Álvaro Campos, autor: “¿Por qué tiene que pagarle el Estado a un escritor? Que escriba y si no, que trabaje”
Es un autor atípico en el panorama local: escribe textos en Facebook mientras atiende el local familiar en Pudahuel. Publicó su primer libro pasados los 45 años y, ahora, ya tiene un segundo en librerías, "Negocio Familiar", donde reflexiona sobre Chile, el dinero, el consumo. Campos se ha convertido en un autor de culto, y en una voz disonante en el panorama cultural, invitado por The Clinic a reflexionar sobre el país en este primer cuarto de siglo del nuevo milenio, dice: "El consejo que doy yo es no meterse al sitio web de transparencia, porque van a salir con depresión".
Por Isabel Plant 13 de Septiembre de 2025
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—Leo y veo las entrevistas que te hacen y todo es: ‘Cuéntanos de Pudahuel, qué locura escribir desde Pudahuel’. Hay una sensación un poco de….
—(Interrumpe, con una leve sonrisa) ¿De safari?
—Claro. ¿Te da lata eso?
—No, no me da lata, creo que son preguntas legítimas, porque es como cuando conoces animales nuevos. No sé, a mí me pasaría lo mismo si fuera a Vitacura.
Se podría decir que se ha transformado en un autor “de culto”, uno con mito propio, por venir de un espacio afuerino al círculo tradicional literario chileno, ese marcado por sus amistades y enemistades, por sus alianzas y por su propia elite social cultural: Álvaro Campos (49), dos hijos, vive y trabaja en Pudahuel, donde atiende el almacén familiar.
Publicó su primer libro pasados los 45 años, luego de tener seguidores ilustres de sus escritos en Facebook, como el alabado Benjamín Labatut, quien lo ayudó a llegar hasta editorial Laurel, donde Campos publicó “Diarios”.
Este año lanzó su segundo título, esta vez por Tusquets: “Negocio familiar”, donde Campos mira el país desde detrás del mostrador y, entre venta y venta de cajas de leche y kilos de arroz, reflexiona sobre los cambios sociales del país, sobre el todopoderoso consumo, sobre el Chile que le tocó de niño en poblaciones y en el que vive de adulto. Sin victimización ni impostación, el libro de Campos es divertido y a la vez punzante, y donde pueden convivir referencias a Flaubert con comentarios sobre videos virales.
“Nunca he tenido la oportunidad de conocer ese mundo”, continúa Campos, diciendo que usa a Vitacura como caricatura (lo mismo hace en el libro con Ñuñoa, en su propio universo). “En realidad los que lo conocen bien son los maestros de construcción que trabajaron mucho en casas de La Dehesa, conocían todo, escuchaban las conversaciones. Yo nunca fui amigo de cuico. Ahora tengo hartos amigos cuicos, eso sí (se ríe). Como cuicos culturales”.
—Suena abajista, igual, el cuico cultural.
—Mira, los alemanes le dicen la burguesía educada, busca a través de la literatura tener un mundo mejor. No buscan tanto ser ricos, a pesar de que ellos tienen el futuro asegurado. Son bien simpáticos, por lo menos conmigo, no son esa caricatura que tienen los pobres contra los ricos, les gusta conversar, es como la burguesía clásica antigua. Tomemos un café. Mientras todos están trabajando, mis viejos en La Vega cargando sacos, así toda la mañana (se ríe). Ese mundo ha sido generoso conmigo, no puedo mentir.
Es feo hablar de plata
Campos ha dicho múltiples ocasiones que, a pesar de ser entrevistado en medios y hacer lanzamientos, en su barrio nadie tiene mucha idea de esta doble vida literaria. De hecho, sentado conversando en un local de Lastarria, cuenta que ahora que uno de los reels de una entrevista se hizo un poco viral, con suerte un par de vecinas le dijeron que lo habían visto en internet. “Uno puede tener un reel con visualización, pero también la puede tener alguien martillándose un dedo”, sentencia.
—Y te sientes, a veces, traicionando a la gente de tu barrio cuando los analizas en tus libros.
—No llega mucha noticia, ya no pasa nada. Pero a veces pienso, ‘uy, voy a hablar de un narco’. No estoy hablando de Pablo Escobar, pero un pequeño narco, puede cachar por la descripción. Me da como cosa, aunque no creo que me digan nada, me conocen de chico. Pero mantener el secreto de esos, piola, mejor.

Dice que para este segundo libro le interesaba hablar del tema del dinero, de forma indirecta. Plasmar todo lo que él vio de cerca, y que vivió: en sus páginas recuerda el poder que le dio llevar un tarro de Ecco ante los primos del sur, o la primera vez que comió un yogur Gold; cómo el acceso a comprar más cambió a un país donde antes para ricos y pobres había poca opción.
“Yo leía a muchos escritores que hablaban sobre el dinero, me encantaba ese tema, sentía que es poco explorado, por lo menos en Chile. Hay como un poco de miedo. Aunque mi libro no habla sobre el dinero en sí, efectivamente habla de todo lo que lo rodea, el consumo, todo lo que pasó acá, que se deja a un lado a veces en los discursos del arte o de literatura”, dice.
—Muchos del libro es de ese paso de un Chile donde todos los que no tenían eran más o menos similares, y los ricos por su lado también, pero la apertura al consumo y sobre todo la ostentación de ese consumo, cambió todo. ¿También cambió a los chilenos?
—Absolutamente. La generación de mis padres, ves fotos antiguas y eran todos iguales, el poder adquisitivo era igual, no había nadie que destacara, nadie tenía autos, la misma ropa, no había mucho que envidiarse. Existía la envidia, pero no había mucha diferenciación. Cuando comienza el consumo, empiezan las máquinas de diferenciarse a todo nivel, desde la zapatilla, la ropa, las conductas, los lugares donde vas.
“Unos se quedaron tomando en la plaza, otros se fueron a los pubs. Hay una gran separación. Los que se quedaron tomando la plaza, pandillas de hombres, se quedaron pegados muchas veces. Algunos se metieron a la droga. Pero los que salían a las discos, había una especie de educación sentimental distinta. Conocía a mujeres de La Florida, algo raro para Pudahuel, porque todo es endogámico. Ir a una disco era como salir del país para los más pobres. El otro roce era la universidad, los estudios superiores. Y eso fue diferenciando estas clases, los que se quedaron y los que se fueron, los que tuvieron más roce”.
Campos recuerda otro boom de los 90, cuando los jóvenes -como él mismo lo hizo- podían acceder a salir del barrio, gracias a que arrendar un departamento entre varios amigos en comunas más céntricas era posible con poco dinero. Barrio Brasil, Catedral, Plaza Italia. “Fue un boom de salir, pero viene otro boom en la población de volver, cuando no te alcanza para arriendo o a lo mejor te casaste y te separaste. Pero sí hubo un boom de la independencia de los 90, yo mismo viví otro mundo. Volver a la población igual es heavy, porque ya viste el paraíso, viste jardines, viste cosas lindas, viste Providencia, viste una comuna limpia, al menos”, dice.
—Pero también tiene eso de poder volver a casa, ¿no? O siempre es amargo.
—No, porque en la casa no hay nadie, no están tus amigos, están los arrendatarios, los vecinos viejitos se murieron, vendieron.
Campos diferencia del Chile que tomaba pisco a cuando pasó a tomar ron, o cuando la cocaína bajó de precio y se transformó en una sustancia omnipresente; todo tipo de accesibilidades que transformaron el paisaje social del barrio.
—¿Y qué sientes que cambió con este nuevo milenio en Chile? Los grandes cambios que uno puede detectar en estos primeros 25 años del siglo.
—El progreso de los papás se estancó, obviamente. Papás que venían de la población, de la provincia, obtuvieron casa, si les fue bien. Auto, a veces incluso una segunda casa. Eso fue una explosión para ellos. Les marcó la vida. Pero ya los hijos, a pesar de que tuvieron estudios universitarios, como el mercado se amplió tanto, no todos encontraban pega y ahí se estancó un poco. A pesar de que mi generación y la posterior, el millenial, gasta mucho. Si tú le preguntas a un papá que obtuvo una casa, es porque se sacrificó de verdad. Ahorraban por todos lados. Ahora la gente no ahorra, tienen todos los streaming, quieren viajar a Machu Picchu, quiere gastar en restaurantes de Barrio Italia. Estoy hablando de clase media. Y también quieren tener una casa: eso así va a ser imposible.
—Pero estamos frente a una generación de nuevos chilenos, al igual que en todo el mundo, a los que les habían prometido que si se esforzaban, tenían educación, iban a tener una casa. Después que se casaban, tenían hijos y un buen pasar. Pero todos esos factores ahora están alterados o no son ciertos. Puedes tener educación y no tener un buen pasar, puede trabajar mucho y nunca acceder a una casa. Como promesas que no se cumplen, quizás hacen que la gente diga ¿y por qué mejor no tengo los cinco streaming?
—La gente también se rebeló en Estados Unidos contra el camino que tu mencionas. ¿Y fuera así? ¿Si resultara? Si estudias, te va bien, trabajo, casa, hijo y familia: es el camino burgués. También lo repudiaron los hippies, aunque resultara. “Revolutionary Road”, el libro y la película con Di Caprio. Si resultara así también sería aburrido. Muchos jóvenes dirían no, este es el mundo burgués que no quiero. No puede ser más aburrido para la gente que busca cosas alternativas, digamos.
—En el libro hay una reflexión sobre valorar mucho más la monotonía, el día a día. Que uno debería empezar a abrazar que la vida no sea con grandes estallidos, sino que la pequeña repetición diaria. ¿Tu lo vives así o es un anhelo vivirlo así?
—Creo que es cierto. Igual la vida se compone del día a día. Los grandes hitos son extraños, a veces pasan, a veces no, pero hay que aguantar el día a día. En las películas típicas gringas de casas de clase media, se ve siempre el marido como chato o a la mina chata, porque es artista y está metido vendiendo autos y dice qué estoy haciendo aquí. Eso es como típico, pero uno a veces tiene que cambiar el chip y decir bueno, estoy en un negocio, lo hago esto medio automático y sigo escribiendo. ¿Qué me va a detener de escribir? Puedo seguir toda la vida escribiendo aunque no publique.
—Dices que te interesaba hacer este libro porque querías hablar de dinero. ¿Por qué crees que los chilenos somos malos para hablar de plata, siendo que somos excesivamente consumistas, endeudados. ¿Por qué sigue siendo “de mal gusto”?
—Yo quiero hablar específicamente de la plata en el ámbito cultural. Porque en el común y corriente, tu ves ahora al abogado que se viralizó dando consejos de deuda. En dos meses se hizo una estrella.
—Porque básicamente le dice a la gente que no pague.
—Que no pague, pero también le enseña mucho de herencia, de cosas así. El chileno común y corriente está muy pendiente de la plata. La gente pobre de población, también le gusta tener plata. Cuando se junta con amigos, quiere mostrar que tiene plata en efectivo, sobre todo. Pero yo apunto más al ámbito cultural. La gente que está metida en ese ámbito necesita la plata, muchas veces la plata del Estado. Porque no trabajan, no saben hacer nada. Un artista no sabe hacer nada; yo comprendo que necesiten fondos. Entonces para ellos un fondo concursable es todo para su vida, es como que llega la mercadería en un negocio. Yo creo que ellos están pendientes de la plata, pero no lo verbalizan, no es como que se ostente. Es un tema muy silenciado.
Hace unos días, Álvaro Campos publicó entre sus escritos de Facebook: “Hay un antes y un después de la creación de este portal. Revisarlo es un camino a la depresión profunda, similar a cuando Dante se adentra en la selva oscura”, refiriéndose a poder revisar el sitio web de Transparencia: podemos ver cuánto ganan los empleados públicos. Ahora, conversando con The Clinic, dice: “Lo empiezas a mirar, o miras los Fondart, y te deprimes. Si te estás sacando la cresta, trabajando en otra cosa. Obviamente que hay proyectos que tienen que ganarse las lucas, y dices ‘es maravilloso que se lo ganó él’. ¿Pero cuánto será en porcentaje ese y cuánto serán los otros inútiles? El consejo que doy yo es no meterse al sitio de transparencia, porque van a salir con depresión”.
—Pero es terrible que acá en Chile no se valora ni del trabajo intelectual, ni el artístico. La cultura es fundamental. Necesitamos que haya exposiciones y que haya libros, porque si no, no somos seres humanos. Si eso es así, ¿alguien tiene que pagarlo, no?
—Sí, pero ¿por qué tiene que pagarle el Estado alguien al escritor? Que escriba o no, si no puede, que trabaje. Porque nunca fue pagado ser escritor. Flaubert hablaba que aunque le pagaran, nunca iba a cobrar lo que significaba el estudio que hizo para escribir “Salambó”, por ejemplo, el estudio etnográfico, bibliotecario, de viaje, nada compensaba su novela. Entonces nunca va a ser escritor retribuido. Eso tienen que saberlo. Decía Thoreau, es mejor dejar a los poetas a sus anchas, que se ganen la vida. ¿Qué tan terrible es? Si todo el mundo se la gana: ¿por qué tenemos que darles plata para que viva como burgués? Y si no busca pega, que trabaje. Como todos, no te vas a morir. Y tampoco vas a hacer una obra maestra, si la posibilidad de hacer obra maestra es de un 0,001 % de la humanidad. Los otros escritores hacen pasar buenos ratos, leen la sociedad, aportan en esa lectura, pero también lo hace un topógrafo. Yo te digo, ¿por qué no trabajan? ¿Por qué no buscan una pega y lo compatibilizan?
Un cuarto de siglo según Álvaro Campos
“Quizás es un prejuicio mío, yo no soy de pelear, no tengo enemigos. A veces me tiran mala onda, pero no pesco o lo tomo con un humor, mi ley es no enojarme”, dice Campos. Está hablando del progresismo de izquierda, cuando se le pregunta si lo mira con desconfianza.
“Ese mundo viene muy censurador, y yo creo que también el estallido social fue como una catarsis para esa gente, de tirarle mierda a lo que odiaba y no estar dispuesto a conversar. Yo ahora noto que los que son más inteligentes cachan que va a ser difícil ganar en la izquierda, y están roteando desde ya. Antes roteaban al otro día la elección, ahora con meses de anticipación, a la gente pobre por votar con Kast”.
—Quizá la crítica es por qué la derecha está leyendo mejor a la gente popular que el progresismo y la izquierda, por qué está más conectado con que el señor tiene susto a que lo van a asaltar.
—El tema no es tan difícil leerlo, porque es terrible la inseguridad que hay en las poblaciones. No es mentira. Tú puedes ver que asaltan a un paradero, eso no se veía antes: que pare un auto, alguien se baja y asalta a las doce personas que están esperando. Antes los asaltos eran de noche, a personas que iban solas, curados, como un puma caza un antílope, así eran. El ladrón era como una fuerza de naturaleza, pasaba, te quitaba algo y se iba.
“Ahora un ladrón le quita un auto a una señora, le apunta al hijo. Y después la señora busca en Facebook su auto y el gallo busca en Facebook a la señora y se ríe de ella; la buscaron para poder chantajearla, para decirle te lo voy a devolver por 5 millones. Ha pasado, no estoy inventando. Antes había un poco más de código. Entonces la gente en la población agarró ese miedo, no solamente por un asalto, sino por esa burla, por ese pisotón”.

—Entonces uno de los grandes cambios de este cuarto de siglo, del nuevo milenio, es que en Chile hay otro nivel de delincuencia, que ha marcado el país.
—Sí, entró otro tipo de delincuencia y también más acceso a armas de fuego y menos miedo al robo por intimidación. Los ladrones antiguos sabían que apuntar a una persona para quitar una cadena de oro eran cinco años más de cárcel, por eso habían gallos especializados en tiras cadenas en San Antonio o en La Vega. Eran abogados autodidactas. Ahora los que apuntan a un niño o le pegan un balazo a una persona, saben que es homicidio, pero lo hacen igual para un celular. Eso es raro, está pensando en una fuerza salvaje.
—¿Hay algo que haya cambiado para bien en este nuevo Chile? ¿Hay algo que te guste de esta apertura y globalización? Donde el hijo de un almacenero publica libros porque partió escribiendo en Facebook.
—El acceso más fácil a un screening oncológico. Un acceso fácil a tratamiento dental, entre comillas, no sé. Incluso la vilipendia salud pública es buena en ciertos aspectos más planificados, no en la urgencia, ni en las camas que están pendientes hace años, ni en las operaciones que tiene. Esa otra parte de la salud funciona espectacular. Ese acceso tecnológico también a las redes, a la literatura, a poder conocer. La república de las letras se expande y se pone más democrática. Yo estoy ahí, no quiero estar ahí, pero estoy ahí en la mesa. Y otros igual que yo están entrando.
—Para ir terminando, ¿qué cambios te gustaría ver en Chile de manera más urgente? ¿Qué cambios crees tú serían significativos para la gente que te compra en tu almacén?
—Bueno, la seguridad obviamente es lo primero. Pero a nivel político me gustaría que volviera a ese estilo de vida concertacionista, de decir que puede salir alguien de izquierda o derecha, pero que sea democrático. Es súper simple. Hay gente que realmente no quiere este sistema, que es en el que estamos: la democracia liberal, que no es lo mismo que neoliberalismo, ni liberalismo. La democracia liberal juega también en la misma cancha de la socialdemocracia, del estado de bienestar. Quiere decir que respeta tus decisiones individuales, bla, bla, bla. No está muy explicado eso. Y creo que hay gente que no quiere eso, que está atornillando al revés, y hoy en día es peligroso.



