• Lo dice María Isabel Encina, ex coordinadora del Programa de Violencia Intrafamiliar del Sernam.
Foto: Alejandro Olivares
Los anarquistas y los mineros coparon las noticias y pasó desapercibido el acuerdo histórico al que llegó el Congreso de apoyar el proyecto de ley que tipifica la muerte de las mujeres dentro de una relación de pareja como “femicidio” y que propone penas para los maridos y parejas (actuales y ex) de 15 a 40 años de presidio. Un proyecto que contradice los lineamientos del nuevo Sernam, que como advertimos hace dos semanas en un reportaje, planea atender sicológicamente a los hombres que agreden a sus esposas en el mismo centro donde ellas reciben apoyo. Las funcionarias del servicio relataron a The Clinic su preocupación ya que la misma experiencia fue realizada el 2001 y los hombres sólo iban al centro a agredir a las víctimas. La asistente social, Isabel Encina, conoció de cerca este episodio. Jubiló el 2008 y estuvo 10 años en el Programa de Violencia Intrafamiliar (VIF). No está de acuerdo con la propuesta de Schmidt y acá explica por qué.
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Los primeros estudios que hizo el Sernam en 1991 fueron -según Isabel Encina- sobre violencia hacia la mujer. Más de 50% de las mujeres vivían violencia al interior de la pareja y se hicieron campañas comunicacionales donde las víctimas daban testimonio. “Una mujer que habló en el sur fue asesinada por su marido”, recuerda. Recién el ’94 apareció la ley de violencia intrafamiliar que sancionaba la violencia como “falta”, multando al agresor. Sólo en el 2005 la violencia se reconoció como “delito”. Aquello, según Isabel, demuestra lo mucho que ha costado visibilizar este problema como “un problema de Estado”. Ella misma integró un equipo que capacitó a 25 mil carabineros en cómo acoger denuncias. Antes, los policías tendían a decir que eran “problemas privados”.

El 2001 nacieron los Centros de la Mujer. Hoy son 90, financiados por el Sernam. Su primer modelo de atención incluía a hombres agresores y a los hijos.

¿Antes también se veía la violencia como un problema familiar?
Claro, no se veía como violencia de género y cuando hablo de “género” me refiero a la desigualdad de poder. Ninguna de esas reflexiones estaba ahí. Cuando se hablaba de violencia del hombre hacia la mujer, se decía que ellos no sabían resolver bien los conflictos. Por eso, se atendía a toda la familia, pero llegaban 200 mujeres y sólo 15 hombres; a quienes se les hacían terapias sicológicas cuando su problema no es sicológico. Los agresores no son enfermos y con una terapia no toman conciencia que están cometiendo un acto de violencia y que tienen que cambiar. Para que un trabajo con hombres tenga efecto, se necesita resocializarlo, que vuelva a analizar sus estereotipos; cuáles son las ideas que tiene respecto de la mujer, al papel de la relación de pareja. Se trata de un proceso más complejo que no basta con una terapia sicológica.

Las personas que trabajaban esos años me contaban que el agresor cuando iba a los centros violentaba a las mujeres.
Eso es común. En las Casas de Acogida donde están las mujeres que sufren violencia grave, hay hombres que las esperan a que salgan y las matan. A nosotros hasta ahora no nos ha pasado, pero ha pasado en España y en otros países. Por eso, cuando veo la propuesta de la ministra Schmidt digo que no entiende nada del problema de la violencia. Nosotros hasta el 2003 intentamos ser integrales, pero no teníamos ni las condiciones económicas, ni la capacidad técnica y modificamos el modelo de los centros para atender sólo a las mujeres. Hubo parlamentarios en regiones que se opusieron y la ministra Cecilia Pérez fue firme al decir que no podíamos resolverlo todo y que teníamos que centrarnos en las mujeres que sufrían violencia porque por primera vez en este país ellas estaban teniendo un nivel de atención.

¿Al trabajar sólo con mujeres, qué empieza a cambiar?
Que ya no sólo trabajamos la parte terapéutica sino que también la parte social. Queremos que ellas tomen conciencia del problema que tienen para que puedan salir de ahí. Se les enseñan sus derechos: que tienen derecho a tener un proyecto de vida, a ser autónomas, que son seres humanos. Cosas que nunca antes habían sido tratadas.

¿La derecha entiende eso?
La derecha no entiende que la violencia intrafamiliar facilita que la familia entre en crisis. Ellos creen que la familia se destruye cuando la mujer víctima de violencia dice “me separo”. Creo que hay un sinnúmero de tareas pendientes que la ministra Schmidt no ha olido. Como trabajar con la comunidad para convencernos que la violencia no es de la mujer agredida, es de todos. Los expertos en violencia que trabajan con hombres lo dicen: “la violencia es un problema de los hombres para las mujeres”. Son ellos los que tienen un problema que los hace ser agresivos y muchas veces resuelven conflictos entre ellos ocupando el cuerpo de las mujeres como botín de guerra. O como las peleas de los narcos rivales, cuando se raptan a una mujer y la violan para decirle al otro “cuidado”. Quienes hemos trabajado en violencia, sabemos que el trabajo con hombres es absolutamente necesario para reducir la violencia. Sin embargo, esto es un objetivo estratégico a largo plazo. Entonces, pensemos bien cómo lo vamos a hacer y cómo lo enfocamos.

¿Qué otros focos debieran impulsarse primero?
Todavía hay muchas cosas por resolver. La creación de más centros es muy importante, sobre todo en zonas rurales. Más allá que sea el 13% de la población, la violencia que las mujeres viven en esos lugares puede ser más compleja por la mirada que hay de lo femenino. Ese derecho que tiene el marido de pegarle a la esposa porque no cuida bien a los niños. Segundo, urge ampliar este modelo de intervención que se practica en los centros; que estima 3 ó 4 meses de atención sicosocial para las mujeres agredidas. Debería ser más tiempo. También hay que mejorar la ayuda a las mujeres que viven violencia grave y severa, que están hoy en las Casas de Acogida, etc.

Pero hoy la prioridad es trabajar con hombres que agreden en el mismo centro de las víctimas.
Las consideraciones para que el agresor no pueda ser atendido en el mismo centro que la víctima es que no existe la capacidad de proveerle seguridad a la mujer. Si hoy hay femicidios, no hay seguridad. Por eso, si la ministra me dice que a los 15 agresores que van a ir a los centros les va a poner un carabinero al lado y ese carabinero va a dormir con ellos para proveerle seguridad total a las mujeres, entonces esto puede hacerse en los centros. De otro modo, es inviable. ¿O acaso el primer día que les maten a una mujer vamos a reaccionar?