EDITORIAL-591

La semana pasada constaté que el ambiente está más raro de lo que yo creía. Se ha dicho mucho, y es cierto: cunde la desconfianza, y esto a tal nivel, que abundan los que incluso temen hablar por teléfono. Me sucedió dos veces en un mismo día: “Tienes un fijo cerca?”, me preguntaron, y entendí que los celulares no eran seguros, y nuestra conversación peligrosa. La persona en cuestión trabajaba en La Moneda y el tema que nos convocaba era un vil pelambre, de esos que aquellos que disfrutamos la política hacemos varias veces en lo que dura una jornada, especialmente en tiempos como éste, de aguas revueltas. La segunda vez se trató de una denuncia, y entonces me propusieron directamente seguir hablando el asunto en persona, “para evitar todo registro”. Fue el mismo día que dos medios publicaron una foto del director de este periódico (yo) conversando con Paula Walker, y establecieron que ahí estaba la prueba de una oscura confabulación en contra del ministro del Interior. Me sentí parte de litigio ridículo, de miserables rencillas palaciegas, harto parecidas, en todo caso, a las que usó Shakespeare para retratar el alma humana. Lo malo de la desconfianza es que uno no sabe qué es qué, y lo bueno es que detona la imaginación. El problema es que cuando esto sucede, no hay quién la gobierne. Estamos viviendo el sueño de la razón, y ése, decía Goya, genera monstruos. La culpa la tiene, en gran medida, el gobierno. En lugar de decir las cosas como son, prefirió jugar a las escondidas. Peñailillo, en vez de explicarle a todos lo que muchos sabemos –que las candidaturas han estado mal financiadas, que desde el regreso de la democracia es un tema pendiente y que cada grupo, para subsistir, ha acudido incluso a las platas enemigas, dando pie a un contubernio indeseable- optó por insistir en que no había pecado alguno ni triquiñuela de ninguna especie, cuando sobran las evidencias que indican lo contrario. Así el escenario quedó en tinieblas, e instalada la desconfianza, la furia justiciera perdió su capacidad de distinguir. Basta que se ligue un nombre a la palabra “boleta” para que la jauría empiece a salivar, y antes de llegar al apellido ya le está saltando encima al individuo. No es lo mismo, sin embargo, el miembro de un comando que da una boleta sin saber quién finalmente la pagará, que un funcionario público que recibe sueldos de una empresa. Ni es igual un candidato que se enriquece que uno que a duras penas financia su campaña. Pero el asunto se ha manejado tan mal, que llegamos a esa noche en que todos los gatos son grises, y pocos le creen a la autoridad. Falta claridad en esta historia y liderazgo para iluminarla, y me cuesta imaginar cómo se puede salir de este entuerto con los mismos que apostaron por la negación. Mañana conoceremos las conclusiones de la Comisión de Transparencia, y es de suponer que dispondrá una serie de medidas para evitar que se perpetúe la sospecha. ¿Cómo podrán implementarlas aquellos que hasta hoy han jugado la carta del ocultamiento? Para retomar la calma, no le sirven a la presidenta los niños aterrorizados. Necesita adultos que prendan la luz, y en lugar de advertir la presencia de fantasmas, enfrenten el viento que mueve las cortinas. No faltarán quienes juren que me refiero a la vieja Concertación.