38 años, estaba viviendo una nueva y discreta vida como Andrés. 

“La noticia cayó como una bomba atómica en menos de cinco minutos”, recuerda ahora Andrés Rivera (1964) a casi dos décadas de aquel episodio. 

“Todos supieron que yo era trans cuando salí en ese programa de televisión. Y quedó la embarrada al tiro. El reportaje recién había empezado y ya todos me estaban llamando por teléfono. Me habían ofrecido cambiarme la voz y dije que no. Siempre he sentido que cuando lo hacen es como si esas personas hablaran desde la ultratumba y ese no era el mensaje que quería transmitir. Ahí se optó entonces por grabarme sin que se viera mi rostro. Ya se veía como algo oculto ser trans y yo quería que todo fuese lo más humano posible. Era justamente de esa manera como nunca se nos había visto”, agrega.

“Han pasado casi 20 años desde que inicié mi transición a los 38. Ahora tengo 58 y cuando los cumplí en enero pasado dije guau, nunca pensé que lo iba a hacer ni que iba a recorrer todo lo que he recorrido hasta ahora. Pero soy súper honesto y claro en reconocer que no tuve en ese entonces ni la sutileza ni las habilidades familiares ni sociales como para preparar a mi entorno, sobre todo a mi familia, pero yo necesitaba decirlo. Yo necesitaba contar lo que estaba viviendo”.

Andrés Rivera nació en 1964 en Marchigüe, en la costa camino a Pichilemu, en la VI Región. Fue la única hija entre varios hermanos y creció en el seno de una familia católica y acostumbrada a las mudanzas por el trabajo de su padre, quien fue empleado público. Sus recuerdos más felices de infancia los tuvo en San Vicente de Tagua Tagua, cuenta ahora, donde vivió rodeado de árboles frutales y huertas que crecían en el patio de su casa. Con 18 años partió a Curicó a estudiar Educación Parvularia en la Universidad Católica del Maule y trabajó durante diez años como profesora de un jardín infantil en la comuna de Coltauco.

«Todos supieron que yo era trans cuando salí en ese programa de televisión. Y quedó la embarrada al tiro. El reportaje recién había empezado y ya todos me estaban llamando por teléfono».

“Yo era la tía Geo y hasta hoy muchos estudiantes me contactan. Para ellos ahora soy el tío Andrés y aún visito a familias y a mucha gente que me quiere por allá”, comenta. 

“Yo siempre me sentí Andrés. No fue un nombre que haya elegido. Estuvo siempre en mi alma. A los cuatro años de edad yo dije que me llamaba Andrés; jugábamos al papá y a la mamá y yo no quería seguir siendo siempre la mamá, así que fui el papá y me bauticé con ese nombre. Nadie más en mi familia se llamaba así hasta ese momento. Fueron pasando los años y me seguí mirando y viviendo como Andrés todo el tiempo. Socialmente yo seguía siendo María Georgina, la tía Geo, pero en privado, en la intimidad de mi casa, cada vez que me vestía en masculino yo era Andrés. Este soy y este he sido siempre”.

La transición de Andrés. Archivo personal

-Algunas personas trans no hablan de su identidad anterior o la ven y se refieren a ellas como un deadname, un nombre muerto. ¿Cómo lo es para ti?

Yo soy Andrés y soy María Georgina. No podría borrarla, ella está en mí. Fueron años preciosos como María Georgia. Tuve una infancia súper linda, rodeada de amor, no puedo matarla porque me he construido de María Georgina a Andrés, y de Andrés a María Georgina, hasta el día de hoy. Me construyo mirándome continuamente. La Geo era una persona súper pesada, antipática, poco sociable, triste. Nunca fue buena para emparejarse y le costaba conocer gente. Yo me reconocí primero como lesbiana y ya ser lesbiana en esa época, 20 años atrás, era un pecado por el que podían crucificarte en la plaza pública. Nunca me atreví mucho y tuve algunas relaciones bastante escondidas. Relaciones que además me costaba entender porque yo no me sentía lesbiana pero tampoco lograba comprender todo lo que había en mí. María Georgina nunca pudo ser realmente en las pocas relaciones que tuvo. Andrés, en cambio, sí. Hoy siento muchísimo ese nuevo equilibrio en mi vida.  

-Iniciaste tu transición en los primeros años 2000, cuando había mucha menos información al respecto. ¿Cómo te acercaste a esa realidad aquí en Chile?

-Una amiga averiguó que en el Hospital Van Buren de Valparaíso hacían operaciones de reasignación genital. Me dijo: escuché que en ese hospital atienden a personas trans, ¿tú cachai algo de eso? Yo no tenía idea de lo que me estaba hablando. Ella tenía una psicóloga que atendía en Rancagua, donde yo vivía, me recomendó ir a verla y empecé a tomar terapia con ella. Me dio un pánico inmenso y me costó soltarme. Durante las sesiones, la psicóloga llevó una revista en inglés con un reportaje sobre una mujer trans y su proceso. Apenas empecé a leerlo, comencé a verme y a sentirme reflejado en ese testimonio. Todo lo que esa chica contaba, sentía y percibía de sí misma y de su cuerpo, era lo mismo que me pasaba a mí. “Soy un hombre trans”, me dije. Fue la primera vez que lo vi así. ¿Y ahora, qué me dice?, me preguntó la psicóloga después de leerlo. Le dije: yo soy trans, aquí está la respuesta a lo que yo buscaba. Tenía 30 años, pero no di el siguiente paso hasta los 38. 

-¿Cómo siguió tu vida durante esos ocho años hasta que partiste tu proceso?

-Me guardé todo lo que me estaba pasando. Me lo guardé y seguí trabajando y llevando la vida que tenía, hasta que mi padre se enfermó de cáncer. Yo era su niña, teníamos una relación muy cercana y yo quise estar ahí con él hasta que falleció, en febrero de 2002. En abril de ese mismo año empecé mi proceso. Todo coincidió. Meses después, cuando aparecí en el programa, yo estaba viviendo mi transición más encerrado, no social. Ya me había hecho la mastectomía y aún no empezaba mi proceso hormonal. Estaba recién empezando y me había aislado un poco de todo. Compartí solo con tres personas toda esa parte del proceso. Una de ellas fue mi esposa posteriormente. Estuvimos juntos durante 14 años. Hoy es mi ex esposa y una de las personas más importantes de mi vida. La familia que uno elige. 

Yo soy Andrés y soy María Georgina. No podría borrarla, ella está en mí. Fueron años preciosos como María Georgia.

-Después de que tu historia salió en televisión, ¿te peleaste con tu familia o algo se quebró ahí?

-No me peleé, pero sí, algo se quebró. 

-¿Ya estabas en pareja en ese momento?

-No, después lo estuve. Conocí, como te decía, a quien fue mi esposa y ella me acompañó en todo momento. Ella me conoció como María Georgina y siempre le llamó la atención cómo me comportaba con ella: por qué le abría el auto para que ella se subiera, por qué le corría la silla, por qué tan caballeroso todo. Ella cuenta hasta ahora que siempre le llamó la atención que esta amiga hiciera cosas por ella. Y se le empezaron a cruzar los cables. Muchas cosas de mí le hicieron ruido hasta que un día le dije que mi nombre era Andrés y que soy una persona transexual.

«No hubo rollo ni cuestionamientos de parte de ella. Íbamos al médico, llamaban a María Georgina y ella se ponía de pie y hacía como que yo la acompañaba a ella. Siempre me cuidó y protegió. Prefería anteponerse ella y no exponerme a mí. Desafió además a su familia al tener una relación conmigo. Ella venía de un divorcio con dos hijos pequeños, que hoy día ya están grandes y son mis hijos. Me dicen papá. Los amores persisten; uno se separa de la pareja y hay más ausencias, es cierto, y a veces uno actúa de forma egoísta porque necesitas espacio para recuperarte de un divorcio. Te olvidas, sin embargo, que también esos hijos necesitan de ti. Ellos siempre han estado muy presentes en mi vida, y hasta hoy lo están, en el amor y la comunicación que tenemos. Yo soy su papá 24/7». 

ACTIVISTA A LA FUERZA

En 2005, tres años después de haber iniciado su proceso de transición, Andrés Rivera fundó en Rancagua la Organización de Transexuales por la Dignidad de la Diversidad (OTD) con el objetivo de promover y defender los derechos de las personas trans en el país. A fines de 2007 y tras una larga batalla judicial, logró cambiar legalmente su nombre y sexo registral de femenino a masculino sin necesidad de someterse a una cirugía de reasignación genital. Fue el primer hombre trans en Chile en conseguirlo. 

“Hoy tengo un espacio sanado con la justicia”, comenta en un café en el centro de Santiago, muy cerca de donde vive y a unos cuantos pasos del Palacio de Tribunales de Justicia

Durante el proceso, y sin buscarlo mucho, reconoce, terminó volcando por entero su vida al activismo como una forma de canalizar toda la rabia y todo el odio que sintió al ser discriminado y víctima de las viejas prácticas y vicios del sistema. Muchas de las luchas que ha empujado han sido en respuesta a las injusticias que a él le ha tocado enfrentar en su transición, dice Rivera a The Clinic.

Te olvidas, sin embargo, que también esos hijos necesitan de ti. Ellos siempre han estado muy presentes en mi vida, y hasta hoy lo están, en el amor y la comunicación que tenemos. Yo soy su papá 24/7

En su rol como director de OTD, Andrés Rivera impulsó cambios en los protocolos de atención a personas trans -transexuales, transgéneras, travestis e intersexuales- de diversos organismos públicos, como el Servicio Médico Legal y el Poder Judicial. También una serie modificaciones legales contra la discriminación impensables para el Chile de la época, y respaldadas en conjunto por otras organizaciones pro derechos trans como Fundación Selena, Todo Mejora y Organizando Trans Diversidades (OTD Chile). Fue además uno de los consultores en la redacción del primer borrador de la Ley de Identidad de Género que encabezó la abogada Ximena Gauché, y que luego fue discutido y aprobado con variaciones en el Congreso, a fines de 2018. 

“Empezamos a visibilizar, educar y a sensibilizar desde Rancagua la realidad trans en programas de televisión y en entrevistas radiales. Los medios de comunicación han sido tremendamente discriminadores y vulneradores de nuestros derechos. Durante años ridiculizaron la transexualidad y nosotros tuvimos que hacer un trabajo súper meticuloso de informar y sensibilizar desde periodistas a distintas esferas y grupos de la sociedad civil”, comenta Andrés. 

Rivera ha sido destacado con los premios Felipe do Souza, otorgado por la International Gay and Lesbian Human Rights Commission (IGLHRC) en reconocimiento a su labor como activista en 2007, e invitado cinco años después a exponer ante la asamblea mundial de defensores por FrontLine Defenders como líder destacado. Actualmente, Andrés trabaja como consultor internacional en el ámbito de los derechos humanos de la diversidades y disidencias sexuales, y da clases y capacita a futuros jueces, abogados y docentes como profesor de cátedra de las universidades Diego Portales y Central. 

“Durante el proceso judicial para cambiar mi nombre legalmente, fui enviado al Servicio Médico Legal. Había un protocolo espantoso en esa época y además me tocó un médico descriteriado que no solo lo aplicó sino que fue mucho más allá. Sacó fotografías a mi genitalidad, a mi cuerpo desnudo, hizo revisiones anales y genitales. Fue horrible”, recuerda. 

“Tiempo después fui invitado a un acto del 10 de diciembre, para la Conmemoración del Día de los Derechos Humanos, y en ese acto estaba Patricio Bustos, un ser humano maravilloso que lamentablemente ya falleció y quien era director del SML en ese entonces. Me acerqué a él y le conté lo que me había hecho ese médico. Él lo único que hizo fue mirarme con sus ojos llenos de lágrimas, me abrazó y me dijo: por favor, perdónanos. Yo valoré muchísimo su gesto, pero le dije que no había mejor forma de perdonar que cambiando el protocolo. Trabajamos y tiempo después se cambió el protocolo. Hoy en día hay uno mucho más digno que casi ya no se aplica, porque existe la Ley de Identidad de Género, pero recordemos que los niños menores de 14 años no están considerados en esa ley y entonces aún se sigue ocupando la ley anterior. Es bueno que exista ese protocolo de mayor respeto”. 

-¿En qué varió exactamente ese protocolo?

-El protocolo anterior decía que en el SML podían ponerte de rodillas, como perrito, para revisarte el ano y ver si tenías hemorroides, por ejemplo. Uno se preguntaba qué relación tenían los hemorroides con tu identidad de género. También te podían sacar fotos desnudo y tenías que demostrar que eras una persona trans. La identidad no pasa por un tema físico y eso es lo que muchos no entienden aún. Yo decido en mi espacio corporal qué es lo que hago con mi cuerpo y qué es lo que no hago, pero eso no condiciona ni tiene que ver con mi identidad de género. Hoy el protocolo se basa precisamente en la identidad y ya no te toman fotos ni te hacen desnudarte ni nada. Tampoco hay tocación, como sucedía antes. Incluso aplicaban el test de Rorschach para saber si eras trans. Todo eso ha cambiado. Cuando miro para atrás me doy cuenta que tuve que exponerme y ser mi propia punta de lanza para sembrar una posibilidad de cambio. Hubo muchas cosas que viví en mi proceso legal que después las fui reclamando y denunciando para que nadie más las viviera. 

-Te fuiste convirtiendo en activista… 

-Sí, pero nunca busqué ni pensé que iba a convertirme en activista y que iba a luchar por estos derechos. Yo soy activista producto del odio, la rabia y la indignación que sentí por lo que me habían hecho y todas las cosas espantosas que tuve que vivir. Logré canalizarlas desde ese otro lugar. Empecé a preguntarme cosas como: ¿por qué me tiene que estar pasando a mí esto? Y luego: esto no le tiene que pasar a nadie nunca más. Desde ahí nació Andrés activista. En ningún caso hubo un plan sino una acción-reacción: me atacaron, me hirieron y yo respondí. Alguien tenía que vivirlo para darnos cuenta de cuán discriminadores y cuán sesgados eran, por ejemplo, en el Poder Judicial y el SML. Hoy en día yo hago clases a futuros jueces y juezas y eso me ha ayudado a reconciliarme con la justicia ahora grande. Con los años se ha sumado también otra gente y nuevas generaciones que han traído fallos con perspectiva de género. Ellos han evolucionado y yo ahora tengo un espacio sanado con la justicia. 

“Durante el proceso judicial para cambiar mi nombre legalmente, fui enviado al Servicio Médico Legal. Había un protocolo espantoso en esa época y además me tocó un médico descriteriado que no solo lo aplicó sino que fue mucho más allá. Sacó fotografías a mi genitalidad, a mi cuerpo desnudo, hizo revisiones anales y genitales. Fue horrible”, recuerda. 

-La diputada Emilia Schneider presentó semanas atrás un proyecto para modificar la actual Ley de Identidad de Género que incluya a la niñez trans. ¿Qué te parece a ti hoy esa ley?, para la que además trabajaste. 

-Voy a decir lo que siempre me ha parecido la ley. El proyecto original de la ley que impulsó Ximena Gauché siempre consideró a los niños, niñas y adolescentes trans, pero durante la tramitación de la ley y en los acuerdos políticos sacaron la niñez. Yo no celebré el día en que se aprobó la ley. Tiene que ver con mi concepción de la vida: yo no puedo celebrar migajas. Cuando personas trans quedan fuera del reconocimiento legal y te alegras porque hay un grupo que sí lo está, estás haciendo segregaciones dentro de la misma población trans. No puede ser que de 14 años hacia arriba las personas trans puedan tener reconocimiento legal de su identidad de género y que de 14 años hacia abajo no puedan tenerlo. La niñez y adolescencia es la población que está en mayor riesgo de vulnerabilidad, de ideación suicida y autoflagelación, y aun así es la que quedó fuera de esa ley. Por ese motivo, no puedo celebrarla hasta el día de hoy. Yo espero que un día esta ley realmente dé respuesta humana  y digna a todas las personas trans y no solo a algunas. 

-Ha habido también rápidos avances en la tramitación de la Ley José Matías en el Congreso. ¿Cuán urgente es esta ley y cómo crees que puede ayudar a destrabar la violencia que aún existe hacia la comunidad trans en Chile?

-Esta ley nos da respuesta en relación a la convivencia escolar, a la capacitación que deben tener los encargados y encargadas de la convivencia escolar. Empieza a mostrar una mirada y una postura respecto al bullying y cómo la discriminación y la vulneración de derechos sí pueden afectar psicológicamente. Yo creo que así como en Chile existe una ley contra la incitación al odio, yo creo que debería haber una contra la incitación al suicidio. Hay gente que debe ser castigada penalmente por el daño que hace, y el daño que recibió José Matías fue espantoso. La encargada del liceo de José Matías en una de sus declaraciones dijo que lo que le había pasado a este chico fue por la “anormalidad de su sexualidad”. O sea, ¿de qué brutalidad estamos hablando? Este es el nivel de humillación y denigración de un ser humano.

«Y es la encargada de convivencia escolar, ¿te puedes imaginar qué es lo que hace con los niños y niñas en el colegio? Deberían quitarle el título. Lo que hará esta ley será perseguir las culpas, las humillaciones, las enajenaciones y discriminaciones de parte de adultos y adultas, docentes o encargados de convivencia escolar, hacia personas trans. Apunta hacia una mejor convivencia escolar, a visibilizar la Circular 812 -del Mineduc, que permite que estudiantes trans sean llamados por su nombre social-,  y a promover el respeto y la dignidad. Me parece que puede brindar seguridad a las familias pero también a la niñez trans, y eso es lo que se está buscando: que los niños y niñas vivan, y que no se suiciden. Yo le pedí disculpas a Marcela, la madre de José Matías, por haber llegado tarde. Ni quienes trabajamos en temas de derechos humanos ni la sociedad fueron capaces de llegar a tiempo. Y qué lamentable que estemos discutiendo un proyecto de ley en base a un chico que se haya suicidado. Deberíamos discutirlo sin el cuerpo ni la vida de alguien».

-¿Cómo abraza la nueva Constitución a la población trans?

-Hay ene análisis y reflexiones frente a eso. Yo creo que desde el minuto en que se reconoce la diversidad sexual y las disidencias, ya nos están abrazando. Ahora, en nuestro abanico de la diversidad sexual se percibe que van quedando algunas realidades e identidades fuera de la nueva Constitución. Pero yo quiero mirar el vaso medio lleno: nunca habíamos estado presentes ni siquiera en el lenguaje. Tampoco hemos estado presentes en el reconocimiento de nuestras existencias como seres humanos y ya no como aberraciones ni como antinaturales. Yo me leí todo el borrador y fui marcando cada artículo en los que además aparecemos, y desde ese punto de vista me parece que el borrador de la nueva Constitución es una base sólida sobre la cual se podría avanzar en el reconocimiento de nuestros derechos fundamentales.

-¿Qué echaste de menos en el borrador?

-La salud trans, por ejemplo, debería estar explicitada con puntos y comas. Lo que no se dice no existe, y si bien hoy tenemos un gobierno que se ha declarado feminista y cobijador y respetuoso de la identidad de las diversidades y disidencias sexuales, con un presidente que nos saluda directamente en sus discursos, no sabemos a quién vamos a tener en cuatro años más. Y si llegamos a tener a un presidente o una presidenta de otra línea, tampoco sabemos cuál interpretación van a dar a la nueva Constitución. Entonces, a mí me hubiese gustado que quedara más explicitada la salud trans, cosa que no permita que nadie interprete a su antojo lo que para nosotros es fundamental. 

-¿Qué sigue siendo lo más complejo de ser una persona trans en Chile?

-Para mí lo más complejo es que en Chile seguimos existiendo personas trans de primera, segunda y tercera categoría. Y otras y otros que ni existen. La falta de oportunidades que hay sigue siendo tan brutal como los discursos de odio y las micro y macro violencias que siguen mermando y dejando un mensaje en la sociedad de lo que somos las personas diversas. Me preocupa mucho el tema de la salud, como te decía. Hay muchas personas, sobre todo adultas mayores, que hoy en día están en desmedro de su salud y con daños súper importantes. Y me incluyo.

«Me preocupa mucho que algunos tengan que hacer una rifa para ayudar a personas trans que necesitan remedios, o comer. Muchos y muchas tuvieron que trabajar solamente en el comercio sexual para subsistir y hoy en día ese cuerpo ya está desgastado y no es atractivo y se le desecha en el mercado. Nadie se está encargando tampoco de ellos y ellas. Me preocupa que existan programas de salud que no son reconocidos como tal sino que nacieron de la voluntad de médicos, médicas y especialistas y que no tienen asignados presupuestos ni para las horas ni para las canastas médicas. La comunidad trans sigue funcionando y sobreviviendo a través de las voluntades de los demás, cuando deberían existir hace mucho lineamientos y políticas públicas concretas para nosotros y nosotras. Hoy tenemos en Chile una diputada trans, la primera en nuestra historia, pero aún faltan personas trans en cargos públicos y en todo orden de cosas». 

-Los problemas de salud que mencionas, ¿son por consecuencia del proceso hormonal y el uso de testosterona?

-Lamentablemente, sí. El “abuso” medicado de la testosterona produjo una serie de consecuencias colaterales en mi organismo. Cuando empecé el tratamiento hormonal, acá en Chile existía la Enantato Testosterona, que no era la mejor, muy por el contrario. Se inyectaba cada 15 días y era muy incómoda e invasiva. Con los años, y producto del consumo sostenido de este tipo de hormona, desarrollé una ​​policitemia vera y una trombofilia. He tenido trombosis en mi ojo izquierdo y en mi ojo derecho, y un aneurisma en las arterias principales hace dos años.

«Ayer tuve mi último control y me encontraron súper bien. Soy el milagro trans, eso me han dicho los médicos. Funciono solo con una sola arteria y hago mil cosas, pero eso significa que me cuido mucho y que tengo una vida sana. Ya no fumo, alcohol tarde, mal y nunca, hago ejercicio y salgo a caminar. Como te decía, uno fue punta de lanza en muchas cosas, y eso incluye, en mi caso, el tratamiento hormonal. Hoy en día se ocupa la testosterona Nébido, que se inyecta cada tres o cuatro meses y es de liberación prolongada, muchísimo mejor y menos dañina. Me gustaría tener una calidad de vida mejor pero no me arrepiento de nada. Abrazo la historia que me tocó vivir y hoy soy un tipo súper feliz que disfruta todos los segundos de su vida a concho». 

“QUIERO TRANSITAR HASTA EL ÚLTIMO SEGUNDO DE MI VIDA”

-Las mujeres trans han sido históricamente más visibles que los hombres trans. ¿A qué lo atribuyes?

-Y han sido más discriminadas también, ojo. Yo siento que nuestros procesos de transición son tan distintos a los de las chicas trans, que, comillas, a nosotros no se nos nota. Podemos insertarnos en una sociedad machista y patriarcal como sigue siendo, y pasamos más piola. Las mujeres trans, en cambio, cada paso que dan lo tienen que pelear y conquistar. Las chicas trans no solo son más discriminadas que nosotros sino que además tienen menos oportunidades, incluso educativamente. Y cuando uno tiene oportunidades educativas te permite establecer relaciones sociales o relaciones con estamentos con cierto poder de mejor manera. Nuestra visibilización como hombres trans pasó por otro lado. Por ejemplo, cuando pedimos que Fonasa liberara ciertas prestaciones con asignaciones de género. Se dio más en procesos específicos. La lucha de ellas, en cambio, ha sido mucho más en la calle y en la lucha diaria. Ellas fueron las primeras en hacernos visibles como población trans.  

-¿Cómo vives hoy tu masculinidad o tu condición de hombre social en una sociedad machista y patriarcal como en la que vivimos?

-Yo vivo el ser Andrés no más, no vivo una masculinidad. Yo soy Andrés, un ser humano y una persona que tiene varias particularidades. De hecho, soy integrante y director de la Sociedad Chilena de Masculinidades Diversas, así que no me concentro en la masculinidad al menos en términos hegemónicos. Yo soy un ser humano que tiene particularidades y me expreso y vivo como me siento, y se acabó. No respondo a ninguna regla de género. Estoy muy ajeno a todo eso. 

Me gustaría tener una calidad de vida mejor pero no me arrepiento de nada. Abrazo la historia que me tocó vivir y hoy soy un tipo súper feliz que disfruta todos los segundos de su vida a concho.

-¿Y te has replanteado, por ejemplo, tu lugar en el feminismo? Hay sectores feministas que hasta hoy no incluyen ni consideran a personas trans.  

-Sí, por supuesto que me lo he replanteado, pero en base a las metas que yo mismo me propuse. Yo quería trabajar en universidades y desde ahí ayudar a la formación de profesionales en el área de la medicina y de la educación. Sensibilizar y educar a mis propios colegas profesores también, en colegios y liceos, y conversar constantemente con las y los estudiantes. A mí todo eso me apasiona y me llena. Es el área donde me muevo y ya no me queda fuerza ni tiempo para estar en otra. Yo no estoy activamente en el feminismo desde sus bases u organizaciones, pero sí lo estoy en los espacios donde habito y en mi día a día. En mi convencimiento de la vida, ahí está el feminismo. 

-Hace un rato hablábamos de tu construcción de María Georgina a Andrés y viceversa, hasta el presente. ¿Ves la transición como un proceso finito o sigues transicionando siempre?

-Yo transiciono todos los días y espero hacerlo hasta el último segundo de mi vida. Esto es lo que yo pienso, y trato de ser muy respetuoso en esto, porque no todas las personas trans lo ven así. Hay tantas formas de ser trans como personas trans existimos, y hay tantas formas de transicionar como personas que transicionamos. Desde mi punto de vista, mi existencia y mi singularidad como Andrés Rivera Duarte y María Georgina de los Ángeles Rivera Duarte, yo quiero transitar hasta el último segundo de mi vida. Si no lo hago, es porque me quedé estático en algo y no quiero eso para mi vida ni para mi identidad ni para mi expresión de género ni para mi orientación sexual. No lo quiero para mi ser. Yo quiero estar constantemente evolucionando, transicionando, aprendiendo. Y nunca dejaré de hacerlo. 

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