Entrevistas
1 de Febrero de 2025Las confesiones del locutor Rolando Ramos: “No merezco estar en radios”
Hijo de un ex ministro de economía de Pinochet, uno de los conductores más innovadores y emblemáticos de la radiofonía chilena acaba de publicar su autobiografía, “Rock and Rolo”. Fuera desde hace una década de los medios tradicionales, afirma que no lo motiva la actual industrialización radial, recuerda un momento de incomodidad con Cerati y el día que lanzó una exclusiva con Mano Negra, revive sus años en la escuela militar y asegura que hizo programas porque “podía compartir música que me gustaba”.
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Eran prácticamente desconocidos. A fines de los 90, el festival de Viña confirmó a una banda de rock en su parrilla: Faith No More. Su casa discográfica en Chile había recibido un cassette de su disco “The Real Thing” (1989), pero pasó inadvertido. Nadie sabía donde estaba. Rolando Ramos -que en esa época trabajaba en esa disquera- se lo había llevado a su casa, pero con un detalle: su hija de un año y medio sacó la cinta de la única copia y debió solucionar el problema, aunque permaneció un pequeño defecto. “Sonaba un poco mal, pero era lo único que teníamos. Lo enviamos a las radios y nadie se dio cuenta. A las semanas, publicamos el álbum”, dice Ramos.
Encargado de acompañar a los músicos durante sus tres días en Chile, esas jornadas fueron frenéticas. Los shows de los estadounidenses fueron un éxito en la Quinta Vergara -con Mike Patton dedicándole un tema y su amor a Myriam Hernández– y se sorprendió con algunas peticiones extravagantes. Roddy Bottum, tecladista de Faith No More, le pidió comprar Valium porque, le aseguró, esas pastillas lo hacían tener la sensación de hundirse en el suelo y se sentía más compenetrado en el escenario.
Mientras los integrantes del grupo paseaban por Viña y comían mariscos, Patton estaba desaparecido. Había conocido al escritor Alberto Fuguet y se había separado del resto. “Tuve que ir a comprar Valium a una farmacia y en esos años no pedían recetas. Pensé q no podría tocar porque se tomó la mitad de las pastillas. Y tocó súper bien, impecable. Patton, por su parte, era un trompo, tenía una energía espantosa. No se quedaba quieto. Y conoció a Fuguet y se perdió. No lo vimos más. Sus compañeros no pescaban. Parecía que no era de la banda. Avisé a mi jefe que no sabía nada de él, que no había cómo manejarlo y nos volvimos a Santiago. Ahí llegó Patton. Solo, como que no hubiera pasado nada”, recuerda.
Rolando Ramos, 64 años, creador de programas radiales como “Melodías Subterráneas”, “La Alcantarilla Gaseosa”, “Los Bacalaos Daos” y televisivos como “Lee Night” y “Viva la Revolución”, entre otros, cuenta mil historias similares. Acaba de publicar su autobiografía “Rock and Rolo” (Santiago Ander Editorial) y asegura que, durante su gestación, debió agudizar su memoria para repasar su existencia.
“Hay muchas cosas que se olvidan, que van al basurero mental”, sostiene. Se declara un afortunado porque su vida nunca ha sido lineal. En su infancia, le gustaba bailar cueca. La afición por el folclor nacional le duró poco. A los siete años, su padre -un ingeniero mecánico del Ejército- fue enviado a perfeccionarse a Estados Unidos. Nunca había salido del país y esa experiencia fue determinante.
Estuvo una semana en Río de Janeiro y luego rumbo a su destino final. Durante tres meses no fue al colegio porque su papá debía aprender inglés. Varias cosas le llamaron la atención. Todos los días, antes de ingresar a clases, interpretaban el himno nacional con la mano en el corazón. Nadie sabía donde quedaba Chile ni Sudamérica y la mayoría de sus compañeros creían que Estados Unidos era el mundo.
“Había concientización con lo del himno. La gente era delicada, pero también muy violenta. El grado de locura era alto. Vi muchas peleas entre negros y blancos, con gente alrededor. Se sacaban la cresta. Cuando hacíamos deportes y cometías un error, te hacían pico. Y la explicación de ellos es que te equivocabas porque eras latino. Afortunadamente, nunca tuve mala onda porque la profesora nos ayudó a incluirnos. Había cosas alucinantes: la televisión a color, los cereales y unos palacios de juguetes que tenían unos moldes de gelatina con que hacía gusanos, monstruos. Para mí, que siempre me gustaron las cosas raras, era una maravilla. Y absorbí el inglés muy rápido”, señala.
Rolando Ramos: “Nunca gané un peso, pero me satisfacía. Podía compartir música que me gustaba”
A su regreso a Chile, en 1971, Ramos se encontró con un país enrarecido. Su papá se reintegró a FAMAE, que estaba en Pedro Montt, frente a su casa. En ese barrio vivió el Golpe. Era un sector donde vivían solo militares y durante las tres primeras noches de la insurrección de las Fuerzas Armadas, disparaban con todo. “Nos tirábamos debajo de la cama y mi papá estaba con el fusil en la mano. El 11 fue extraño para él. Como no estaba en regimientos, no sabía lo que pasaría. De hecho, cuando entró a hablar con su superior en FAMAE, el tipo se tiró al suelo pensando que lo iban a matar”.
Con Pinochet en el poder, la familia Ramos cambió de hogar. Se trasladó a Ñuñoa, Ramos se integró al colegio Calasanz y forjó -dada su incapacidad deportiva- amistad con compañeros que, por sus viajes, compraban discos en el exterior. “Ahí me empecé a meter a la música”. A los 15 años, huyendo de las matemáticas, su talón de Aquiles, tomó una decisión compleja: integrarse a la escuela militar. El primer año lo pasó pésimo y se quiso retirar. Fue a hablar con un capellán para decirle que hasta ahí llegaba. “El tipo me dijo que los que se retiraban de la escuela eran maricones. Así que seguí”. El segundo año se adaptó mejor, pero con sus bemoles. A veces, los hacían entrenar en el norte con una mochila llena, un fusil y corriendo a toda velocidad. “Si te reventabas y te quedabas en el piso, te levantaban de una patá en la raja. Era duro. Por eso, algunos no aguantan”.

–¿Te quedó algo positivo de esa experiencia?
–La disciplina. Entender que el día tiene más de 24 horas, que puedes hacer muchas cosas. Los militares son una fábrica de doctrina donde finalmente lo que predomina es la inercia. Te hacen creer que es lo único que hay. Estaba convencido que no podría hacer nada más en mi vida porque te generan una forma de pensar. Si me retiro, cago. Pero me ayudo a fortalecer mi autoestima.
Al tiempo de salir de la escuela militar, su padre del mismo nombre fue nombrado ministro de Economía (1980-1982). Los viajes laborales de su progenitor sirvieron para encargarle nueva música. Algunos álbumes recién publicados y de excelente crítica como los debuts de Sex Pistols y The Clash.
Sus ganas de transmitir conocimientos musicales lo llevaron en 1982 a la radio de la Universidad de Chile a ofrecer un programa inédito: “Melodías Subterráneas”. En ese espacio, plasmaba todos sus gustos personales. Rotaba a grupos marginales que nadie conocía en el país y, de a poco, proveyó a los jóvenes de la época de bandas que no tenían difusión ni radial ni televisiva.
“Era un programa de media hora semanal. Nunca gané un peso, pero me satisfacía. Podía compartir música que me gustaba. Lo hice con Karin Yanine y mi hermana. Con el tiempo, me convencí que mi motivación principal era conocer una mujer que le gustara ese tipo de música. Pero a nadie le gustaba. Era muy loco. Igual que cuando iba a fiestas y ponía mi música, a los dos minutos me decían ‘saca esa huea’”.
En el incipiente underground capitalino, “Melodías Subterráneas” se transformó en un programa de culto. Especialmente en los universitarios. La buena recepción hizo que a la radio llegaran demos de grupos chilenos de pésimo sonido y muchas ganas de expresarse. Ramos, además, se sorprendió de la cantidad de cartas recibidas. Y empezó a tocar e invitar a bandas locales. “Ese programa fue una mosca en la leche. Tocamos a Los Jorobados, Los Dadá, Los Indices de Desempleo. A Los Prisioneros también, pero no me gustaban tanto porque la gente los seguía. Era radical en esos años. Si algo era popular, me daba lata. Además, su estructura de canción me recordaba a Kortatu. No me impresionaron”, indica.
Ese periodo tuvo una dualidad para Ramos. Aprovechando que su padre fue embajador en Suiza, viajó a estudiar a Europa. Pero dejaba el programa grabado por varios meses. Allá vivió la libertad de la movida española. Trabajó en la televisión de ese país y conoció personas que parecían de otra galaxia para la realidad chilena.
Tuvo un incipiente romance con una compañera que le confesó que se había realizado tres abortos y que, al tiempo, murió de sobredosis de heroína. Esa efervescencia y ganas de comerse la vida en el Primer Mundo contrastaban con el aspecto gris de Chile. “Una vez, unos pacos me bajaron de una micro porque andaba con una muñequera con punta y me quitaron el cinturón. La gente se reía. Y todos teníamos miedo. Siempre que me subía al metro, pensaba que iba a estallar. Ibamos achacados. La represión, los cacerolazos, las lacrimógenas. Era penca. Siempre recuerdo cuando iba a la casa de la Karin (Yanine) en Lo Curro y veíamos las trazadoras, los balazos en la noche. Era una guerra. No sé con quien peleaban los milicos. Era tremendo. Me deprimía volver a Chile, pese al arraigo que significaba estar en mi país”.

–En el libro mencionas el final de “Melodías Subterráneas”. Es una historia muy freak…
–Había conocido a Pogo, el líder de Los Peores de Chile, en Madrid. Lo vi una vez y nunca más. Hasta que unos años después, un amigo en común me cuenta que a Pogo lo deportaron por estar sacando fotos en una revuelta en España y estaba súper deprimido. Lo llamé, nos acordamos de la vez que estuvimos juntos y se integró como guionista al programa. Era bueno, aunque escribía textos larguísimos.
En el 86, Pogo se fue a vivir con su hermana a San Alfonso, en el Cajón del Maipo. Un día, me cuenta que siempre veía pasar la caravana de Pinochet y me dice ‘tengo ganas de hacer un programa donde asesinen al marrano. El lugar es perfecto para piteárselo. No sé como a nadie se le ha ocurrido’. Me pareció una buena historia y lo hicimos, sin mencionar a Pinochet. Pasan 15 días y ocurre el atentado. Fue una epifanía muy cómica. Le pregunté si sabía algo y me dijo q no. Era demasiada coincidencia. El director de la radio se asustó, nos preguntó si sabíamos algo y le respondimos que no. Nos dijo ‘menos mal que nadie escuchó el programa’. Y nos echó.
La llegada de la democracia coincidió con el mejor periodo laboral de Ramos. En La Red, antes de la aparición de MTV, condujo un programa de videos llamado “Lee Night”. Pasaban estilos como el rock, hardcore, grunge, thrash y gótico, entre otros. Era una persona insegura. No le gustaba verse en pantalla. Y tampoco abordaba a las mujeres que le gustaban. “Si me rechazaban, quedaba hecho pedazos por mucho tiempo”, dice.
Por ese mismo periodo, llegó a la radio Rock and Pop que, por esos días, revolucionó el dial. Se transformó en uno de los nombres de referencia e incluso tuvo ofertas del exterior. En 1993, fue a una prueba de cámara porque MTV estaba buscando figuras para su canal. Estaban Marcelo Comparini y Felipe Camiroaga, entre otros. Ramos quedó seleccionado y el productor argentino que lo eligió le dice que debe partir al día siguiente a Miami, aunque le hace una pregunta. “¿Eres soltero?”. El conductor radial estaba casado y, tras las puteadas de rigor del trasandino, le pide una recomendación. Ramos sugiere a un joven que estaba recién partiendo en La Red: Alfredo Lewin. El resto es historia.
La década del 90 lo llenó de historias. Algunas anecdóticas y otras periodísticas. En 1993, viajó a Buenos Aires al lanzamiento del disco solista de Gustavo Cerati, “Amor Amarillo”. El músico tomó el mismo avión que los periodistas invitados y cuando se acercó a Ramos, no le agradó que le mencionara que su música tenía similitudes con bandas británicas como Lush y My Bloody Valentine. “Fue muy cortés, pero estaba incómodo. El toma cosas y las reinterpreta muy bien. Y a nadie le gusta que lo traten de sampleador”, enfatiza.
Al año siguiente, estuvo en la presentación del álbum “Balls to Picasso” de Bruce Dickinson, el líder de Iron Maiden. “Fuimos en un bus lleno de cervezas a un show de Dickinson. Me tomé varias latas. Hablé con él y le encantaba toda la música inglesa. Hasta me habló del grupo de su primo, Catherine Wheel. Cuando nos bajamos, me agarró el frío y entramos a la sala y estaba temperada. Un tipo me ofreció otra cerveza y se me apagó la tele”, ríe. Ese mismo año, estuvo un París en un momento especial. Debía entrevistar a Mano Negra. Cuando llega a la cita, percibe que el ambiente interno se corta con un cuchillo. Nadie le hablaba. Salvo Manu Chao, el vocalista. Le dice que busque un teléfono y que se junten en un bar en una hora. Cuando se reúnen, le da la exclusiva mundial: el grupo ha llegado a su fin. Fue el primero en saberlo.
“Paloma Mami es interesante, Bad Bunny tiene sus cosas”
–Cuando llega el nuevo siglo te transformas en ejecutivo y sigues como conductor. ¿Crees que esa dualidad te jugó en contra?
–Mi gran problema fue no tenerle miedo a nada. Siempre trataba de violar mi zona de confort. Era un vicio. Y quizás no fue bueno. Creo que no merezco estar en radios. Ahora no hay nada que me acomode. En los 90, amaba lo que comunicaba. Cuando después estaba en la Sonar y escuchaba Motley Crue, me preguntaba qué estaba haciendo, debería estar disfrutando. Me ponía a hablar con el control cuando debía estar escuchando la música en los audífonos. Quizás debí haber adoptado más mi rol de conductor.
–¿Qué te parece que las radios no tocan bandas actuales y la programación musical es uniforme?
–Es triste, sobre todo porque hay mucha música. La radio en Chile siempre ha tenido un gran estándar, pero ahora no me mueven la aguja. Es una pena que la radio se haya industrializando tanto. No hay radios de nicho. Y lo que es peor es que la gente joven no está escuchando radio. Soy docente en una universidad y los cabros no escuchan radio ni ven televisión. Es extrañísimo que quieran ser periodistas.

–¿Cómo ves el reinado de la música urbana en desmedro del rock?
–Tienen que ver con las redes sociales. Son fenómenos de integración muy inmediatos, que no tienes cómo controlarlos. Y los medios tradicionales no proponen nada. El trap no me molesta. Paloma Mami es interesante, Bad Bunny tiene sus cosas. Me parece que toda expresión artística de corazón vale la pena. El problema es que los que escuchan radio son cada vez más viejos. Pero el formato radial va a continuar. La gente necesita educarse, entretenerse e informarse.
–¿Streaming como Spotify, Apple y otros, han hecho que se pierda el interés por la música?
–Cada vez hay menos personas que compran discos porque la experiencia es lo que vale. Los melómanos jóvenes lo hacen apalancados por sus padres, que les transmitieron esa mirada de comprar música. Los que irán a Tool, por ejemplo, no tienen problemas en comprar entradas de 300 lucas, pero menos del 10% tiene su discografía en CD o vinilo.
–¿Cómo te reinventaste tras salir de las radios?
–Siempre fui un busquilla. Y estoy acostumbrado a trabajar de 9 am a 8 de la tarde. Me dediqué al área digital en Audiomúsica y en Mercury, a hacer clases en universidades. Y tuve una radio digital, que hice a mi manera, que lamentablemente ya no existe.
–Eres una de los conductores radiales emblemáticos, pero hace diez años que no trabajas en medios tradicionales. ¿Te gustaría volver?
–No sé que podría hacer. Con todo respeto, un programa como los de Pirincho Cárcamo o Alfredo Lewin no me motivan. Me gustaría hacer un programa de música chilena, entrevistas a músicos chilenos. Pero se necesita plata. Y, a estas alturas, con mis 64 años, no sé si alguien se pondría.



