Roberto Méndez y los cambios de los últimos veinte años en Chile: “Es una sociedad que empezó a poner en duda, no el crecimiento, pero sí las posibilidades de los que están quedándose más atrás”
A partir de los 20 años de la Encuesta Bicentenario UC, Roberto Méndez, experto en opinión pública y observador privilegiado de los cambios del país, revisa el tránsito de Chile desde la euforia modernizadora de mediados de los 2000 hacia una sociedad más realista, menos optimista en su movilidad social y más exigente en igualdad de oportunidades. Para é, el gran punto ciego de la última década fue no leer a tiempo ese deterioro: “Ese es el mensaje que yo diría debemos leer, no solamente el nuevo gobierno, todos los empresarios, la gente que hacemos investigación: el crecimiento es importante, pero no basta, sino va acompañado de esta recuperación de las perspectivas de movilidad social", dice.
Por Isabel Plant 31 de Enero de 2026Compartir
Después de cuatro décadas y contando, analizando y creando encuestas, midiendo a la sociedad chilena, sus cambios y vaivenes, se podría decir que Roberto Méndez es un observador privilegiado de nuestro país. Por lo mismo, lo primero que se le pregunta es que si tuviera que describirnos como nación, ¿cómo lo haría?
“Yo creo que Chile es un país extraordinario. Miro los últimos 20 años y digo, miren lo que hemos hecho. Con altos y bajos, porque ha sido nuestra historia como país. Hemos superado tantas cosas, tenemos un terremoto, crisis de todo tipo, económicas, sociales, y estamos igual saliendo adelante. Somos una de las democracias más estables de América Latina y del mundo, diría yo. En este momento la economía está teniendo un desempeño bastante razonable. Entonces yo creo que es un país extraordinario”, dice, en su oficina de El Golf, por donde se ve desde las alturas parte del barrio.
Líder de Adimark por cuarenta años, director de distintas instituciones, hoy es parte de la Escuela de Gobierno de la Universidad Católica. Hoy se acaba de publicar un documento por los veinte años de la Encuesta Bicentenario UC, nacida en 2006, de la cual Méndez también es fundador; en la recopilación de aniversario, es él el encargado de escribir el capítulo sobre los mayores cambios sociales en Chile.
—Cuando comenzó la Encuesta Bicentenario estábamos en un momento muy distinto al de ahora. ¿Qué ha cambiado?
—Efectivamente, al comienzo, estamos hablando de 2005, era muy predominante el sentido de optimismo, casi euforia, con que los chilenos nos veíamos a nosotros mismos. Se terminaba el gobierno del presidente Lagos, se completaban 15 años ya de la vuelta a la democracia. Habían terminado tres gobiernos de la Concertación.

—Claro, y había una estabilidad democrática que permitía ciertas cosas.
—La transición había sido muy exitosa. El presidente Lagos incluso terminó su mandato con cerca del 70% de aprobación. Él había aprobado una Constitución el año 2005, que después como que se ha olvidado, pero fue una reforma muy importante porque le dio poder al Presidente de la República, le dio la autoridad de cambiar a los comandantes en jefe. En general, fue como el fin de la parte más constreñida, podríamos decir, de la transición política.
Y la economía había crecido muy bien. Había algunos problemas, pero un promedio bastante bueno, sobre el 4% en los 15 años anteriores. Entonces, obviamente, la gente veía el futuro con mucho optimismo. Y el mismo presidente Lagos, que yo creo que fue un presidente muy importante en este periodo, él había transmitido esta idea de que el futuro, el desarrollo.
—Se construían carreteras, se hacían hoyos para el Metro.
—Realmente era como un salto a la modernidad. Y efectivamente los chilenos estaban muy optimistas. Uno podría pensar que estaban demasiado optimistas, que había un exceso de una euforia.
Pero en realidad, si uno proyectaba los 15 años anteriores, el futuro era razonable. Si se hubiera mantenido, efectivamente hoy día seríamos un país desarrollado. Yo he hecho las proyecciones, seríamos un país como más desarrollo que España o que Italia.
—¿Y qué pasó? ¿En qué momento comienzan los primeros vaivenes? Porque supongo que mucho antes del estallido se cristalizan ciertas incomodidades de la sociedad chilena. ¿Cuándo los chilenos fueron menos optimistas, o más disconformes con las desigualdades, por ejemplo?
—Se fue produciendo una sucesión de eventos. Ya en el primer gobierno de la presidenta Bachelet ocurrieron las primeras manifestaciones de malestar, específicamente con respecto a la educación. La educación ha sido un tema central, una promesa que no ha dado el ancho en estos 20 años. Y otro evento que también vino a poner en duda esta euforia modernizadora fue el fracaso del Transantiago. Se produjo una crisis que puso en duda, incluso, la estabilidad política y democrática del país.
Y ahí se fueron incubando estos malestares que se pusieron más claros sobre la mesa del 2011. Vino de nuevo un movimiento relacionado con la educación. Y la economía dejó de crecer a las tasas que venían creciendo. Y lo que la encuesta Bicentenario nos empezó a mostrar es que el optimismo se reflejaba en las expectativas de movilidad social: que un pobre pueda salir de la pobreza, una gran mayoría lo veía como posible; que una persona de clase media consiguiera una seguridad socioeconómica; lo veía posible; que un joven sin recursos entrara a la universidad, perfecto. Que un trabajador pudiera comprar una casa, también. Bueno, todos esos indicadores se empezaron a deteriorar.
Entonces es una sociedad que empezó a poner en duda, no el crecimiento, pero sí las posibilidades de los que están quedándose más atrás. Eso es lo que crea tensión en la sociedad. Y eso diría yo que es el resultado más alarmante, se podría decir, de esta encuesta de 20 años, es que se ha deteriorado la expectativa de movilidad social.
El crecimiento económico no basta
Méndez es enfático al subrayar la importancia del cambio en la expectativa de movilidad social. Y que es fundamental recuperarla, a la par del crecimiento económico del país. “Ese es el mensaje que yo diría debemos leer, no solamente el nuevo gobierno, todos los empresarios, la gente que hacemos investigación: el crecimiento es importante, pero no basta, sino va acompañado de esta recuperación de las perspectivas de movilidad social”.
—En la encuesta Bicentenario, una de las conclusiones es que los chilenos prefieren igualdad sobre crecimiento.
—Exacto. Hay una paradoja hoy día en la sociedad chilena, y es que la gente piensa que el progreso depende fundamentalmente de las personas. No esperan que sea el Estado el que venga a proporcionar los medios para que las personas progresen. Nos hemos transformado en una sociedad muy individualista. Y eso corresponde también al modelo de desarrollo que tenemos. Pero se mantiene y se ha mantenido, yo diría sin cambio en los 20 años, una especie de demanda por una igualdad relativa, sobre todo igualdad de oportunidades y no dejar atrás a las que por diversos motivos se van quedando atrás. Esa demanda por igualdad no ha desaparecido, se hace más extrema en algunos momentos, por ejemplo el 2019.
Ahora se han aminorado, pero está ahí siempre presente, incluso por encima del triunfo económico. La gente nos dice crecimiento económico, sí, imperativo, pero también es un término de economista, no tiene un significado para las personas sino se traduce en empleo, en remuneraciones, en salud de mejor calidad, en educación de mejor calidad.
—Ahora, viéndolo de manera ideológica, un fracaso para un gobierno saliente de izquierda, que la gente sienta que cada vez más depende su futuro de sí mismo y no del Estado. Es decir, si los chilenos en 20 años ven cada vez más lejana la ayuda del Estado, eso también significa que incluso las políticas públicas de una concertación tampoco funcionaron tanto.
—Bueno, el presidente Aylwin tenía una frase que pasó a la historia, su promesa era crecimiento con equidad. Yo creo que se mantiene: crecimiento sí, pero que no se nos quede atrás la equidad. Y la equidad ha ido cambiando a través del tiempo, ha aparecido nueva demanda migrante, otra forma de pobreza. La equidad se ha hecho una meta para difícil.
Si uno lo lee en clave política, la izquierda ha fallado en proyectar cómo esa visión promueve la igualdad mejor que otras alternativas, como que se ha nublado incluso cuál es la promesa de igualdad que está en la visión de izquierda.
—Si uno hubiera mirado la encuesta Bicentenario antes del estallido, ¿qué es lo que no se supo leer en ese momento? ¿Qué se estaba fraguando?
—Bueno, yo creo que no supimos ver la importancia que tiene este deterioro de la percepción de movilidad social. Eso no lo supimos leer los encuestadores, no lo supo leer la clase política, los medios no lo supieron leer. Yo lo he dicho, si nosotros hubiéramos leído bien esos datos, deberíamos haber salido a tocar campana de que había un riesgo inminente, que venía un tsunami, como le dice Pablo Ortúzar en su libro ‘Dignos’.
Y no lo hicimos. Por eso yo ahora estoy un poco enfático en mire, ojo, hay un optimismo, pero esta demanda por igualdad no podemos ignorarla. Sería un grave error que volviéramos a ignorarla. Entonces tenemos que incorporarla en los planes políticos, en los planes económicos. A mí me dio esperanza el mensaje del futuro ministro Quiroz, porque creo que está reconociendo eso, que no basta crecimiento, porque puso varias metas. No sólo crecimiento, sino que empleo y equilibrio fiscal. Yo creo que la importancia son las dos primeras, eso es lo que nos está diciendo en la encuesta. Y es un mensaje también para la derecha política y también para la oposición.
—¿En qué sentido?
—Eso es lo que una coalición política debe intentar interpretar: las preocupaciones de las personas, no los proyectos políticos individuales o personales. Porque hoy día es tan difícil saber en que está dividida la opción política. Y eso es lo que ha llevado al desprestigio de la clase política, el alejamiento de las personas de los partidos. Porque los problemas que afectan a la gente: migración. Tenemos dos millones de migrantes. ¿Cuál es la posición de la derecha en materia de migración?
—Al parecer, pedirles que se vayan, según lo que ha dicho el presidente electo.
—Ya no es tan claro que eso vaya a ser así, o si eso es lo que realmente quiere la mayoría de las personas. Por el lado de la izquierda, ¿cuál es la opción? No se sabe muy bien, es una cosa vaga. ¿Cuál fue la política migratoria del presidente Boric? A mí no me queda muy claro.
Y si vemos el problema mapuche, incluso el de la baja de la natalidad. No está claro hoy cómo la política se plantea ante estos problemas. ¿Educación, las listas de espera y salud? Si uno mira la campaña presidencial que tuvo lugar, como que esos problemas no estaban presentes.
—Todo era la seguridad, como la preocupación principal de los chilenos, según lo que lee la clase política. No sé si eso tiene contraste con lo que han estudiado ustedes.
—Hay un problema de seguridad y de temor a la delincuencia, sin lugar a duda, pero no es el único problema. Entonces, yo creo que no se puede agotar un gobierno en ese problema.
Una sociedad atemorizada, no polarizada
—Usted mencionaba la crisis de la clase política, la falta de adhesión a los partidos, la falta de representación. Según la encuesta, los chilenos percibimos que la política es un espacio de conflicto, pero no así el resto de la sociedad. ¿Hay polarización en Chile?
—La conflictividad se ha concentrado, lo que no es político digamos, en estos temas emergentes como son la migración y como es el conflicto mapuche en el sur. Ahí la gente percibe los mayores grados de conflictividad. Y se ve que han disminuido algunos conflictos históricos, como por ejemplo entre trabajadores y empresarios, entre ricos y pobres, que eran los conflictos históricos de la sociología. Eso hoy día la gente los ve como no tan intenso, como sí ve estos conflictos más puntuales.

—¿Porque son nuevos?
—Porque son nuevos y porque justamente yo creo porque la clase política no no los ha enfrentado muy adecuadamente. La clase política está todavía muy alineada en torno a estos conflictos históricos, los trabajadores contra los empresarios. Hay partidos que se definen como partidos de los trabajadores o partidos ricos contra pobres, ese conflicto tradicional de la sociedad en el siglo XIX sobre todo.
Bueno, entonces el conflicto político se ve como un conflicto entre grupos que se disputan el poder, pero que no proponen alternativas nítidas.
—Y la pelea es de ellos, no mía.
—Es una pelea entre ellos, entre la izquierda y la derecha, pero no sé bien qué significa izquierda y qué significa derecha. El Frente Amplio se pelea con el Socialismo Democrático, muy intenso, pero no se entiende muy bien qué es lo que está en disputa.
—O pelea entre las derechas.
—También dentro de las derechas. Está el Partido Republicano y está la UDI, en qué se diferencia realmente uno del otro. Bueno, eso ha contribuido a esta visión de que es un conflicto entre grupos y entre personas que disputan el poder, pero no son diferencia de puntos de vista de fondo o de soluciones para los problemas que a la gente le preocupan. Eso es este alejamiento de la clase política que se agrava además con la fragmentación excesiva.
—Pero el chileno de a pie entonces no estaría tan polarizado, ni tan enojado, ni tan indignado como uno pensaría.
—No, yo diría que no están tan polarizados. Es más temor que polarización.
—Pensando en eventos significativos: ¿cuáles son los que pueden marcar precedentes o ser fenómenos importantes que no estamos considerando como se debe? ¿Qué focos cree que usted hay que mirar para proyectar el Chile del siglo XXI?
—Yo creo que hay algunos temas que son de mediano y largo plazo, y otros que son urgentes. Entre los urgentes que se están cubriendo, pero no sé si con el enfoque adecuado, es la corrupción, todo este fenómeno de corrupción en el Poder Judicial. Eso es una cuestión muy grave. Porque viene a destruir más las instituciones que nos quedaban en pie, que son necesarias para el sistema democrático.
—El Caso Hermosilla, el Caso Muñeca Bielorrusa.
—Todos esos casos y también de corrupciones empresariales. Yo creo que la corrupción es otro fenómeno que fue emergente, si nos remontamos veinte años atrás.
—Decíamos que eso pasaba en Argentina, no acá.
—Que éramos además tan diferentes al resto de América Latina. Hoy día, al menos en corrupción, como que ya se nos han bajado las plumas. Y en el mediano plazo, sí, yo creo que está el tema de baja natalidad. ¿Por qué tenemos de las tasas de natalidad más bajas del mundo? ¿Por qué Chile llegó a este nivel y qué explica eso?
—Hay un tema de cuidados, hay un tema de vivienda, hay un tema de sueldos.
—Tiene que ver con esto de la movilidad social, del costo de sacar al hijo adelante. Pero el debilitamiento de la familia también. Por ejemplo, cuando nosotros preguntamos por qué no quieren tener hijos muchas mujeres, es porque no ven estabilidad en sus relaciones de pareja.
—La corresponsabilidad.
—La corresponsabilidad y el riesgo de verse enfrentada a tener que criar un hijo o dos hijos sola. Ese debilitamiento de la estructura familiar. También el alto costo de la educación. En fin, yo creo que no estamos siendo una sociedad favorable a los niños, a la maternidad.
—Es un fenómeno mundial que en Chile es muy acentuado, pero quizás es fascinante pensar que el ser humano se había propuesto por dos mil años organizarse de una cierta manera y ahora quizás se va a organizar de otra.
—La familia sigue siendo un núcleo muy importante para las personas. Ha cambiado el concepto de familia, pero sigue siendo el núcleo central para la mayor parte de las personas. Y por contraste, las personas se ven más aisladas.
Porque uno podría pensar que a menos familia, hay más amigos. Pero no, no es así. La familia se mantiene y en cambio disminuido el número de amigos en la encuesta. Hace años tenían 4 o 5 amigos en promedio. Las personas hoy día tienen 3. Y mucha gente que dice no tener ningún amigo y dicen sentirse solo.Uno podría pensar el estereotipo son los adultos mayores, donde más te manifiesta esta soledad extrema, pero en algunos casos es en los jóvenes.
— Eso tiene mucho que ver las redes sociales.
—Claro. Es un contrasentido que tú tienes miles de seguidores y contactos y WhatsApp y todas estas cosas, pero sin embargo se sienten solos. Lo que yo veo sólido es este apego a la familia, buscar rescatar la familia, en todas sus manifestaciones: familias reconstituidas, del mismo sexo, monoparentales, de acogida. En fin, hay una diversidad de la familia, pero la gente incluso sigue llamándola ‘familia’ y teniendo una vivencia de eso familiar. Entonces hay una transición en cuanto a nuestras relaciones que no está tan claro cómo se va solucionando.
—Y, hoy, en enero de 2026 ¿cuán optimista se siente sobre los próximos 10 años del país?
—Como vemos, hemos evolucionado a un país más realista, más diverso. Y que mantiene una actitud positiva hacia el futuro. Todavía tenemos instituciones, si bien debilitadas, que siguen funcionando. Somos una democracia sólida, no se ha puesto en cuestión. Tuvimos un conflicto muy serio, pero que se solucionó democráticamente. Tuvimos dos intentos de reformar la Constitución, se rechazaron, pero la democracia sigue funcionando.
—Y vamos a tener un traspaso de mando muy republicano, al parecer.
—Un traspaso histórico, a nivel internacional, de buenas relaciones, de buena amistad cívica. Entonces, sí, yo soy optimista con respecto al futuro, pero soy optimista en la medida en que leamos a la gente y veamos este anhelo de autodesarrollo, de individualismo que está ahí, pero también esta necesidad de ayuda, de soporte, porque muchas veces lo que la gente pide no es tanto una ayuda directa.
—Es que exista un entramado social que permite desarrollarse.
—Y que no nos olvidemos de la movilidad social. Que la gente sienta que hay un sueño chileno. El sueño americano era eso, la idea de que cualquiera podría llegar a ser presidente de la República. Que ese sueño podamos recuperar.



