Hace unos años, en una librería pequeñita y desordenada, como las buenas librerías, me tropecé con la obra de Antenor Firmin en su edición moderna en francés. Era junio del 2001 en Rhode Island, Estados Unidos. Era una versión de una microficha de la Biblioteca Nacional Francois Mitterand, obtenida a su vez del original que se encuentra en el Museo del Hombre del Trocadero de Paris. 

El libro “The equality of Human Races. Positivist Anthropology”, escrito en 1884, donde se recordaba su vida y obra, fue “clasificado” -escondido, olvidado y ocultado- salvo en Haití, en que se recordaba su vida y obra. Es un extraordinario caso de racismo académico e intelectual. Por misteriosas razones las copias se perdieron y solamente quedó constancia en la biblioteca en que se guardan todas las publicaciones que se han producido en Francia. En el año 2000 fue la edición en inglés, en el 2003, 120 años después, en francés y hace unos años se lo tradujo en Cuba por parte de la Casa de las Américas, versión que lamentablemente no conozco.

Anténor Firmin fue un sabio, diplomático, escritor, político haitiano y había ingresado a la Sociedad de Antropología de París que fundara Broca en 1859, quizá la primera Sociedad de Antropología del mundo. Firmin ingresó a esa Sociedad que tenía como principal tema de investigaciones la demostración que las razas humanas eran diferentes y que en particular la negra era inferior. Entró a formar parte el año 1884. En esos días el racismo se había hecho doctrina oficial y el libro de Gobineau “Acerca de la desigualdad de las Razas Humanas” (“De la Inegalité des races humaines”) parecía ser la Biblia de quienes creían hacer antropología o lo que eso se denominara. Firmin escribe un libro en contra de estas ideas el que fue publicado en 1885 en Paris, es el “anti Gobineau” escrito nada más ni nada menos que por un sabio afrohaitiano. “De l´egalité des races humaines” se denomina y lleva por subtítulo “Anthropologie positive” y es firmado por A. Firmin “Membre de la societé d´anthropologie de París”. 

El libro es simplemente fantástico y podría haber sido escrito el año recién pasado. Es totalmente vigente en su lenguaje, sus ideas, sus argumentaciones y propuestas. Quizá lo único que es preciso cuidar en su lectura es el concepto de “raza”, que en esa época se ocupaba sin mayor análisis crítico, y que hoy día es impresentable. 

Humanos y humanoides

Ghislaine Gèloin, quien ha publicado la versión francesa en L´Harmattan, cuenta que en la sesión del 19 de noviembre de 1885, “La Sociedad de Antropología de París tuvo el honor de examinar a tres Australianos que se exhibían después de algún tiempo en las capitales de Europa (el cuarto había muerto esa misma mañana y no fue posible conseguir su cadáver para examinarlo públicamente). El informe señala los comentarios de los miembros de la sociedad, por ejemplo, el tipo feo de la raza inferior, el olor de la boca, la mujer es tratada de estúpida (sabemos que era su marido el que había muerto esa misma mañana). En breve todos han concluido que se trata de verdaderos brutos. Se los ha hecho cantar y hablar para estudiar sus voces de negros primitivos. Observaciones frías y sabiondas insensibles que están consignadas en las Actas de la Sociedad tal cual. Uno se puede preguntar si Firmin asistió a esa exhibición”.

Pero sí sabemos que Firmin estaba presente en la sesión del 21 de abril de 1892. La Sociedad de Antropología de París discutía esa vez de la cuestión de los cráneos, dolicocéfalos, braquicéfalos y toda esa locura de clasificaciones de las cabezas de los humanos. Y por cierto, que la tesis que presidía la audiencia era que los cráneos expresaban el nivel de capacidad del cerebro y por tanto eran la prueba irrefutable de que había unos entes semihumanos (“humanoides”) con menor capacidad cerebral y otros con mayor capacidad.

La discusión era sin duda complicada ya que en los hechos se trataba de utilizar evidencias empíricas para sostener una ideología que provenía de intereses ligados al colonialismo y la esclavitud. Nunca, como es bien sabido, las series craneanas les coincidieron. Mientras todos los sabios doctores pontificaban acerca de las limitaciones de la raza negra se escucha del fondo de la sala un “pido la palabra”, en un muy buen francés. Se la otorga Brocca e interviene Firmin señalando su tesis de que la capacidad humana depende, no de la naturaleza del hombre, si no del medio ambiente especialmente social en el que se ha desempeñado. Probablemente su argumentación fue extremadamente brillante por lo que uno a uno de los presentes comienzan a darse vuelta y asombrarse que quien habla es una persona de tez negra.

Un miembro presente le dice al conferencista “no puede ser, su teoría se derrumba”… el Señor Bordier, miembro de la Sociedad, por cierto muy contrariado de que su teoría se estaba haciendo pedazos, le pregunta a Firmin si acaso no hay “des Blancs parmi ses ascendants” (…algún blanco entre sus ascendientes). A lo que Firmin le responde que no cree imposible que haya alguna parcela de sangre blanca, pero que no cree que se deba a ello su inteligencia. El académico le vuelve a decir que quizá esa “parcelle de sang blanc” le pudo modificar el cerebro y de allí proviene su inteligencia. Otro académico le solicita al señor Firmin si él estaría de acuerdo a dejarse medir el cráneo en público en medio de la sesión. Firmin accede siempre que lo hagan todos, lo que así ocurre. “Bordier con mucho orgullo le recuerda a la Asamblea que un mulato miembro de la Sociedad era dolicocéfalo”, dice en el Boletín  de la Sociedad que cita Géloin.

Hacía mucho tiempo que no leía una página más brutal acerca de los orígenes de la Antropología. Efectivamente el tema central de la Antropología durante decenas de años fue demostrar lo indemostrable: que habían seres humanos y seres semihumanos. La prueba estaba en los cráneos.

Racismo científico

Cuando el año 1968 viajé de Valparaíso a Santiago a visitar el Instituto de Antropología de la Universidad de Chile, me llamaron la atención las repisas de cráneos y sobre todo una llena de polvo frente a una ventana donde se veían los huesos y las terroríficas mandíbulas llenas de dientes salientes. La craneología aún otorgaba cierto color o prestigio científico a la antropología. La pinza medidora de cráneos estaba colgada de las murallas como símbolo de la profesión clasificadora por excelencia. Todos lo hicieron. Gusinde le midió la cabeza a cuanto Ona y Yámana encontró. Según Jorge Pavéz le siguió midiendo cabezas a judíos y otros perseguidos por los nazis cuando regresó a Viena, por ser de cráneos chicos y por tanto catalogados de semihumanos. Latcham se dedicó a medir cráneos de muertos y vivos.

El racismo autodenominado “científico” es la página más oscura de la Antropología. Sus teorías sin prueba ninguna sin embargo persisten en el sentido común, el vulgo y por cierto en muchos antropólogos y escuelas de Antropología.
Es como los estudios de criminología craneana de Lombroso. Visitar el Museo de su gabinete en Torino es uno de las experiencias más horrorosas  que se puede tener. En grandes frascos de formol, alcohol o algo parecido, flotan unas cabezas de asesinos, violadores, ladrones de gallinas y personajes tenebrosos. Al sabio turinense no le cupo duda que los asesinos tenían en común varias cosas: pelo muy oscuro, cejas juntas, frente estrecha, ojos bizcos y profundos, dispuestos a matar. De ahí a la clasificación, un paso. Por una extraña casualidad todos se parecían y se parecen a los italianos del sur, a los “sicilianos”, casi africanos o vecinos de ellos. 

Esas ideas llamadas científicas se desprestigiaron con el tiempo en los medios académicos y han sido criticadas mil veces, pero no han sido erradicadas del vulgo, de las policías que cuando tienen que atrapar a un sospechoso, observan  en primer lugar el color de la piel, los pelos, ojos, narices, promontorios y demás accesorios que el ser humano lleva en su superficie.

La amenaza del terrorismo hoy en día ha puesto nuevamente en vigencia estas conductas y miradas del “racismo corriente” o también denominado “racismo ordinario”. Es frecuente ver en los aeropuertos a la policía “pajareando” a quienes bajan de los aviones, por su pinta o aspecto. Firmin dice, “los Morton, Renan, Broca, Carus… Gobineau, toda la falange orgullosa proclama que el hombre negro está destinado a servir de alfombra al poder del hombre blanco. Yo tengo el derecho a decirle a esta antropología mentirosa: ¡no!, tú no eres una ciencia”. Hoy día es fácil decirlo pero no en 1885.

Tuve la oportunidad hace unos años de visitar la Escuela de Antropología de la Universidad de Puerto Príncipe en Haití y dar una conferencia. Al entrar al patio había un enorme grafiti en el muro con el rostro de Firmin como uno de los próceres y fundadores de la Escuela antropológica haitiana. Viene al caso retomar este tema hoy que en Chile tenemos una enorme migración proveniente de ese país y vemos a miles de jóvenes hombres y mujeres, desempeñando por lo general los oficios más humildes. Quizá la antropología tiene como su principal objetivo en este momento hacer de la lucha contra el racismo y la xenofobia su sentido y razón de existencia”.