Confitería Torres: el restaurante de 1876 que es mucho más que el lugar donde nació el clásico Barros Luco
El local está a cargo de la familia Soto Misseroni, quienes estuvieron tres años remodelando el antiguo local ubicado en la Alameda, luego de comprarlo. Pero la tradición sigue y se ha expandido a dos locales más. "El Torres es un lugar republicano, en donde se hace República, se toman decisiones. Van hartos políticos de distintas partes, Es un lugar súper neutral, a mí me impresiona. Veo todo tipo de personas: de repente, de Fuerzas Armadas, personas de distintos partidos, del gobierno actual, de la exConcertación, de la derecha", apunta Josefa Soto, una de las hijas de los dueños actuales, el matrimonio Claudio Soto y Patrizia Misseroni, quien repasa parte de la historia del icónico restaurante.
Por Camilo Fernández 31 de Mayo de 2024
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La Confitería Torres es un restaurante que resiste el paso del tiempo con elegancia. Existe desde 1876 y hoy es toda una eminencia de la gastronomía chilena. Su cocina la describen como simple, pero con platos bien elaborados.
Su éxito se puede ver en que no solo mantiene su histórico local ubicado en la Alameda 1570, sino que también se extendió a sucursales en el Centro Cultural La Moneda, en 2006, y en la calle Isidora Goyenechea, en Las Condes, en 2009.
Su nombre proviene de José Domingo Torres, un mayordomo de la familia Fernández, de alta posición social en la época, y que trabajaba en preparaciones de platos que eran tan buenos, que decidieron otorgarle su propio espacio para que pudiera vender sus especialidades, destacando los dulces.
“Por eso el nombre de Confitería Torres, que al final nosotros decidimos mantenerlo, porque en un principio efectivamente se vendían confites. Ahora vendemos todo tipo de comida, en todo horario, pero conservando los orígenes”, cuenta Josefa Soto (32), una de las hijas de los dueños actuales, el matrimonio Claudio Soto (63) y Patrizia Misseroni (53).
Hoy, el local se emplaza en el Palacio Íñiguez, obra de los arquitectos Alberto Cruz Montt y Ricardo Larraín Bravo, que posee tres pisos: el primero para albergar locales comerciales y, en ese entonces, los demás eran para residencias de la familia Íñiguez. En el presente, mayoritariamente son oficinas o alberga instituciones.

En 2001, explica Josefa Soto, la Confitería Torres estaba de capa caída, deteriorado, e “incluso, me acuerdo de que mi mamá cuenta siempre que cuando entraron a verlo vendían hasta pollos asados a las brasas donde hoy está la barra, una antigua y original que hasta hoy mantenemos”.
Fue ahí que entra en protagonismo la familia Soto Misseroni, quienes escucharon en la radio que se iba a cerrar el sitio. Al enterarse de la noticia, tomaron la decisión de comprar la marca y trabajarla como en antaño.
La historia de la nueva familia a cargo de la Confitería Torres
Josefa Soto explica que sus padres siempre fueron emprendedores y han trabajado juntos, y que, en un principio, se dedicaban a tener tiendas de conveniencia en el Aeropuerto de Santiago, en donde vendían principalmente revistas y diarios.
“En un minuto fueron como los más grandes distribuidores de libros y revistas en Chile, incluso. Ellos como que partieron con todo este tipo de tabaquerías que se ponían afuera de los supermercados”, explica.

Dejando su rubro de lado, deciden comprar la confitería. “Mi papá siempre le había llamado la atención el tema de la gastronomía, la comida, sin haber estudiado algo y sin haber trabajado en algo relacionado. Mi abuela tenía residenciales, pero solo estaba un tiempo ahí, porque estudiaba y hacía otras cosas. Pero siempre estuvo súper cerca de eso, entonces yo creo que a mi papá de alguna manera le interesó, encontró que era una oportunidad y una aventura, finalmente”, dice.
El problema es que el lugar necesitaba mucha restauración, pero decidieron invertir de todos modos, tardando tres años. Abrieron recién oficialmente en 2004. Durante los trabajos tuvieron que arreglar los pisos, el revestimiento, la pintura y que el lugar quedara seguro como restaurante, teniendo que rehacer las conexiones eléctricas, las tomas de aires y los extractores.
Hoy, el lugar goza uno de sus mejores momentos y aunque se expandieron, el emblemático inmueble sigue siendo el del centro. Y se mantiene incólume en la actualidad.
“Después del terremoto, en 2010, nosotros ya teníamos tres locales. En Isidora Goyenechea se cayó todo. Se cayeron las cosas de la barra, qué sé yo. En el centro, que se supone que había sido un poquito más movido, no pasó nada. No se cayó ni siquiera una botella de whisky. Es increíble”, relata Soto Misseroni.
“Obviamente, cada cierto tiempo hay que barnizar, restaurar ciertas cosas, pero todo eso se va haciendo de manera súper puntual, buscando distintos tipos de maestros que trabajen las maderas, el mármol, las cerámicas, el vitrificado de los pisos. Por ahí nosotros tenemos nuestros datos para mantenerlos“, dice.

En todos los locales trabajan las hijas de los dueños, continuando una historia familiar vinculada al negocio. Josefa Soto ve la parte administrativa y contable, Francisca (30) se encarga de lo operacional y recursos humanos, y la menor, Antonia (22), se encarga de la panadería.
Los clientes
Una de sus conocidas anécdotas es que ahí nació el sándwich Barros Luco, a raíz de que el presidente Ramón Barros Lucos siempre pedía lo mismo: carne con queso caliente adentro de un pan.
Casi todos los presidentes han pasado por sus mesas, incluido el actual, Gabriel Boric, aunque su foto aún no está puesta en la muralla donde cuelgan los cuadros de las autoridades.
Ese no es el único plato que tiene el nombre de un mandatario. Sebastián Piñera también tiene el suyo: se creó para el Bicentenario, en el año 2010, en un brindis que participó el fallecido jefe de Estado.
Esta creación también proviene de una anécdota. Para hacer de una recepción cálida, el dueño del local le preguntó a una de las asesoras presidenciales cuál era su sándwich favorito, a lo que respondieron salmón ahumado, queso crema y rúcula. Y así quedó plasmado en la carta.

Otros de los clientes tampoco son anónimos, indica Josefa Soto. “El Torres es un lugar republicano, en donde se hace República, se toman decisiones. Van hartos políticos de distintas partes, Es un lugar como súper neutral, a mí me impresiona. Yo veo todo tipo de personas: de repente, de Fuerzas Armadas, personas de distintos partidos, del gobierno actual, de la exConcertación, de la derecha”.
Aunque tienen un negocio en el sector oriente de la capital, ella destaca que es un ambiente seguro para todos. “De partida nosotros tenemos los mismos precios y misma carta en los tres locales. Igual a la gente le llama la atención. Yo encuentro que no por estar en Isidora tienes que tener otros pecios”, sostiene.



