Nadie puede negar el profundo conocimiento de José Bengoa sobre el mundo mapuche y su historia. Sus libros, además de rigurosos, son entretenidos, vivos, urgentes y necesarios. Ahora, saber mucho de un tema no es excusa para hablar con ligereza extrema de otro del que no se sabe casi nada. En este mismo medio, la edición pasada, Bengoa construye a partir de una coincidencia documental un paralelo entre la guerra catalana del siglo XVII y la guerra de Arauco de esa misma época. De ahí teje una serie de ideas vagas, imprecisas o totalmente absurdas para intentar, no se sabe cómo, relacionar la lucha del pueblo mapuche con el golpe de Estado institucional que protagonizan algunos políticos catalanes ahora mismo, delante de la vista y paciencia de los tontos útiles de izquierda que creen que la democracia no tiene los mismos derechos que el autoritarismo a defenderse de sus asesinos en serie.

Bengoa es historiador y no es necesario recordarle que, aunque la España de los Austria lleve el mismo nombre que la democracia europea de hoy, sus realidades políticas son diametralmente distintas. Claro, España sigue teniendo un rey (Borbón ahora), pero sus autoridades son rigurosamente elegidas por sufragio universal, sus poderes son separados, su libertad religiosa y de expresión es total. También los catalanes de hoy no tienen nada que ver con “los segadores” que protagonizaron la rebelión contra el conde Duque de Olivares, al que alude Bengoa en su artículo. Aunque en este caso hay una misma obsesión histórica: Los catalanes de ayer y de hoy se rebelaron por no querer pagar los mismo impuestos que el resto de los españoles. Esa ha sido la única pasión constante del pueblo catalán, conseguir privilegios fiscales. Que yo sepa esta no ha sido nunca el centro de las reivindicaciones mapuches.

La guerra de los catalanes terminó como termina todo en Cataluña, el día en que los catalanes descubrieron que sus aliados franceses les cobraban más impuestos y despreciaban más a sus instituciones que los españoles. Como los mapuches de entonces, descubrieron que era más cómodo ser parte de un imperio plurinacional, donde todas las lenguas y culturas se mezclan, que ser parte de un Estado centralizado y fuerte que alaba tu valor indomable en público y te devuelve desprecio e ignorancia a escondidas.

Hasta ahí los paralelos entre catalanes y mapuches. La diferencia esencial entre sus luchas nace de una constatación evidente: Cataluña es una de las regiones más ricas de España. Tiene policía, bandera, himno, sanidad, educación, televisión, radio y toda suerte de instituciones “culturales” propias. La Araucanía es en cambio una de las regiones más pobres de Chile, y no goza de casi ninguna de las autonomías que a Cataluña parecen no bastarle, aunque ni la independencia puede conseguirle más atribuciones, más libertad, y más prosperidad de la que gozan. Y sí, la historia se repite, y lo más seguro que esta apuesta por más logre que Cataluña tenga menos de esa libertad que no supieron, que no quisieron -preso de dirigentes corruptos- defender. No serán franceses los que se lleven esta vez la mitad de Cataluña sino los Pujol y su familia, o sea la cara más fea de la derecha bancaria, el corrupto que usa al pueblo, sus víctimas como escondite de su botín.

Yo sé que los amantes de las cosmovisiones, y las magias lingüistas no les gusta recordar que la gente concreta y real paga sus cuentas, sus impuestos y su comida con dinero de verdad y no con canciones y leyendas. Ninguna invocación romántica a la arcadia feliz, donde los cazadores recolectores vivían en perfecta armonía con la naturaleza, podrá convencerme que es lo mismo la lucha de los ricos, para intentar que sus impuestos no beneficien a los más pobres, que la lucha de los pobres para que los ricos no sigan robando lo poco que les queda. Los mapuches fueron víctimas de un consciente y visible expolio. Hoy sufren bajo la garra invisible de un racismo que no quiere decir su nombre, pero que es constante y sonante. En La Araucanía los mapuches son en general pequeños propietarios de campos de subsistencia. En Santiago se convirtieron en mano de obra barata, como si tuvieran que pagar un precio por llevar apellidos y colores de piel distintos a la minoría gobernante. Si a alguien se parecen en España es a los andaluces, que debieron emigrar de sus tierras secas y arruinadas a Barcelona, Bilbao y San Sebastián, siendo tratados ahí como ciudadanos de tercera. El nacionalismo catalán y vasco nació justamente del desprecio de la burguesía local por esos pobres sin zapatos que invadieron su oasis feliz. En el centro de toda su doctrina, se aloja una profunda xenofobia alimentada de la leyenda negra española que los ingleses y los franceses han sabido usar en su ventaja.

Los mapuches no han caído nunca en esa ingenuidad. Por eso muchos lucharon del lado de los españoles en la guerra de independencia. Sus hermanos gitanos en Barcelona son los más virulentos españolistas. Saben que no hay nada más peligroso para su supervivencia que los ventrílocuos que agitan el muñeco de “la autodeterminación de los pueblos”, para exigir ocho apellidos catalanes, impuestos especiales a los que les falta pureza de sangre y adhesión al Führer de turno. Saben que la idea de haber llegado antes a un territorio, que la invocación al espíritu ancestral de las lenguas, fueron en Alemania los argumentos para exterminarlos sistemáticamente. Saben que en el fondo, el nacionalismo, por más moderado que quiera ser, esconde siempre le bigote de Hitler y la calva de Mussolini.

No olviden que esos dos siniestros ventrílocuos de la voz del pueblo ancestral, se llamaban a ellos mismos socialistas. No olviden tampoco que los primeros en caer en sus garras fueron los historiadores sentimentales, los que confunden sus estudios de los bailes y cantos populares con algún tipo de derecho místico, con la existencia de un pueblo sempiterno y fantasmal que tendría derecho a atropellar y oprimir el que no quiere ser del todo ni mapuche, ni andaluz, ni chilenos tampoco, que solo pide un Estado que respete su derecho a no saber qué es, un Estado que respete su derecho a ser otro que el mismo.