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Libros

6 de Octubre de 2022

Columna de Benjamín Galemiri: La escritora nigeriana que roza el Nobel

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Las hojas de la inmaculada novela “La Flor Purpura”, de la trepidante novelista nigeriana de impetuoso  nombre eterno Chimamanda Ngozi Adichie, parecían irse quemando mientras mis ojos leían su incombustible trama de diseño imperial. Pensaba en el impacto de que podría estar teniendo esta joven gran promesa de la literatura nigeriana en los adustos miembros de la centenaria Academia de Literatura del Nobel.

Declarar este año ganadora a la por siempre inspirada escritora Chimamanda Ngozi Adichine era quizá el acto de mayor audacia que podía haberse permitido el Premio Nobel desde la sacudida incombustible para el inaudito músico y compositor Bob Dylan. Esa fue una acción de arte qué duda cabe, aunque los fans de Zimmerman (su apellido verdadero de intenso origen judío ruso de Odessa, hoy nada menos que Ucrania) llevaban años en plan campaña internacional por el Nobel para él, un premio que es estrictamente concedido a novelistas, cuentistas, algunas veces a dramaturgos y muy pocas veces a ensayistas, pero  jamás a un músico. Ese embrollo fue algo que la Academia ha decidido seguramente no volver a vivir.

Pero parecía que estaban ahora ad portas de otro inmenso escándalo mundial, darle el Nobel a esta nigeriana autora de  su irresistible novela “La Flor Purpura”, encendida declaración de amor a las palabras que se sitúa en una historia semi- biografica de familia acomodada con un padre hostigosamente católico. Pero hay en esa mujer de talento una cosa  muy nueva,  que encendía la imaginación de los lectores. Un cruce, un tsunami, un terremoto de grado 10 con su prosa sencilla (aparente por supuesto)  que escondía un camino serpenteado a un nuevo mundo de las letras.

Con su otra triunfal novela “Americanah”, esta hermosa  joven mujer de color de asombrosa técnica narrativa, daba un paso más para enfrentarse cara a cara al Nobel. Novela de ternura herida bajo la piel , con un buen oído para los diálogos, entregada al fascinante juego de su enrevesado lenguaje, atravesada de un aura pura pero de inquietante densidad que da inicio a el giro poético de su pluma. Con ese andar disgresivo de sus misteriosas palabras, lenguaje en apariencia contenido, con el que consigue ese implacable ambiente sostenido tan propio de su bella y a veces también dura poesía, donde plasma sus personajes habitados por sulfurantes corrientes impetuosas. En unos de sus diálogos desaloja lo siguiente a propósito de una intrépida mujer a su indomable hombre: “¿Sientes como late mi  corazón, amor mío?”. A veces a uno como lector adiestrado en escrituras del tercer mundo se le pueden también caer las lágrimas sin darse cuenta.

El problema para la Academia era que podía ser un paso en el falso, como lo fue el impasse con Dylan.

Por cierto, no para mí, porque yo celebré ese premio con suntuoso vino Chardonay y desde luego recuerdo muy bien que estaba en Paris, con una suprema invitación de autor en residencia para un gran teatro parisino, acompañado de mi hermosa novia francesa Constance en el mismísimo café de la Paix, centro de operaciones en su momento de tantos escritores  y intelectuales. Estaba nada menos Jean Paul Sartre a la cabeza, mientras Constance iba rasgueando maravillosamente la guitarra con los éxitos del Bardo de Minessotta.

Si este año ganaba la nigeriana, habíamos hecho una promesa de encontrarnos nuevamente en el café de la Paix para entrar en modo celebración por todo lo alto.

Pero claro, podía ganar el esquivo talentoso Mircea Cartarescu de su Rumania vibrante. Otro escritor de país en desarrollo, que podría derribar a los candidatos eternos de países con la despreciable bomba atómica, como el cínico que esconde un bravo romántico -el francés Michel Houellebecq- o el escritor de la lírica demasiado grata, Haruki  Murakami.

Estaban también la vibrante y elegante poeta canadiense Anne Carson, el insurgente y por siempre  cómico escritor inglés de origen Pakistaní Salman Rusdhie, el electrizante keniata Ngugipa Thiongó, o el astuto novelista judío-neoyorkino Paul Auster entre otros.

Y por qué no la majestuosa  escritora china Can Xue , que podría  dar el golpe a la cátedra este año, pero con país de bomba atómica también.

Algo estaba pasando con los escritores en las periferias del mundo que no pasaba en el centro.

Argumentos en favor de la nigeriana para el Nobel

La interesante escritora nigeriana Chimamanda Ngozi Adichie  tenía algo a su favor ya que para mí  escribía  en aveugle ( a ciegas), como dirían los franceses. Teniendo en su alma los tambores de la sublime África resonando en sus oídos

Su escritura vibrante repleta la atmósfera cinematográfica de sus novelas. Esta talentosa mujer de color es de todo mi gusto, con sus cuidados giros narrativos, sus insistencias emocionales parentales, su modo de sarcasmo en plan post Oscar Wilde renovada, su manera de palar la familia católica en la que le tocó nacer. Cómo se introducía en un lirismo ingenioso, nunca redundante, era tanta la contención de sus escritos, que al final resultaban más explosivos que otros escritores extrovertidos y barrocos.

También ella a su manera era una neo-barroca y a veces neo -manierista. Al preguntarse por qué tanto disfrute en su lectura, una de las respuestas es cómo armaba una plataforma filosófica sociológica de Nigeria y del imperio de Estados Unidos. Todavía no entiendo que están esperando los talentosos cineastas que no compran sus novelas para llevarlas al cine. Si no lo hacen ellos, lo haré yo, no es una amenaza,  es una declaración de amor hacia esta mujer super dotada, la reina de la novedad escritural, el embrujo de su fe de magnífica creación de ambientes, la erudición elegante de su vocabulario en llamas.

A medianoche mi linda novia parisina me llamó con voz seductora y apacible, y me hizo prometer que si no ganaba nuestra nigeriana amada, nos encontraríamos igual en el Café de la Paix del por siempre coqueto Paris el día que se  entregue el Nobel. Ella tenía el siguiente argumento. “El Nobel en sí mismo ya es un milagro. Quién gane, hace que el mundo detenga un momento su furia economista, y se concentre aunque sea por unos minutos en el valor salvador de la literatura”.

Tarde, recé en hebreo, una oración candente por Constance. Pero al final le pedí a Hashem (Dios o El Nombre), que este año le dieran el Nobel a esta admirable novelista nigeriana que exhibía siempre por delante su siempre bello nombre compuesto, Chimamanda Nogozi Adichie. Y como ustedes ya lo sabrán si es que han leído alguna de  mis anteriores indomables columnas, conmigo Dios siempre es muy bueno.

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