Publicado en The Guardian. Escrito por Richard Seymour y traducido por The Clinic Online.

Por primera vez en décadas, diversos grupos se han unido en un movimiento lleno de energía que desea cambiar el orden social en Chile.

Hasta 200.000 mil personas marcharon en Santiago ayer. Las protestas de estudiantes y profesores fueron apoyadas por la asociación sindical más grande del país, la Central Unitaria de Trabajadores, entidad que hizo un llamado a unirse a la marcha.

La manifestación concluyó con la policía disparándole con un carro lanza agua y gas lacrimógeno a los manifestantes. Pero las protestas no van a desaparecer. Esta revuelta se ha estado desarrollando por más de un año. Protestas masivas y huelgas generales han sacudido al país, como cuando 600.000 trabajadores marcharon en agosto pasado.

El frente principal del conflicto es el sistema educativo del país. En 1981, el régimen de Pinochet desmanteló la educación pública y gratuita. Actualmente, la educación primaria y secundaria es pagada a través de un sistema de vales en que el gobierno le paga a los proveedores del sector privado para educar a los jóvenes.

La educación superior está dominada por universidades privadas, las que cuestan hasta 400.000 pesos chilenos mensuales. El estado existe principalmente como un regulador en lugar de un proveedor. Como resultado, la clase trabajadora chilena recibe, en el mejor de los casos, una mala educación, y los estudiantes terminan agobiados por las deudas.

Pero la derecha política del país dice que la demanda por educación gratuita podría generar un problema en la estructura económica de Chile. Los estudiantes y los trabajadores dicen que los enormes recursos de cobre que tiene el país deben ser utilizados para financiar reformas a la educación mas que para enriquecer a los inversionistas. La lucha por cambiar la Constitución refleja un reconocimiento de que el marco político establecido por la dictadura es parte del problema. Los manifestante miran con envidia a Bolivia y Venezuela, donde el cambio constitucional ha sido parte de la lucha contra los antiguos regímenes.

Las protestas regionales se han centrado en el problema del “Centralismo”, en el que las necesidades locales se han visto subordinadas a los requerimientos de las élites capitalinas.

En febrero, una revuelta estalló en la región de Aysén en una lucha contraria a la construcción de proyectos hidroeléctricos privados. Pero las demandas de las asambleas de ciudadanos fueron mucho más allá de los temas específicos que están en juego: se atacó la Constitución impuesta durante la dictadura, se pidieron subsidios para los pobres, se exigieron más oportunidades de empleo y la democratización de las decisiones regionales sobre la explotación de los recursos naturales.

Las luchas de los trabajadores han irrumpido con un sorprendente nivel de militancia política. A principios de esta semana, los trabajadores de la empresa constructora Skanska utilizaron retroexcavadoras contra la policía durante una huelga en que protestaban por tener demasiadas horas de trabajo. Esto es especialmente importante ya que la tasa de sindicalización es extremadamente baja en Chile, por lo que concretar una huelga legal sea muy difícil.

La semana pasada, el relativamente conservador Presidente del Congreso de Sindicatos de Chile, Arturo Martínez, fue derrotado por la miembro del Partido Comunista Bárbara Figueroa. La gestión de Martínez había sido desfigurada por la corrupción y fue visto como un peón del Partido Socialista. Varias federaciones de estudiantes militantes han surgido para desafiar el moderado Partido Socialista alineados por la Confederación de Estudiantes de Chile (Confech), que inicialmente lideró las protestas. Un movimiento izquierdista estudiantil cada vez más visible es la Asamblea Coordinadora de Estudiantes Secundarios de Chile, vinculado al “Movimiento de Izquierda Revolucionaria”. Este es un antiguo movimiento guerrillero que intentó construir la resistencia armada contra Pinochet.

Las demandas del movimiento son extremadamente populares. Pero el Presidente de Chile, Sebastián Piñera, es un multimillonario que está alejado de las necesidades de la mayoría de los chilenos. Piñera fue un opositor a Pinochet, pero desde el derechismo. Por lo que en su gobierno ha tratado de seguir las políticas neoliberales del dictador. Y, como Berlusconi, su riqueza y las políticas de libre mercado están ligadas a los intereses de los medios: compró Chilevisión, canal ahora arrendado al gigante Time Warner, poco antes de asumir el cargo. Sus índices de aprobación han caído a lo largo de este tiempo de turbulencia.

En muchos aspectos, el patrón de los disturbios en Chile está repitiendo lo que pasa en Quebec y en Asturias. En Quebec, una revuelta estudiantil manifestó su oposición al aumento de las tasas de matrícula. Sus demandas se expandieron llamando a una “huelga social”, lo que trajo consigo las demandas de los trabajadores a la palestra. Los dirigentes estudiantiles afirmaron que sus demandas eran parte de un tema de clase. Los sindicatos han prestado apoyo logístico y jurídico para los estudiantes, y las protestas se han extendido a través de los barrios obreros en todo Quebec. Los disturbios ya han madurado hasta convertirse en un vociferante movimiento de amplia base social.

Del mismo modo, la revuelta de los mineros asturianos comenzó a partir de una disputa por puestos de trabajo, pero derivó en un conflicto más amplio con el gobierno. Los mineros atrajeron seguidores en todo el país. Adhesión que se expresó con una marcha en Madrid que atrajo a decenas de miles de seguidores. Un campamento de protesta inspirado por el movimiento de los “Indignados” fue creado por partidarios en la capital regional, Oviedo.

La tendencia en estos casos es que las luchas que antes se habría limitado a un tema local o sectorial, ahora sirve para encender una rebelión social más amplia sustentada en la concentración de poder de las bases. En el contexto de una crisis global, los conflictos locales ya no puede ser contenidos.

Diversos grupos, desde los estudiantes y los trabajadores a los grupos locales de la comunidad, están descubriendo que sus aspiraciones son contiguas y sus luchas están vinculadas. Ellos han buscado la manera de unificar sus demandas en una embestida amplia y frontal contra el sistema. Una carga que no puede ser contenida o cooptada. En Chile, esto ha producido una izquierda optimista, llena de energía y combativa que se atreve a desafiar el orden social del país y de manera fundamental, por primera vez en décadas. El país que aterrorizó a Pinochet ya no tiene miedo.