Recuerdo que uno de mis amigos pensó, el 11 de septiembre del 2001 (en esas primeras horas cruzadas por la perplejidad) que el atentado a las Torres Gemelas había sido realizado por chilenos. Para mi amigo las resonancias emotivas, históricas y políticas de ese día específico le pertenecían a Chile enteramente y el impactante ataque a las torres en Nueva York, en una fecha tan elocuente y, más aún, en una hora aproximada, le resultaban una forma de doblaje del 11 de septiembre de 1973.

El cineasta inglés Ken Loach, invitado a participar en una cinta que recogía el aporte fílmico de distintos directores en torno al 11 estadounidense, en un gesto disruptivo y tenso, centró su participación en el 11 chileno.
En suma, lo que quiero expresar aquí es que, desde la convención que adquieren las fechas en los imaginarios sociales, los dos “11” mantienen una forma de correlación, que resuena como hito y memoria para los chilenos, más allá de las notables y notorias diferencias entre ambas catástrofes.

Desde hace ya un tiempo que vivo el 11 de septiembre en Nueva York debido a mi trabajo semestral en la Universidad. Pienso cada aniversario en la asombrosa simultaneidad de las fechas. Ahora, a una década de los atentados en la ciudad, los sucesos y sus estelas re-emergieron de manera poderosa en lo que fue una intensiva conmemoración.

Desde luego, los ritmos citadinos son diversos y activos. Este 11 coincide con la “semana de la moda”, lo que obliga a que la ciudad misma se convierta en una gran pasarela. Una pasarela que no excluye a algunas de las numerosas galerías de arte de Chelsea, que en una suerte de reconversión se vuelcan a promover glamorosamente las otras telas, esas que caen de manera deliberada sobre los cuerpos-huesos de sus modelos. Así, se pone de manifiesto que la moda y una cierta concepción del arte –como signos comerciales– están próximos. O bien se podría pensar que la moda del arte se funde, se confunde, se intercambia.

Por su parte, las tiendas de ropa, las grandes protagonistas de la semana, ofrecen en sus pórticos, degustaciones y descuentos especiales a sus incontables visitantes (en ciertas horas precisas) para dramatizar así sus ventas.

En el histórico barrio chino, en una de sus plazas, en la calle Mott, los numerosos vecinos, como todos los fines de semana, juegan sobre las mesas y disponen sobre las tablas sus fichas (chinas). Más allá, en otras áreas del lugar, provistas de micrófonos portátiles, las cantantes entonan singulares y bellas canciones (chinas) acompañadas de sus músicos, al menos contabilizo dos bandas completas. Mientras en el perímetro de la plaza se puede avizorar un penoso contexto, porque apoyados sobre las rejas que la circundan, se despliegan una significativa cantidad de lienzos blancos, en donde cada uno de ellos tiene escrito el nombre de ciudadanos de origen chino muertos por el atentado del 2001.

Y más allá o más acá, depende de dónde se mire, en el Soho se puede ver el exacto afiche con la emblemática cabeza del águila estadounidense que tiene una gruesa lágrima bajo su ojo. La ciudad, entonces, entre su diversidad y su ritmo, muestra los signos conmemorativos del traumático ataque que acabó con la vida de más de tres mil personas.

La calle 42 y su monumental teatralidad tecnológica es una de las sedes turísticas más frecuentes cuando anochece. Sus gigantescas luminarias actúan de pleno las megas estrategias de inscripción y ventas para los diversos productos. En esa precisa calle se cursa uno de los estadios tecnológicos de la nación: el brillo, la precisión fantasiosa de los colores, los nombres centrales de los productos, la seducción visual que requiere el consumo.

La calle misma es un espectáculo. Los visitantes se sientan en las sillas que están allí dispuestas para disfrutar de las luminarias mientras la policía, que cautela el orden público en el lugar, se fotografía con los turistas de las calles. Ellos les prestan sus gorros (de policía) y realizan cada una de las poses (de policía) que les solicitan. Quizás el momento culminante de estos servidores de la ley se produce cuando en el medio de la acera posa un transexual semidesnudo para su equipo fílmico. La directora se acerca al policía y le pide que simule ante la cámara que detiene y esposa al transexual. El policía accede. Realiza frente a las cámaras la comedia de las esposas mientras el transexual (altísimo, larga peluca rubia, rotundo maquillaje, tacones, barba y bigote) pone su más extrema cara de pánico. Pienso que la calle 42 se vende (bien) a sí misma, ajena a la conmemoración, entregada a la ficción de los cuerpos y a la devoción gráfica de los productos.

Pero los discursos públicos, televisión, revistas y diarios, se vuelcan masivamente a analizar la llamada “primavera árabe”, su génesis y desarrollo, como también acotan los últimos embates de Al Qaeda, retoman la muerte de Osama Bin Laden, repiensan a los talibanes y revisan el complejo y caótico mapa actual de guerra y terrorismo que serpentea por los territorios sin principio ni fin. Muertes sobre muertes, diseminadas en geografías misteriosas que originan una latencia que no termina de comprenderse porque, quizás, como aseguró el brillante intelectual de origen palestino Edward Said en su libro indispensable “Orientalismo”, Occidente construye a Oriente de acuerdo a sus fantasías, deseos y a la repetición monótona de una serie considerable de estereotipos.

Este particular 11, el barómetro de riesgo terrorista en la ciudad sube sus decibeles ante la posibilidad de un nuevo atentado. Las calles, siempre populosas, se ven mucho más vacías, la policía está por todas partes con las vistosas luces de sus coches y su despliegue no sólo alude a una alerta sino especialmente advierte que Nueva York, una de las ciudades más importantes del mundo, continua siendo vulnerable.

Mary Pratt, la talentosa crítica literaria, profesora de la Universidad de Nueva York, recuerda, durante el almuerzo de ese día, que Susan Sontag afirmó, hace diez años, que el atentado terrorista fue brillante. Comenta que a partir de esa afirmación cayeron críticas inclementes sobre ella, Mary Pratt insiste en que fue mal comprendida porque aludía a una estructura y que Sontag tenía razón, dice también que esos ataques detonaron una pesadilla.

Para la ciudad de Nueva York una década concluye. Como visitante de la periferia, como escritora tercermundista, nada encaja enteramente. Todavía veo el avión en picada contra una de las torres, el incendio a La Moneda, escucho en la radio los bandos militares. Y en medio de un capital enardecido, las toneladas de mercaderías (agotadas de ellas mismas) no terminan de venderse.