Opinión
2 de Octubre de 2026
Crítica a la película “Digger”: La arrogancia que precede a la caída
Por Cristián Briones
Uno de los estrenos más esperados de la temporada, ya sea por las críticas dispares que la acompañan, o por unir a uno de los más destacados directores mexicanos -Alejandro González Iñárritu- junto a una gran estrella de Hollywood -Tom Cruise, jugándosela para una nominación al Oscar-. ¿El veredicto del crítico Cristián Briones? “Digger”, escribe, tiene actuaciones, fotografía, música y una narración que funcionan a gran nivel, pero su insistencia discursiva termina revelando una contradicción: la película que cuestiona el ego de su protagonista parece también demasiado fascinada con el suyo propio.
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La conversación en torno al estreno de la semana está centrada en la pobre recepción por parte de la crítica especializada. Algo que muy probablemente las distribuidoras traten de torcer para llevar público a las butacas, en un intento de combatir las erráticas predicciones de taquilla. Todo esto resulta muy contradictorio, porque esta película siempre tuvo un objetivo más allá de la recaudación o una propuesta autoral: sería la película por la cual Tom Cruise se ganaría el Oscar.
“Digger” es la historia de un magnate del petróleo que debe lidiar con haber causado una serie de desastres ecológicos. Situada en un futuro cercano, Tom Cruise encarna a Digger Rockwell, este excéntrico multimillonario que maneja a su antojo a la clase política liderada por un patético Presidente de los Estados Unidos (John Goodman) y su visualmente arrinconado Vicepresidente (Michael Stuhlbarg), mientras lidia con los intentos de capitalización ecológica de su hermana (Sandra Hüller) y las vanas recriminaciones de la comunidad científica, con un magnífico Riz Ahmed encabezando. Completan el reparto Emma D’Arcy y Jesse Plemons en roles que se van develando conforme avanza esta ¿sátira? ¿farsa?
Alejandro G. Iñarritu no se decide por una forma narrativa u otra, y luego decide agregar un giro más, y otro y otro. Con cierta facilidad en su ejecución, cabe admitir, que pudo incluso resultar muchísimo más atractiva de lo que terminó siendo.
Lo cierto es que “Digger” es una de las películas imprescindibles de este año. Y vale muchísimo la pena verla en una sala de cine. No solo por los elementos que funcionan en ella, sino por aquellos que no lo hacen, y cuya mayoría viven a medio camino entre ser parte de la película y externos a ella.
Tiene un punto de vista, y es majadera con ello. Eso no necesariamente está mal. Vivimos en tiempos en que es necesario ser reiterativo con los temas, porque la segunda pantalla brilla en nuestras manos. Esto quizás hasta habla del nivel de compromiso que esta película tiene consigo misma y sus muchísimos méritos. Las interpretaciones están todas, empezando por la de su protagonista, muy por encima de la media. La fotografía de Emmanuel Lubezki siempre es un deleite de ver en pantalla. Componentes como la música o el diseño de producción, también apuntan a lo alto. La narración no es una traba, el ritmo y los giros llevan la película con escasísimos tropiezos. Uno podría concentrarse en esas piezas de manera individual o en su efectivo funcionamiento colectivo, y deshacerse en halagos a su nivel.
Pero luego está el discurso. O más bien dicho, que podemos ver el estrado, el atril y el teleprompter del discurso. Parafraseando a Pauline Kael, “Digger” cae en la categoría de aquel cine que confunde tener una causa valiosa, con ser valiosa en sí misma. Ese siempre incómodo e irritante momento en que sabemos exactamente lo que la película nos está diciendo, lisa y llanamente porque nos lo está diciendo. Verbalmente. Con un personaje pregonando su sermón en el centro de la pantalla.
“Digger” es una conversación sobre la valoración que tenemos de nosotros como sujetos y como parte de la sociedad. Cómo nos vemos, nobles, morales. Cómo nos paramos frente al resto, que suelen pensar de manera similar sobre ellos. Rockwell es un ególatra, que pretende ser una pieza esencial en la historia, simplemente porque puede hacerles notar al resto que no son lo que aspiran a ser. Su estrepitosa caída no la provoca el debate, en donde triunfa de manera avasalladora, sino la naturaleza imparable, a la que nada le preocupan nuestros menesteres. Y todo esto es cierto. Concordar con un sermón como el que predica esta película puede ser tanto o más molesto que estar en desacuerdo con él. Pero eso no hace sus palabras menos ciertas.
Sí, somos una generación y una sociedad que vive en la comodidad y la displicencia. Sabemos el daño ecológico que causamos y ya hasta dejamos de crear excusas medianamente válidas para seguir haciéndolo. Nos gusta tener y hacer cosas que no necesitamos y estamos dispuestos a alimentar la avaricia de quienes se instalan en el poder sin remilgo alguno y cuando con justa razón una niña que apenas fue al colegio nos puede apuntar con el dedo por eso, preferimos hacer escarnio de ella. Las alarmas y los datos de la comunidad científica, nos importan todavía menos que a Rockwell.
Y “Digger” es además, una propuesta sobre el valor y permanencia del arte. De la necesidad de la existencia de los artistas como los bufones de la corte. De que las obras estén mirando al mundo de forma perenne, incluso aquellas que son productos industriales y pensados para generar rentas a esa misma corte. Y a propósito de aquello, surge la ineludible presencia del ego. Tampoco nos equivoquemos, era indispensable en este caso. Un artista debe tener una cantidad de ego abundante. El arte es al fin y al cabo una ventana al mundo, y un autor debe tener la suficiente confianza en su desempeño para llevarnos a esa ventana y hacernos mirar con su punto de vista. Esa es la mínima exigencia para que esa apertura cumpla su función y sea una obra de arte. Que sea entretenimiento, ya es un resultado con menos certezas y excesiva valoración en estos tiempos.
Pero hay ciertos inconvenientes cuando el creador quiere que lo mires más a él apuntando al vano, que al paisaje en sí. Y esto se ha convertido en una firma de Alejandro G. Iñarritu. Conocer la filmografía del mexicano convierte el ejercicio de apreciación en sesgado, casi por definición. Llegamos sabiendo quién dirige, y cuáles son sus virtudes y sus vicios. Y “Digger” hace casi imposible sacar la atención de esos hábitos. Se puede palpar que el predicador se tiene más en estima que a la prédica.
Es impresionante que con tanto discurso y tema, “Digger” resulte ser una película que peca de vacía. Pero hay una razón evidente para ello, y que va más allá de que todo lo que tiene que decir ya se ha dicho mejor antes, y es que todo debe quedar opacado por la otra demostración de presencia y a quien todos los focos deben apuntar: Tom Cruise. Quien encarna su rol protagónico a la perfección, quizás por lo mucho que funciona en niveles meta. Y es que pareciera que Cruise decide tomar todos sus aspectos en imbuirnos en su persona tanto como en su personaje. La excentricidad, la dedicación, las habilidades seductoras, la doble militancia, porque si hay algo que se puede decir del oriundo de Syracuse, es que le pertenece tanto al entretenimiento como al arte. No es que en realidad se pueda hacer una división categórica en el caso del Cine. Y menos con alguien que ha sido calificado y adulado como el “Salvador del Cine” y “La última estrella de Hollywood”, y que ha trabajado con directores de la talla de Scorsese o Kubrick.
El protagonista de “Misión Imposible” flecta sus músculos interpretativos y se instala más allá del personaje exhibiéndose a sí mismo con todas sus virtudes en pantalla. Y el resultado, tal como en el caso del cineasta tras la pantalla, es que con las virtudes, también se transparentan los vicios. Este es Tom Cruise diciéndole al mundo que puede ser un excéntrico multimillonario, y que también es un tremendo actor. De nuevo, lo sabemos porque la película nos lo dice.
Quizás lo más llamativo de “Digger” es lo meta que resultó ser. Es la arrogancia y el ego de Rockwell lo que lo lleva a su caída. No sé si alguien creyó en algún momento que a la película le pasaría exactamente lo mismo.



