El Rancho Cunaquino: la antigua pensión para profesores que se convirtió en una picada de culto para chefs y viñateros de Colchagua
Nació en los 70, cuando Silvia Ibarra comenzó a dar pensión a los profesores de las escuelas de Cunaco. Más de medio siglo después, El Rancho Cunaquino mantiene su cocina casera y abundante: sin redes sociales, donde el vino se sirve en garrafa, $10 mil alcanzan para un contundente menú y entre sus comensales aparecen reconocidos chefs y viñateros del Valle de Colchagua.
Por Sebastián Palma 13 de Septiembre de 2026
Compartir
El Rancho Cunaquino nació en 1973 cuando Silvia Ibarra comenzó a dar pensión a profesores de Cunaco. Más de medio siglo después, mantiene su cocina casera y abundante: por $10.000 ofrece un menú contundente, vino en garrafa y un comedor que se llena por el boca a boca.
- El local nació como pensión para profesores y luego se transformó en restaurante.
- Por $10.000 ofrece sopa, ensalada, malaya, pollo con puré y sopaipillas pasadas.
- No tiene Instagram ni Facebook: su difusión es por boca a boca.
- Entre sus clientes hay chefs, viñateros y dueños de viñas del Valle de Colchagua.
- Richard González retomó el negocio tras la muerte de su padre y cuida a Silvia, de 90 años.
El artículo cuenta la historia de El Rancho Cunaquino, una picada de Cunaco que empezó como pensión para profesores y hoy sigue sirviendo comida casera, abundante y barata. Aunque está en una zona de alta oferta vitivinícola, conserva un estilo sencillo, sin redes sociales, y atrae a vecinos, chefs y viñateros.
A una mesa de El Rancho Cunaquino nadie llega directamente a comer el plato principal, ni siquiera la entrada.
Primero aparecen el pan y el pebre. Después una fuente de cebolla en escabeche. Todo de cortesía. Luego comienza el almuerzo propiamente tal. Por $10.000, el menú puede incluir una sopa, una ensalada acompañada de gruesos trozos de malaya fría, pollo con puré y sopaipillas pasadas de postre. Cuatro estaciones que hacen bastante difícil cumplir la hazaña de terminarlo solo.
—Hay que venir sin tomar desayuno —bromea Richard González (52), dueño del restaurante e hijo de los fundadores.
El local es sencillo. Hay una barra, hay vino y pipeño servido en garrafas. En las paredes, fotografías antiguas de equipos de fútbol, recortes de diarios, diplomas y recuerdos familiares, peluches sentados en sillas de mimbre.
El comedor tiene capacidad para unas 35 personas y los fines de semana las mesas pueden llenarse con vecinos de Cunaco, familias llegadas desde Santa Cruz, Nancagua, San Fernando o Santiago y trabajadores de las viñas que rodean el pueblo.
También aparecen algunos de sus dueños, en grandes camionetas.
En una zona donde la industria del vino levantó hoteles y restaurantes de alta gama, El Rancho Cunaquino se convirtió en una especie de secreto a voces. Richard cuenta que entre sus clientes está el dueño de la Viña Viu Manent y que distintos profesionales del vino suelen comer allí y recomendar el lugar a quienes llegan preguntando por una buena picada.
El secreto también comenzó a correr entre quienes se dedican profesionalmente a la cocina. Por las mesas de El Rancho Cunaquino han pasado chefs reconocidos como Nicolás Tapia, fundador de Yum Cha, y Maira Ramos, chef de Rayuela Wine & Grill, de Viu Manent. Llegan a un lugar que parece estar en las antípodas de la alta gastronomía.
El restaurante no tiene Instagram ni Facebook.
—Es conocido por el boca a boca —dice Richard.
Y tiene sentido que sea así. Porque mucho antes de que Colchagua se convirtiera en un destino enoturístico, la historia de este lugar también comenzó gracias a personas que llegaban desde afuera y necesitaban saber dónde comer.
Fue en 1973.
Entonces, frente a la propiedad del matrimonio formado por Silvia Ibarra y Juvenal González Sánchez funcionaban las antiguas escuelas de Hombres y de Mujeres de Cunaco. Algunos profesores llegaban desde otras localidades para hacer clases y Silvia comenzó a darles pensión y almuerzo.
Cocinaba lo que se comía en una zona agrícola como aquella: cazuelas, porotos, lentejas y garbanzos.
—Mi mamá les daba pensión a los profesores —recuerda Richard—. Esto partió como un parroncito aquí y después se hizo este ranchito.
La pensión y el pequeño restaurante convivieron durante un tiempo. De a poco comenzaron a sentarse otras personas a las mesas y el matrimonio bautizó el negocio como El Rancho Cunaquino. Con los años desaparecieron los pensionistas, pero no la manera de alimentarlos: comida casera, platos grandes y precios pensados para que alguien pudiera sentarse a almorzar de verdad.
Más de medio siglo después, esa sigue siendo la principal característica de la casa.
Hay preparaciones que prácticamente no se han movido del menú: lengua, pernil y malaya, que compran cruda, adoban y preparan en el mismo restaurante. Esta última puede pedirse caliente o fría, cortada en trozos gruesos y acompañada de ensalada. A ellas se suman platos como el lomo a lo pobre y un menú que va cambiando durante la semana.

El Rancho Cunaquino y el fútbol
Pero la historia de El Rancho Cunaquino no quedó únicamente en manos de Silvia.
Su marido, Juvenal González Sánchez, era conocido en el pueblo como “Panchito González”, por su parecido al jugador Francisco Las Heras. Nacido en Cunaco en 1936, hizo algo que entonces no resultaba demasiado habitual para un muchacho del sector: salió del pueblo gracias al fútbol.
Como lateral jugó en Unión Calera, San Fernando y Huachipato donde compartió con los mudialistas del 62 Jaime Ramírez y Alberto Foiulloux. Su historia ocupa buena parte de una pared del restaurante. Hay fotografías de equipos, reconocimientos, diplomas y un artículo publicado por El Cóndor después de su muerte, en 2017. El titular dice: “Se fue un grande: ‘Panchito González’”.
Su muerte produjo también otro cambio.
Su hijo Juvenal Ricardo González –Richard, como lo conocen todos para distinguirlo de su padre– había hecho una vida lejos del negocio familiar. Estudió y trabajó en Santiago, en una empresa del sector industrial. Para entonces sus padres estaban mayores y El Rancho había comenzado a perder algo del ritmo de antes.
Cuando Juvenal murió, Richard decidió volver a Cunaco.
—Retomé el negocio cuando mi papá falleció. Yo estaba trabajando en Santiago y, cuando él murió, me vine.
Había otra razón para quedarse. Silvia, la mujer que medio siglo antes había comenzado cocinando para los profesores del pueblo, seguía allí y necesitaba cuidados. Hoy tiene 90 años. Richard la llama “la matriarca de todo”.
La cocina, mientras tanto, pasó a otra generación de la familia: actualmente es la esposa de Richard quien está detrás de buena parte de los platos.
Richard vive a menos de un kilómetro del restaurante y también heredó algo que no tiene que ver con la cocina. Es secretario de Unión Cunaco, el mismo club deportivo al que su padre estuvo ligado durante buena parte de su vida.
Cuando se le pregunta si le gusta su vida luego de haber dejado Santiago para regresar al pueblo, no necesita pensarlo demasiado.
—Lo habría hecho mil veces.

Quizás por eso El Rancho Cunaquino ha cambiado menos de lo que podría suponerse después de más de cincuenta años. Afuera, el Valle de Colchagua se transformó en uno de los principales destinos vitivinícolas del país donde llegan gente de gran poder adquisitivo y turistas brasileros. A pocos kilómetros hay hoteles, viñas y restaurantes donde el vino se sirve en copas diseñadas para cada cepa.
Aquí todavía puede llegar en garrafa.
Y las 35 sillas se siguen llenando casi de la misma manera en que llegaron sus primeros comensales: porque alguien les dijo que en Cunaco había una casa donde se comía bien, mucho y por poca plata.
¿Qué más se puede pedir?



