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La candidatura de Ricardo Lagos se encuentra agónica. El tiempo le pasó por encima. No me refiero a sus ideas ni a lo que podría ser su plan de gobierno, sino a la puesta en escena de dicha oferta. Procuró entender lo que Chile necesita, sin antes encontrarse en los ojos de los chilenos actuales. Ya no son los mismos chilenos de antes. Quienes llegaban a la universidad al comenzar la Transición, hoy tienen hijos estudiando en la universidad. Pero ni ellos ni sus hijos se han visto en la campaña. Apostó por ordenar tras él a unos partidos envejecidos y desalmados, que sólo se ordenan ante quien les garantice mantener el poder. Ellos no están con quien represente mejor su pensamiento, sino con quien les indique cuál es el pensamiento más rentable. Como dice el sociólogo polaco recién muerto, Zigmunt Bauman: “La cultura de la modernidad ya no tiene un populacho que ilustrar y ennoblecer, sino clientes que seducir”. Y Lagos no ha sabido ser un buen producto (dudo que le gustara ser considerado así). Hoy por hoy, los partidos políticos no piensan: invierten. Pensar, de hecho, no está de moda. Pocos están pensando en un verdadero proyecto colectivo. ¿Dónde se metieron los intelectuales de izquierda? Lo que pega más es sentir. Sentir que no me tratan como merezco. Sentir rabia porque otros llegan donde yo no. Sentir, o sea, concentrarme en mí mismo. Lagos le apostó a su prestigio en una era que aborrece del prestigio. En lugar de ser el corazón de un cuerpo con órganos nuevos, el abuelo sabio que se esconde tras unos nietos vigorosos, salió a ponerle el pecho a las balas como el hombre de acero que no era. Porque ya no hay hombres de acero. Y eso lo entendió Guillier, el hombre de lana. “Es necesario escuchar más e imponer menos”, dijo en el discurso de lanzamiento oficial de su campaña. Algo así como ser blando y no duro, esponja en lugar de flecha, más oído que voz. Una frecuencia que inauguró Michelle Bachelet y que a pesar de los augurios de sus detractores, que al verla caer en las encuestas juraron que el deseo de los chilenos sería una figura patriarcal, encontró en Guillier un camino de continuidad. Todo está “líquido”, repiten ahora. (Este adjetivo me tiene curco). Líquido, es decir, amorfo, lleno de furias vanas y ruidosas, pero desprovistas de firmeza. Hasta nuevo aviso, con Lagos se extingue una manera de entender la política. La imagen del estadista cayó en el descrédito. El deseo de un líder ha dado paso a la búsqueda de un igual. Si sabe mucho, no sirve. Guillier dijo: “el programa no puede ser una construcción de intelectuales o de técnicos”. Le está hablando al oído a los chilenos del presente. “Tú gobernarás Chile”, le está diciendo al único loquito de la familia que le gusta la política, mientras el resto conversa acerca del auto chino que se compró la sobrina. Y si esos lo miran de reojo, les cae bien, lo encuentran sencillo, normal, llano, confiable. Igual a ellos. Siempre un poco abrigado. Desprovisto de las auras luminosas del poder. Para postular a mandar, ahora es fundamental parecer nuevo. Cunde la sensación de que le toca a otros. “¡El abuso campea en Chile porque los responsables de impedirlo lo toleran!”, gritó Guillier cuando lanzó su candidatura. Él encarna a “los otros”. El fin del imperio de “los mismos”. Yo creo que será el próximo presidente de la república.