Las sabrosuras de un compositor cabaretero

POR JUAN PABLO ABALO

“¿Por qué no recurrir a los modelos representativos que nos ofrecían Claude Monet, Cézanne, Toulouse-Lautrec? ¿Por qué no transportar musicalmente estos medios? Nada más sencillo”, escribió el compositor francés Erik Satie respecto de la mudanza de procedimientos de un arte a otro. Cuestionamientos como éste, ocurrencias de toda clase y las más variadas y originales ideas (registradas por Satie en pequeños cuadernillos de borrador que lo acompañaron a lo largo de su vida) recoge la excelente biografía sobre el músico publicada por Mary E. Davis y que ha llegado recientemente a Chile.
El encandilamiento que suscitaron, hacia finales del 1800 y principios del 1900, Wagner, Debussy y más tarde Stravinsky, puso a Satie en un segundo plano, en el patio trasero, pese a que buena parte de las innovaciones musicales que tomó el propio Debussy y que configuraron más tarde al movimiento impresionista fueron previamente halladas por el pianista cabaretero, Satie. Novedades en la estructura y la armonía, la parodia como procedimiento generador de cortocircuitos en el intérprete y el oyente y las desconcertantes indicaciones de carácter que añadía a sus partituras, organizan la obra de este imaginativo compositor aparentemente inofensivo, pero que, bien atendido, resulta ser dueño de un trabajo corrosivo como pocos.
Un reducido número de músicos olfatearon que los de Satie eran inventos revolucionarios que darían paso a una importante tradición. Es el caso del norteamericano John Cage, que decía del francés: “En Satie no se trata de una cuestión de relevancia. Él es indispensable”. Décadas después, y sirviéndose sobre todo del aspecto humorístico, visual y minimalista de la obra de Satie, Cage continúa esta tradición satírica extremando las posibilidades de cada uno de estos aspectos. Y es que, pese a ser considerado por muchos como un compositor menor dentro de la gran tradición musical escrita, Erik Satie es uno de los pilares indispensables para entender la música moderna y la actual. Su apego irrestricto a las músicas populares y de cabar (lugar en el que, según él, “se intercambian sólo ideas que pueden ser provechosas”), las que mezcló siempre con la llamada alta cultura, lo llevaron a construir piezas (principalmente para piano) casi inmóviles y de particular sencillez, las que dejaron a muchos desconcertados, sin juicio. Es esta sencillez para su amigo Jean Cocteau la mayor audacia del autodenominado gimnopedista, que se las arregló para siempre desteñir con lo reinante, lo institucionalizado.
Su paso por el dadaísmo, sus piezas humorísticas para piano (Sonatine bureaucratique), la importación temprana a su música de algunos elementos del jazz americano, su particular gusto por la moda y la ropa (plasmada en las piezas multimedias para piano: mezcla de textos, diseño gráfico e ilustraciones tituladas “Sports and Divertissements”), así como sus visionarias ideas sobre una música de carácter industrial destinada a rellenar los ambientes (Música de mobiliario) y las dificultades económicas que no lo dejaron ni a sol ni a sombra, son solo parte del completo trayecto de esta gozosa biografía. El reconocimiento, esquivo durante su vida y los años que le siguieron, ha crecido planetariamente con el tiempo, provocando toda clase de teorías y conjeturas al respecto de su figura y obra. Una de las más radicales es la de atribuirle ser el “padre del rock” (involuntario por cierto), y aunque aspectos de su música anticipan al rock (y al pop de alguna manera también), es tal vez la actitud subversiva del compositor, su rebeldía casi perpetua la que lo emparente directamente con una música que surgirá casi cinco décadas después como respuesta al aburrimiento de lo correcto: “Los artistas de nuestro tiempo se están convirtiendo en hombres de negocios, y tienen los mismos razonamientos que los notarios”, decía este hombre que mantuvo con el arte una comprensible relación de amor y odio: “Me cago en el arte, le debo demasiados reveses…”, llegó a decir.

ERIK SATIE
Mary E. Davis
Editorial Turner
180 páginas.

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