Opinión
12 de Septiembre de 2026
Columna de Rita Cox: Farmear aura, bailar y el derecho a la ciudad
Por Rita Cox F.
Para la columnista Rita Cox, las batallas de aura que hoy sacan a los jóvenes de las pantallas y los llevan a plazas, malls y estaciones son parte de algo mucho más antiguo: buscar a otros, probar una identidad y encontrar un lugar en la ciudad. El desafío, sostiene, es dejar de mirar estas prácticas con pánico moral y entender que también son señales de una ciudad viva. "Pensamos la ciudad en clave infantil, con plazas y juegos casi todos iguales, o en clave adulta, con oficinas, autos, malls. ¿Y los jóvenes?", escribe.
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Han pasado días, pero las palabras del arzobispo de Santiago, Fernando Chomalí, me siguen dando vueltas —y hasta incomodando—: “Farmear aura es un grito desesperado de los jóvenes por ser vistos, escuchados, valorados, queridos y tomados en cuenta”, escribió a fines de agosto en su cuenta de X. Agregó que estas batallas que reúnen a jóvenes en espacios públicos, e incluso en colegios, serían “una versión distinta de los therians, que refleja el mismo y preocupante fenómeno: muchos jóvenes se sienten solos”.
Menos mal que Ricardo Amigo, antropólogo de la Universidad de Concepción, ofreció otra lectura, menos dramática, menos distópica, más justa. En entrevista con Bío Bío Televisión planteó que la opinión de un cardenal es una opinión desde lo religioso y lo moral, no una opinión científica. Que no se trata de un grito de auxilio, sino de una expresión con códigos propios, que construye comunidad e identidad colectiva. Y que en fenómenos como las batallas de aura hay algo de “liminalidad: una suspensión momentánea de las reglas de la vida cotidiana, reemplazadas por otras —un círculo que se forma entre los participantes y que contiene una suerte de ritual transitorio”.
Lo del espacio público que plantea Amigo es fundamental. Solo entre fines de agosto y hoy se han registrado batallas (el término asociado a esta práctica) en la Plaza de Armas de Punta Arenas, en la Plaza La Matte de Puente Alto, en la Plaza de Penco, en la Plaza de Maipú junto al Metro, en el frontis del Edificio B del Campus Rancagua de la UOH, en la Plaza FACSOJUR de la Universidad de Tarapacá, en Arica, bajo la escalera del Costanera Center, en la Plaza de Armas de Salamanca, en el segundo piso de, y en la Plaza de Peñaflor.
¿Por qué esos lugares? Son de fácil acceso y con capacidad de aforo, donde pueden sentirse seguros chicos que vienen de puntos distintos de la misma ciudad. Un escenario perfecto para mirar y ser mirado. Ahí construyen comunidad a partir de intereses generacionales comunes: trasladar a la calle en el TuOutlet del Portal Edwards lo que hasta hace poco vivía en una pantalla.
Farmear aura —cultivar o acumular carisma— no es solo pose y cara; también es performance. Dos jóvenes entran a un círculo humano y se turnan para actuar unos segundos: la “pose sigma” (mirada fija, brazos cruzados), el “aura walk”, el gesto de palmas alternadas “six-seven”, mientras el público decide con aplausos quién “farmeó” más.
Hay un concepto académico que le da cuerpo teórico a esta idea del traslado de lo digital a la calle, y que encuentro más útil que cualquier diagnóstico apocalíptico: el de “vireal”. Lo propone un grupo de investigadores en un artículo reciente, “Exploring the vireal: A qualitative framework for urban youth and public space in a digitally mediated world”. La idea, resumida, es que para entender cómo los jóvenes de hoy se apropian del espacio público ya no sirve separar lo virtual de lo real como si fueran dos mundos distintos: son la misma experiencia, tejida en capas. La calle y la pantalla se leen juntas, se producen mutuamente. Un chico que aprende una coreografía de K-pop en TikTok o una pose “sigma” en un video de treinta segundos no está viviendo algo aparte de su vida física: está ensayando el guión de lo que después actuará en una plaza, frente a otros cuerpos, con público real. Lo virtual no reemplaza la calle. La entrena.
El espacio público es también ese lugar libre, fuera de la casa familiar, lejos de los ojos de padres y hermanos. Un lugar para construir otra pieza del puzzle de la identidad. ¿No se trata de eso ser joven? Algo de eso experimenté parada horas en el Paseo Las Palmas y en la entrada de los videojuegos del Apumanque. Sin bailes, sin farmear, y con toda el aura posible, buscaba conexión.
El fenómeno actual replica algo que ya conocíamos: los grupos de K-pop que se reúnen todos los días en el Centro Cívico de Las Condes y en calle El Golf, frente a Plaza Loreto. Mayores que los chicos del farmear aura, pero con la misma intención puesta en el baile: hacer comunidad, salir de la casa, nutrir de bienestar sus rutinas, pasarlo bien. Jóvenes de entre 22 y 30 años, algunos estudiantes de danza, otros ya profesionales, de la misma comuna o que vienen de La Pintana, de Maipú, de Puente Alto, que llegan en metro, instalan sus parlantes y bailan frente a los ventanales de la zona, resignificando un espacio que no fue pensado para eso pero que igual les sirve. Cada grupo tiene un nombre sacado de alguna canción o personaje de K-pop. Antes se juntaban en la explanada de las Torres de San Borja y en la Estación Calicanto; se movieron de ahí porque esos lugares se llenaron y se volvieron incómodos, hasta peligrosos: había consumo de drogas y los carabineros los echaban.
A esa misma lógica responde lo que ocurre en el GAM y, después de la jornada laboral, en la Estación Baquedano: ahí no hay K-pop, pero sí breaking, patines, bailes de salón, voguing. Cruzar por cualquiera de esos lugares y ver a estos jóvenes (y no tan jóvenes) haciendo lo suyo me provoca alegría, sin necesidad de entender del todo sus códigos. Me hace sentir parte de una ciudad viva, flexible, donde lo construido con una finalidad no manda a secas, sino que puede ser resignificado.
Hace casi veinte años, la socióloga inglesa Joanne Massey estudió por qué ciertos grupos de adolescentes que simplemente se juntan en una plaza terminan tratados como una amenaza, mientras otros usos del mismo espacio se consideran legítimos. Llamó a eso “pánico moral” en torno a la juventud, y puso sobre la mesa una pregunta de fondo: quién tiene, en los hechos, derecho a estar en la ciudad.
Seguimos haciéndonos esa misma pregunta hoy. Pensamos la ciudad en clave infantil, con plazas y juegos casi todos iguales, o en clave adulta, con oficinas, autos, malls. ¿Y los jóvenes? Ahí están los skaters, otro ejemplo: ¿son los skate parks lo único que les corresponde, o tienen derecho a usar la ciudad donde estimen conveniente, mientras no molesten a nadie?
Por eso creo que Chomalí acierta en algo y se equivoca en otra cosa. Sí: estos jóvenes quieren ser vistos. Pero ser visto a los diecisiete años no es necesariamente una tragedia. Tampoco es, necesariamente, un grito de auxilio. Es buscar reconocimiento, probar una identidad, encontrar a otros que entiendan el código, descubrir qué lugar se ocupa frente a ellos. La ciudad debería, sencillamente, dar el oxígeno para que eso ocurra.



