A la vuelta de la esquina

Foto: Alejandro Olivares

El rechazo a HidroAysén, los reclamos de los estudiantes y la furia contra La Polar, son todas reacciones contra la fuerza excesiva del lucro. Pocos niegan el valor que encierra generar riqueza; prácticamente nadie prefiere recibir menos que más. Sólo que cuando este deseo natural se ciega y pierde de vista el sinnúmero de otras variables que aportan a una vida feliz, la ambición sacrifica su encanto originario.

Se vuelve devoradora, prepotente y excluyente. Durante años en Chile admiramos esas ansias desbocadas. El que salía luciendo su fortuna pasó a la categoría de transgresor. El “nuevo rico” le sacaba la lengua a los conservadores austeros y alcurniosos. Farkas, por mencionar un ejemplo emblemático, apareció justo en el momento en que la lucha por la riqueza aún era percibida como una causa democrática. El sumun de la justicia se resumía en que cualquiera pudiera enriquecerse. La meritocracia elevada a la categoría de máxima virtud social. Farkas –apellido advenedizo- relampagueó como una estrella de Belén.

Tiraba plata a trocha y mocha; se movilizaba en autos principescos; donaba cientos de millones para causas benéficas; en los restaurantes, los garzones se juntaban a rezar para que fuera a comer ahí, porque dejaba propinas millonarias. Casi fue candidato a la presidencia de la república y, de hecho, finalmente conquistó La Moneda otro harto más acaudalado que él, aunque a primera vista menos excéntrico.¿Qué pasó que de pronto esa fiesta perdió el brillo, como la ciudad de Las Vegas lo pierde de día?

Se supone que la crisis fue bien sorteada, que se han creado empleos como nunca en la historia y que el país ha recuperado su tranco de crecimiento. Quizás sea que, para muchos, todo esto es un cuento de hadas mientras ven subir el precio del pan, las paltas y la parafina. Algo de eso ha de haber. El chorreo, a partir de determinado momento, ofende más de lo que se agradece.

La gallada ya no se contenta con migajas. Sin duda que las actuales demandas responden, en buena medida, al crecimiento alcanzado. De lo contrario, el grito seguiría siendo “¡¡Pan, Trabajo, Justicia y Libertad!!”, y nada más lejano a las protestas de hoy. El drama, por estos días, lo tiene la mujer que compró un plasma y le están cobrando varios meses de sueldo para pagarlo, mientras el gerente a cargo se gasta en una tarde la deuda que la tortura; el universitario que se endeuda de por vida para pasar por una universidad de cuarta y los escolares que, casi intuitivamente, adivinan estar siendo parte de un modelo para el que no todos importan lo mismo.

Los pingüinos quieren cambiar la Constitución. Repiten con una seriedad que contrasta con sus caras chacoteras la necesidad de cambiar un par de artículos que garantizan el libre mercado educacional, y en los que el Estado deslinda, de profundis, su responsabilidad en la calidad del servicio de sus educandos.

No soy de los que aborrece la lógica de la ganancia, pero convengamos que la formación de los miembros de una sociedad que aspira a la justicia, no puede quedar en manos de codiciosos. A mí me gustaría que los niños estudiaran en el colegio de la esquina, cualquiera fuera el lugar donde uno viviera, y que la calidad de ese colegio no estuviera determinada por su precio, y que en todos se enseñara lo mismo, y que un padre no tuviera mucho que escoger a la hora de matricular a su hijo, entre otras cosas, por saborear más democracia.

Y lo mismo con la salud. No se trata de terminar con el mercado, pero tampoco que el mercado termine con nosotros. El sábado próximo habrá una marcha en apoyo a los derechos de los homosexuales. Auguro una asistencia numerosa y que irá mucho más allá de los directamente afectados. Su móvil es el mismo que está rondando por todos lados: la igualdad. Ya no el que todos seamos parecidos, sino que estemos más parecidamente habilitados. Lejos del lucro, que implica ganar por ganar, hoy muchos lo que piden es vivir, y convivir mejor.

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