El cura Medina dice que pedalea dos rosarios diarios. El periodista que lo entrevistó hace poco para la revista Caras, asegura que tiene varios de estos instrumentos de plegaria colgando del manubrio de su bicicleta estática.

Es coqueto: cuando está entero revestido, se nota que le gusta el disfraz de cardenal. Debe haber gozado su estancia en el Vaticano. Es abiertamente político, y por lo general bastante más directo que la mayoría de sus correligionarios. En Roma participó del círculo más poderoso de la curia. Fue hombre de Angelo Sodano durante el reinado de Juan Pablo II; gestor y protagonista de la avanzada conservadora que por esos tiempos se encargó de desarticular a los teólogos de la liberación y sus cercanos.

A él, se nota, le atraen mucho más los corredores del poder que las villas miseria. No tengo el dato, pero apuesto que estuvo varias veces con Maciel. Si en el Vaticano existe algo parecido a una mafia, Medina la conoce. Ha sido siempre un Catón, uno de esos para los que la palabra moral encierra una serie de normas escritas por ellos. Despotrica contra el divorcio, el feminismo, el aborto en cualquiera de sus versiones, la libertad sexual, etc., y no es precisamente de aquellos cristianos que supeditan el veredicto a la misericordia. Salvo, según vemos actualmente, que se trate de enjuiciar a los propios.

“La fragilidad humana hace sus picardías”, dice ahora, para explicar por qué lo de Karadima, la madre Paula y otros casos de abuso sexual al interior de la Iglesia no debieran causar tanto alboroto. Como un liberal hecho y derecho, hoy predica la tolerancia. Todo dentro de la Iglesia, eso sí, nada fuera de ella. Si el monaguillo ultrajado se espanta y arranca lejos de los muros del catolicismo, es que “¡tendría la fe pegada con moco!”. La frase es de su mamá.

Este cardenal sabe ser carerraja, pero de tonto no tiene un pelo. Cuando dice que no es lo mismo un niño de 8 o 9 años que uno de 17, y asegura que un muchacho de esa edad ya sabe lo que hace –refiriéndose a la actividad erótica-, no creo que sea el moralista quien hable, sino, una vez más, el político. De manera elusiva está advirtiendo una gran verdad: que no es lo mismo ser pedófilo que ser homosexual. Debe saber perfectamente que hay muchos gays entre los curas y monjas, no siempre castos, y si a cada uno de ellos se le considera un violador, lo que viene es una debacle criminal.

No son pocos los que se preguntan hoy sobre qué complicidades se han fundado las redes de protección al interior de la Iglesia. Las sospechas, por cierto, pasan con frecuencia por la intimidad. ¡Fuerte lo de la Iglesia católica! ¿Están predicando sobre esto en los templos los días domingos? ¿Porque de qué más podrían estar hablando? Los que nunca se concentraron en el discurso genital, como el cura de La Legua, seguirán clamando por la dignidad humana, ¿pero estos otros? ¿Los Medinas? ¿Se atreverán a seguir pontificando, apedreando a la adúltera, enviando gente a los infiernos? Según este blanco Cardenal, es todo culpa del demonio. ¿Conseguirá Ezatti ponerle nombres y apellidos?