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11 de Agosto de 2022

Alejandra Mohor, socióloga: “La violencia cotidiana está absolutamente subvalorada, y es la que contribuye a cimentar otras violencias criminales”

"Un déficit enorme que ha tenido nuestra política pública ha sido mirar restrictivamente la violencia asociada a la actividad criminal y de manera bastante conformista", sostiene la experta del Centro de Estudios en Seguridad Ciudadana de la Facultad de Gobierno de la Universidad de Chile. En conversación con The Clinic, plantea la necesidad de pensar también en las violencias cotidianas y en cómo hemos naturalizado la violencia con un medio para resolver los conflictos.

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Violencia. Una palabra que se escucha a menudo, casi siempre en singular, cuando nos referimos a situaciones tan diversas como un portonazo, un asalto, una balacera, una encerrona o un homicidio.

Aunque todas generen emociones negativas en las personas, es equívoco hablar de “la violencia”, plantea la socióloga Alejandra Mohor. Y darse cuenta de eso es un ejercicio que todos -políticos, medios y ciudadanos- debemos hacer.

Con más de 15 años de experiencia en seguridad ciudadana, reforma policial, prevención del delito y las violencias y políticas públicas del sector, esta instructora del John Jay College of Criminal Justice de la City University of New York e investigadora del Centro de Estudios en Seguridad Ciudadana de la Facultad de Gobierno de la Universidad de Chile conversa con The Clinic sobre “las violencias” actuales, sus orígenes y a qué estar atentos a la hora de leer estos fenómenos.

Alejandra Mohor. Crédito: archivo personal

La primera luz de alerta

En primer lugar, Alejandra Mohor aclara que, al pertenecer a instituciones académicas, le es particularmente relevante poder sostener sus afirmaciones en torno a la evidencia y que, cuando se habla de violencia, se dispone de tres fuentes principales: los resultados de encuestas de victimización; los medios de comunicación (que sirven principalmente para comprender las percepciones ciudadanas con respecto a la violencia) y la vía directa, es decir, lo que nos pasa a nosotros o lo que vemos que les pasa a las personas a nuestro alrededor.

“Desde el mundo de la Academia debiéramos quedarnos con la primera alternativa para hablar de la violencia, pero no podemos negar que hay una serie de otros fenómenos; como la construcción del temor, esta percepción de inseguridad de las personas y que está fuertemente construida a partir de lo que se muestra a la prensa y de las vivencias personales o del entorno”, resume.

Teniendo eso en mente, la experta explica que las cifras mostraron una primera luz de alerta en 2020, cuando en contexto de pandemia se dispararon las tasas de homicidios.

“El número de homicidios tuvo un comportamiento no solo anormal, con un alza sobre un 25% en un año, sino preocupante para la realidad chilena –nuestras tasas de homicidio son, junto a las de Uruguay, probablemente de las más bajas en la región-. Además, Chile ha sido uno de los pocos países de la región donde la prevalencia del uso de armas de fuego para la comisión de homicidios no superaba el 40-45% y aunque venía incrementándose ya por más de 10 años, lo cierto es que estábamos todavía en una situación muy moderada respecto del impacto de la presencia de armas de fuego en la comisión de delitos de sangre y esto también cambia. Entonces, en 2020, aumentaron los homicidios y también el uso de armas de fuego en los homicidios”, detalla.

Luego de esa situación crítica, los datos mostraron una baja en prácticamente todos los delitos hasta fines del 2021. La información oficial de 2022 aún no está disponible para ser evaluada.  

“Yo tiendo a no pronunciarme sobre estos datos semanales que presenta Carabineros, particularmente porque me parece que hay una selección de la información que es un poco antojadiza y que como son datos cortados, aislados, no te permiten ver la foto completa, te pueden llevar a hacer afirmaciones incorrectas. ‘Cuatro detenidos diarios’, ‘100 detenidos diarios’, ¿eso es mucho, es poco? ¿En relación a qué? ¿Comparado con cuándo? ¿Detenidos por qué? Sabemos que las policías pueden salir y detener en muchas circunstancias… Yo prefiero apartar un poco esos datos”, puntualiza.  

Entender “la violencia”

“Es fundamental comprender que la violencia no se manifiesta en singular, siempre debemos entender que son las violencias, eso es algo que hemos ido aprendiendo y que la política pública se ha demorado un poco más en entender”, comenta Alejandra Mohor.  

La experta explica que la Organización Mundial de la Salud cuenta con una definición de la violencia como actos que tienen como finalidad dañar a otro y hace una clasificación en cuanto a tipos de violencia.

A su vez, menciona el lenguaje de Johan Galtung (sociólogo y matemático noruego, experto en investigaciones sobre la paz y los conflictos sociales), quien explicita que las violencias directas que se pueden manifestar en un golpe, en un homicidio, en un insulto, tienen diferentes expresiones: violencia psicológica, violencia económica, entre otras.

“Yo tiendo a no pronunciarme sobre estos datos semanales que presenta Carabineros, particularmente porque me parece que hay una selección de la información que es un poco antojadiza”.

“¿Qué es lo que está detrás de esas formas de violencia, de esas expresiones que nosotros vemos que se materializan ahí, en un golpe, en un cuchillazo, en una amenaza? Tenemos un medio cultural que se expresa, que no es homogéneo, que tiene diferentes manifestaciones y que ha tendido a naturalizar la violencia como un medio para resolver los conflictos”, sostiene.

“Cuando pensamos en esta violencia cotidiana que permea nuestras relaciones interpersonales y que tiene que ver con el taxista que se baja indignado con un palo porque le tocaron la bocina o no lo dejaron pasar, es que justamente la violencia se ha legitimado como una forma de resolver conflictos”, agrega.

Sobre esto, múltiples autores se han referido, como la filósofa alemana-estadounidense Hanna Arendt, quien invita a comprender cómo la violencia se estructura en torno a respuestas violentas: ante una acción violenta, viene una respuesta aun más violenta y así sucesivamente.  

Una mirada restricta

“Desde mi perspectiva, creo que un déficit enorme que ha tenido nuestra política pública ha sido mirar restrictivamente la violencia asociada a la actividad criminal y de manera bastante conformista”, sostiene Alejandra Mohor.

En su opinión, pese a que ha habido políticas públicas en materia de seguridad ciudadana, no ha habido una preocupación real por atender esta violencia que subyace a nuestras relaciones interpersonales. “Esto yo creo que tiene todo que ver con que nuestras sociedades que tributan de una forma de Estado particular que tiene un arraigo muy potente en el poderío militar: nuestros Estados se conforman a partir del uso de la fuerza militar y esto ha trascendido. Eso se ve de manera muy clara en los discursos de orden público”.  

Lo ejemplifica: si un vecino pone la música muy fuerte, las personas en general no salen de su casa a decirle eso, sino que llaman a la fuerza pública. “La expectativa estatal es de imponer un orden y eso ha permeado a las expectativas ciudadanas que no tienen las herramientas para poder mirar otras alternativas. ¿Cuáles son esas otras alternativas? Salirnos de la búsqueda de un orden que se impone por la fuerza y transitar hacia el reconocimiento de la conflictividad, de que el conflicto existe y que en vez de apagarlo por la fuerza lo que debemos hacer es buscar mecanismos para gestionar el conflicto”, comenta planteando, por ejemplo, las justicias restaurativas que se han implementado en muchos países de Europa y, en Latinoamérica, de forma muy exitosa en Perú.  

“Es fundamental comprender que la violencia no se manifiesta en singular, siempre debemos entender que son las violencias, eso es algo que hemos ido aprendiendo y que la política pública se ha demorado un poco más en entender”.

El problema, sostiene Alejandra Mohor, es que la delincuencia se tomó la agenda de las prioridades públicas, tanto del Estado como de la ciudadanía desde principios de los años 2000. A tal punto, que a fines de esa década Chile tenía los mismos niveles de percepción de temor que Guatemala, con tasas de homicidio que eran un 10% de las tasas de dicho país.

Sin menospreciar el impacto de la delincuencia, la experta aclara que el problema es que “la gente no se preocupa tanto de otras expresiones de la violencia cotidiana. La violencia cotidiana está absolutamente subvalorada, y es la que contribuye a cimentar otras violencias criminales”.

En ese sentido, comenta que hay que estar atentos a distintas manifestaciones de violencia: el bullying, las agresiones al interior de los hogares, las peleas con los vecinos, y también, por supuesto, la violencia económica, psicológica, cultural y estatal.  

Un contexto que complica

Aunque la violencia urbana es muy distinta a la que está ocurriendo en otros sectores de Chile, Alejandra Mohor reconoce que noticias como las de la organización criminal Tren de Aragua en el norte de Chile, o los enfrentamientos con camioneros en el sur del país se convierten en un telón de fondo que genera una sensación mayor de violencia y abrumo.

“Así como en su momento, en los inicios del 2000, lo que pasaba en Santiago impactaba en Punta Arenas o en Iquique, hoy día también pasa eso, de que lo que ocurre en otra parte de Chile ayuda a crear una sensación generalizada de violencia”, comenta la experta.

Además, añade, se genera “una sensación de ingobernabilidad, de que la violencia criminal de un tipo u otro está predominando, está ganando esta carrera, esta batalla y que el Estado en su conjunto es incapaz de hacerse cargo de la criminalidad urbana tradicional, de la criminalidad asociada al crimen organizado trasnacional, de la criminalidad asociada a un conflicto político ancestral, y todo se traduce en violencia y muerte”. “Yo insisto: el rol que tienen los medios de comunicación tradicionales y la clase política en abonar a esta indeterminación y a esto como ‘todo dentro de un mismo saco’, por cierto que contribuye a la sensación de ingobernabilidad que puedan sentir las personas”, comenta.

“Tenemos un medio cultural que se expresa, que no es homogéneo, que tiene diferentes manifestaciones y que ha tendido a naturalizar la violencia como un medio para resolver los conflictos”.

Cuando se instrumentaliza la violencia criminal y las violencias para sacar crédito político, “todo se confunde, aquí todo es cualquier cosa y cuando todo es cualquier cosa nada es nada”. “La presión ciudadana aumenta,  los medios de comunicación empujan, tenemos una elección importantísima que se avecina, las autoridades políticas se abruman y empiezan a dar manotazos de ahogado…”, reflexiona.

Todo lo anterior, sostiene la socióloga, no permite hacer una reflexión consciente, profunda, responsable de qué hacer con esta situación.

Cómo navegar esta ola

Aunque reconoce que le es difícil pensar en qué puede hacer cada ciudadano para navegar esta situación de “las violencias”, Alejandra Mohor brinda algunas pistas.

“Primero, volver a pensar en lo que realmente tiene un valor no económico: nuestra vida y la de las personas a nuestro alrededor es sin duda lo más valioso, entonces podemos actuar en función de esto y disminuir los riesgos: si nos van a robar, que lo hagan, pero reduzcamos nuestros riesgos no oponiendo resistencia”, comenta.  

“Segundo, volvamos a usar los espacios públicos. Nos da miedo andar por la calle cuando está oscura porque no anda nadie, pero si en las calles hubiera personas, si resignificáramos el uso de los espacios públicos para sentirnos más acompañados unos a otros, podemos empezar a romper esa espiral”, agrega.

“Tercero, ser capaces de diferenciar los distintos tipos de violencia y de hacernos cargo de estas formas de violencia cotidianas que son el germen de otras violencias que nos preocupan”, afirma.

“Cuarto, estar atentos y discriminar quién y cómo se nos entrega la información, para poder tomar mejores decisiones y opinar de forma lúcida, clara”, concluye la experta.

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