Opinión
3 de Octubre de 2026
Columna de Isabel Plant: Simone de Beauvoir era escandalosa y eso es parte del punto
Por Isabel Plant
La vida de Simone de Beauvoir está lejos de ser un ejemplo de perfección moral, y probablemente nunca pretendió serlo. Pero intentar borrar a una autora de un homenaje por las contradicciones de su biografía abre una pregunta más profunda: ¿por qué las mujeres necesitan ser santas para que podamos reconocer sus ideas y sus aportes? A partir de la polémica por la petición de la directora de Prodemu de no destacar la biografía de la francesa, la columnista Isabel Plant escribe: "¿Era buena persona, Simone de Beauvoir? Probablemente no, pero qué me importa. Es lo que hacemos con Picasso o Neruda, o si hablamos de filósofos, con el mismo Sartre. ¡Heiddeger era nazi!".
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Simone de Beauvoir tuvo su buena cuota escándalos a lo largo de su vida: tres fueron las alumnas con las que tuvo algún tipo de relación o romance, lo que hoy sería descrito como “asimétrico”, siendo ella mayor y una reputada filósofa.
Por supuesto, su relación con Jean Paul Sartre ha sido mitificada: los poliamorosos originales, que juraron acompañarse, pero no casarse, ni tener hijos, ni ser monógamos. Sus cartas personales dan cuenta de las mismas miserias de muchas parejas -excepto, claro, que ellos eran ambos excepcionalmente inteligentes-: celos, odiosidades, pesadeces, manipulación de terceros a su antojo y más.
En los años 70, de Beauvoir fue líder del grupo que firmó el Manifiesto 343: redactado por ella cuando el aborto era aún ilegal en Francia, reconocía que todas las firmantes habían pasado por uno, exigiendo su liberalización.
Y, en 1977, fue parte del grupo de intelectuales – incluyendo al mismo Sartre, Foucalt y Derrida- que firmó una petición para terminar con la criminalización de las relaciones con menores de edad, y para que se eliminara la edad de consentimiento que era de 15 años.
Fue, también, la octava mujer y la más joven hasta ese momento -cuando tenía 21 años- en pasar el exigente examen de filosofía de Francia en su momento.
Fue, también, la autora de “El segundo sexo”, uno de los libros más influyentes del siglo XX, piedra fundacional de la segunda ola de feminismo, biblia del movimiento para muchas, convirtiéndola en un ícono intelectual pop: su imagen, con su trenza alrededor de la cabeza como un halo secular, en poleras, chapitas, stickers.
Fue, por supuesto, quien escribió que la mujer no nace, se hace, construida a partir de siglos de imposiciones que obligan a un deber ser femenino que encajona y encierra y exige.
De Beauvoir quería ser libre de todo aquello que oliera a imposición, moral o de género. Ser perfecta, como mujer, como feminista, como pareja, como maestra, no era de su interés -ni tampoco posible, para nadie-.
Por todo lo anterior, pedirle a políticas o funcionarias públicas de valores conservadores que admiren a De Beauvoir es mucho pedir; no tienen por qué.
Tampoco es obligación que las funcionarias de Prodemu, o del ministerio de la Mujer, o de la organización de mujeres que sea, conozca su historia, biografía y legado, ni que concuerden con sus postulados. Quienes sí se consideran feministas y sí admiran el trabajo de De Beauvoir tampoco están obligadas a estar de acuerdo con todas sus acciones, relaciones o morales personales; transformarla en un ícono incuestionable es también un despropósito reduccionista.
Que la directora ejecutiva de Prodemu, Jessica Flores, haya querido evitar que fuera resaltada en un reel tras leer su biografía de Wikipedia -desde la institución han asegurado que no hay censura, ya que los libros de De Beauvoir siguen disponibles en la biblioteca institucional- podría ser considerado por algunos como un escándalo pequeño, quizás anecdótico; pero lo que sí debería preocuparnos a todos, es que esto sea solo un anticipo a futuras prohibiciones de libros -recordemos que “La casa de los espíritus” de Isabel Allende ha sido censurada en algunos lugares de Estados Unidos-, autoras o corrientes de pensamiento, por ser contrarios a los del gobierno de turno. Ojalá no lo sea.
Yo creo la directora de Prodemu, en realidad, aún no debe entender todavía por qué las feministas contemporáneas siguen defendiendo a rajatabla a una mujer acusada de actos impropios con jóvenes menores edad. Es, por supuesto, contradictorio.
Pero eso es, justamente, el punto: el que podamos tener referentes femeninos que tengan biografías imperfectas, o tan contradictorias como las de cualquier hombre. Que sus aportes intelectuales, sociales o activistas, no se pongan en entredicho por sus vidas privadas (obviamente, a menos que sean asesinas en serie o violadoras de derechos humanos, etc.).
¿Era buena persona, Simone de Beauvoir? Probablemente no, pero qué me importa.
Es lo que hacemos con Picasso o Neruda, o si hablamos de filósofos, con el mismo Sartre. ¡Heiddeger era nazi! Y así. Solo a las mujeres, a lo largo de la historia, les hemos pedido ser santas para poder destacar; lavados de imagen que las vuelven incompletas.
No defiendo todas las acciones de Simone de Beauvoir, pero no por eso dejo de admirar su cerebro. Como ella misma diría: “Que nada nos defina. Que nada nos sujete. Que la libertad sea nuestra propia sustancia”. Ni a nosotras, ni a los hombres.



