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25 de Septiembre de 2026La generación del prompt, el copiar y pegar: cómo la Inteligencia Artificial está jubilando al pensamiento crítico de los alumnos
Entre la omnipresencia de la Inteligencia Artificial y el rechazo creciente a la lectura, las aulas enfrentan un desafío inédito: estudiantes que evitan hacerse preguntas, dudar y tener pensamiento crítico. El problema en la educación actual no radica en una pérdida de la capacidad de pensar, sino en la paulatina parálisis de su ejercicio.
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Aunque estés convencido de no querer usar a la Inteligencia Artificial (IA), sus raíces están tan arraigadas en el mundo que es casi imposible no hacerlo. Una simple pregunta en Google ya no es contestada como antes, ahora es la IA la que responde a tus consultas de manera inmediata cuando pones aquello que te preguntas en el buscador. Al mismo tiempo que el mundo trata de manejar las implicancias de esta nueva tecnología, nos encontramos con generaciones cada vez con menos iniciativa, con menos preguntas y al parecer con un déficit de pensamiento crítico.
Ya no están esas preguntas que llevan a cabo un experimento que sale mal y que provoca un descubrimiento totalmente distinto como la penicilina, el microondas o el velcro. Si bien antes habían métodos para hacer trampa, como el Rincón del Vago, ahora parece ser que la IA está convirtiendo a los estudiantes en seres muy poco críticos o reflexivos.
Pero, ¿Cuál es realmente el problema? ¿Es efectivamente la IA que avanza a pasos agigantados sin un aparente control? o ¿Es la sociedad que no está aprendiendo a vivir con estos avances? ¿Dejamos de preguntarnos cosas realmente importantes para flotar en un mundo que nos obliga a trabajar y descansar casi de manera mecánica?
Lo primero es conocer a la Inteligencia Artificial. Según la propia IA —en este caso Gemini— se define a sí misma como “una rama de la informática dedicada a crear sistemas y programas capaces de realizar tareas que tradicionalmente requieren inteligencia humana. Esto incluye el aprendizaje autónomo a partir de datos, el razonamiento lógico, la comprensión del lenguaje natural, el reconocimiento de imágenes o voz y la resolución de problemas complejos”.
Los costos de la IA
La Inteligencia Artificial es una herramienta que consume muchos —muchos— recursos naturales. Usa agua dulce para enfriar los miles de procesadores que analizan cada una de las preguntas que se realizan en el mundo. También requiere de fuentes de energía eléctrica para mantener a los servidores encendidos a todas horas. A eso se suma el uso de materiales como silicio, cobre y aluminio para la fabricación de chips o memorias RAM, sin contar el uso de suelo para la construcción de centros de datos.
¿Cuántos recursos utiliza la Inteligencia Artificial con una sola pregunta? Es Gemini mismo quien responde: “El costo exacto de responder una sola pregunta varía según el tamaño de la respuesta y la eficiencia del centro de datos en ese instante”.
Sin embargo, con una sola pregunta como mínimo se gasta lo mismo que una ampolleta LED encendida durante 10 minutos que es cerca de 10 veces más la energía que consume una búsqueda tradicional en la web. Con respecto al agua, tu pregunta consume entre 10 a 50 mililitros (una cuchara sopera). Eso sin contar la huella de carbono.
Pero, ¿Cuál es el costo con respecto a los estudiantes?
El pensamiento critico en la sala de clases
Uno de los grandes desafíos en la educación —tanto básica como media— es fomentar la lectura, tarea que no se está logrando. Profesores aseguran que los estudiantes no están tan ilustrados con respecto al uso de la IA como se piensa. El problema va incluso más allá, simplemente no quieren leer, no quieren pensar y tener dudas respecto a algún contenido.
¿Estamos presenciando una atrofia del pensamiento crítico de los estudiantes? Ante esa consulta, Pablo Matamoros, investigador del Centro Democracia y Opinión Pública de la Universidad Central, responde: “Sí, pero conviene precisar qué se atrofia. No es la capacidad, es el ejercicio. Kant sostenía que la facultad de juzgar no se enseña: solo se ejercita”.
“La inteligencia artificial entrega una respuesta aceptable justo en el momento en que antes había que ejercitarla. El juicio no se pierde porque la máquina nos engañe, sino porque dejamos de usarlo. Además, esto viene de antes: las pantallas ya habían capturado la atención y le habían quitado al cerebro el tiempo de divagar, que es de donde sale la creatividad. La IA se instala sobre un terreno que ya estaba erosionado”, reflexiona.
“Lo que más veo es la pérdida de argumentación propia”
Matamoros afirma que “sintetizar y argumentar exigen pasar un rato sin saber, sosteniendo la pregunta antes de que llegue la respuesta. La cultura de la inmediatez elimina justo ese intervalo. Y si no aguantas no saber, no llegas a pensar”.
“En la sala lo que más veo es la pérdida de argumentación propia. El estudiante encuentra una fuente que le da la razón y se queda ahí, sin tomar distancia. Los mejores trabajos son los que se atreven a objetar el texto que los respalda, identificando sus propios sesgos cognitivos. La síntesis me preocupa menos, porque es lo que la máquina hace bien. El peligro está en delegarla a medias: pedirle a la IA la introducción o el resumen es entregarle el momento exacto en que ibas a entender tu propio trabajo”, añade el académico.
Sin embargo, para el docente la IA no creó que problema que estamos viendo en la educación, sino que hizo imposible seguir escondiéndolo. “Todos los planes de estudio prometen formar pensamiento crítico y casi ninguno dice cómo lo evalúa. Mientras el ensayo lo escribía el alumno, esa deuda era retórica. Ahora que lo puede escribir una máquina, quedó a la vista. Si un estudiante aprueba un ramo usando IA, el problema no es el estudiante: estábamos evaluando algo que ya no valía la pena evaluar. Una rúbrica mecánica es, en la práctica, una instrucción que la máquina cumple sin mayor esfuerzo. El sistema ya venía atrasado: carreras de cinco años, una acreditación que tarda años en cambiar un programa y un conocimiento que se renueva en meses o semanas. Seguimos formando para una sociedad que ya no existe”.
“Es por esto que cada vez cobran más importancia, las humanidades y las artes liberales. Es fundamental traspasar a los alumnos capacidades de preguntar, a máquinas que cada día cumplen más funciones”, recalca.
¿Hay un uso aceptable para la IA?
Sobre si hay un uso aceptable de esta nueva tecnología, el académico indica: “Sí, y la pregunta ‘¿uso IA o no?’ es la equivocada. La que sirve es otra: ¿en qué parte de este trabajo estoy aprendiendo de verdad?, ¿Cómo reproduzco mi juicio en una investigación?. La capacidad de distinguir no se entrega, creo que es relevante volver a ejercer la vieja mayéutica socrática, en donde aprender a utilizar el lenguaje, el preguntar, el ejercer la retórica y aprender que los actos tienen consecuencias éticas o morales”.
“Un uso sano tiene tres rasgos. Primero, delegar en serio lo rutinario y usar el tiempo ganado para pensar, discutir y decidir. Segundo, poder defenderlo: un trabajo que no puedes explicar hablando no es tuyo, lo hayas hecho como lo hayas hecho. Se puede delegar la tarea, pero nunca la responsabilidad por lo que se firma. Tercero, transparencia: qué preguntaste, qué fuentes usaste y qué decidiste tú”, asevera.
Junto con eso, indica que “prohibirla, en cambio, no funciona y además es injusto. La prohibición no hace desaparecer la IA. La convierte en privilegio de quien puede pagar la versión que no se detecta”.
“Hay que formar profesores que evalúen el proceso y no solo el producto: defensa oral, borradores, escritura en clase. Y, paradójicamente, hay que volver a lo clásico. Si la máquina absorbe lo rutinario, lo que queda es la conversación, la retórica y el arte de preguntar. Sócrates está más vigente que nunca. La clase deja de ser una sucesión de láminas y pasa a ser una conversación”, postula.