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Opinión

16 de Agosto de 2022

Nuestra disonancia cognitiva

Columna Antonio Bascuñán

"La propuesta de nueva constitución no ha sido capaz de reparar lo que está roto en nuestros corazones. Lo que está más a la vista de ella es la retórica desbordada de reclamos sectoriales, radicales, simplificadores y unilaterales. O sea, la anulación de la deliberación política futura sobre la mejor solución a esas necesidades tomando en consideración otras necesidades".

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“Los muertos que vos matáis / gozan de buena salud”. Aunque el origen de este par de versos sea incierto (probablemente, un ir y venir entre dramaturgos españoles y franceses durante el siglo XVII) ellos forman parte de nuestro repertorio lapidario. La realidad refuta a la jactancia. 

La constitución de 2005 es uno de esos muertos que gozan de buena salud. Los jactanciosos somos todos. Pero lo somos de un modo peculiar, patológico. No es que presumamos de un poder letal a sabiendas de que no lo tenemos, sino que creemos en su muerte. Aunque nuestras acciones lo desmientan, estamos convencidos. He ahí nuestra disonancia cognitiva.

El certificado de defunción habría sido dado por el resultado del plebiscito nacional de octubre de 2020. Pero fue un acto conforme a la constitución muerta lo que definió el sentido de ese plebiscito y validó también su propia continuidad, al menos transitoria.

Luego el pueblo volvió a elegir todos sus representantes según las reglas de la constitución muerta. Algunos incluso asumieron sus cargos jurando o prometiendo cumplirla y hacerla cumplir. Un nuevo ciclo de cuatro años de gobierno y parlamento renovados por un cadáver.

Más tarde, siguiendo la constitución muerta, el Presidente electo ha designado ministros, subsecretarios, embajadores, delegados presidenciales y secretarios regionales ministeriales, dos miembros del Tribunal Constitucional, un consejero del Banco Central y los más de cien puestos de alta dirección de la Administración del Estado. 

Finalmente, parte importante de la constitución muerta sería aplicable durante el período 2022-2026 pese a su derogación, si gana el apruebo. Cierto, en este caso habría animación proveniente de las normas transitorias de la nueva constitución. Pero que algunos miembros del cadáver sean considerados funcionales como futuros injertos es una prueba de que hoy no padecen de rigidez cadavérica.

Todo esto es una obviedad: las reglas del cuerpo muerto están indudablemente vigentes. Alojan un gobierno de izquierda y la propuesta de transición para una nueva constitución descansa también en ellas. ¿Qué es lo muerto entonces? 

Lo propio de una democracia es el cultivo pacífico del desacuerdo. Lo propio de una democracia madura es asumir que se trata de un desacuerdo acerca de cuestiones polémicas y complejas, que no son susceptibles de ser resueltas de una vez por todas conforme a unas pocas máximas.

La tentación de pensar como Rousseau es grande: lo que estaría muerto es el vínculo entre las reglas de la constitución y la voluntad general. A pesar de su vigencia, esas reglas no serían más una “forma ilusoria y vana” porque “el nudo social está roto en todos los corazones”. Así dice al inicio del libro cuarto del Contrato Social en la página 171 de una traducción publicada en Madrid en 1820.

Que algo está roto en nuestros corazones parece innegable. Pero resulta más que dudoso que lo que haya que reparar sea un “nudo social” en el sentido de Rousseau. Pensar que tenemos que considerarnos “un solo cuerpo” donde “el bien común se echa de ver en todo y cualquiera que tenga buen sentido lo conoce”, que tenemos que aspirar a ser una sociedad cuyas máximas sean “claras y luminosas” y en la cual “una tropa de aldeanos arreglan los asuntos del Estado a la sombra de una encina” -así Rousseau en ese mismo lugar- es una ilusión perversa que tiene que ser desenmascarada.

Lo propio de una democracia es el cultivo pacífico del desacuerdo. Lo propio de una democracia madura es asumir que se trata de un desacuerdo acerca de cuestiones polémicas y complejas, que no son susceptibles de ser resueltas de una vez por todas conforme a unas pocas máximas. Lo propio de una democracia constitucional madura es buscar el punto de equilibrio entre el máximo de espacio para el desenvolvimiento social, electoral y parlamentario de ese desacuerdo junto a procedimientos para su resolución conforme a la regla de la mayoría y la suficiente seguridad para quienes quedan en minoría. De otro modo no es posible el cultivo pacífico del desacuerdo.

La propuesta de nueva constitución no ha sido capaz de reparar lo que está roto en nuestros corazones. Lo que está más a la vista de ella es la retórica desbordada de reclamos sectoriales, radicales, simplificadores y unilaterales. O sea, la anulación de la deliberación política futura sobre la mejor solución a esas necesidades tomando en consideración otras necesidades. Un examen más detenido mostraría además que en todo lo que importa desde un punto de vista institucional el texto no pasa de ser una réplica torpemente desfigurada de la constitución vigente.

Ante tanta aspiración al prodigio y tan poca imaginación constructiva no está demás detenerse un momento en la lección que nos brinda la constitución muerta: tenemos derechos de libertad y seguridad personal, gobierno central y local, alternancia en el poder, legislador democrático y judicatura y administración subordinadas a ley. A mí no me parece poca cosa. No creo que sea posible reparar algo en nuestros corazones si se lo desprecia y considero que darlo por obvio es una actitud tan arrogante como irresponsable.

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