Foto: Alejandro Olivares

Dicen que el oficio del zapatero está en extinción. Y es así. Se nota en la desaparición de las reparadoras. Antes por acá habían seis y ahora solo quedamos dos. Que la mía sobreviva se debe a que atiendo bien al público. Por acá han pasado tres generaciones. Familias completas que se van pasando el dato.

El público que viene es variado. Vienen famosos… como está el Teatro Ictus acá al frente… No todos los actores son simpáticos. Uno desagradable es el actor Roberto Poblete. Trajo como cuatro pares de zapatos y los puso de manera muy prepotente en el mostrador. Se las daba no sé de qué. Me decía “con estos estuve en Alemania, con los otros en Canadá”. Y yo pensaba “si tiene tanta plata y ha viajado tanto, por qué viene al zapatero”. Bueno, se los arreglé igual. Los que sí fueron agradables han sido el Tío Valentín, Antonio Prieto y los Hermanos Gatica. Un honor atenderlos.

También le arreglé los zapatos a Allende y Pinochet. Pero personalmente nunca los vi. Ellos mandaban a sus estafetas. Venían para acá y me pedían que les arreglara los zapatos altiro. No importaba si estaba ocupado, tenía que hacerlo. Los zapatos de Allende eran normales, comunes y corrientes, no estaban gastados ni con hoyos, al igual que los zapatos de Pinochet. Al menos en los zapatos tenían similar gusto. Me gustaba tener esos zapatos en mis manos. En cierta manera me sentía orgulloso de arreglarle los zapatos a personajes tan importantes como ellos. Y estamos hablando de dos personajes radicalmente opuestos. Hubiese sido bonito haberlos saludado. Como se han hablado tantas cosas de ellos. Por último para haber sacado una conclusión. Porque los zapatos no dicen nada de la persona.

En todo caso, no sentía simpatía por ninguno de los dos. Nunca me ha interesado la política. Es tan cochina. He tenido amigos fanáticos de ambos lados y nunca han sacado nada. Es así.
Cuando ocurrió el Golpe, me quedé con dos pares de zapatos de Allende. Uno se los vendí a una persona que los encontró lindos. Nunca le dije que eran de Allende. Y el segundo par me lo quedé, pero a los años lo terminé botando porque estaban gastados. Nunca se me ocurrió hacer algo con ellos. Ahora quizás costarían una fortuna. Pero no me arrepiento.

CON HONGOS Y HEDIONDOS

Los más complicado de arreglar son los zapatos brasileños que vienen con un material malísimo que no se puede pegar con nada. En este sentido, los zapatos chinos son mejores que los brasileños. Uno pensaría que todo lo chino es malo, pero no: hay zapatos chinos muy bien hechos. El plástico que le ponen es buenísimo. Si cambiaran la planta, que es mala, serían excelentes.

Acá me he pegado enfermedades que vienen con los zapatos, como sarna y hongos. De repente vienen unos zapatos muy cochinos y tengo que ponerme bolsa plástica para meter la mano. Pero si hay que poner un parche, no queda otra que meter la mano, a la suerte nomás. Y cuesta sacar esas cosas. Una vez me duró como seis meses el contagio. También llega mucho zapato hediondo y la mayoría son de cabros jóvenes que se sacan los zapatos y dejan la media estela. Le digo que se los saquen, que me voy a demorar un rato, cosa que den una vuelta y ventilar el ambiente.

Pero uno se acostumbra. Soy zapatero desde 1970 y pasan siempre estas cosas.

En los años 70, en este barrio había mucha gente. Había gente más high, senadores, diputados, y venían todos porque era la única reparadora de zapatos del sector. El barrio era bonito por la antigüedad de las casas. Antes había más juventud. Ahora hay más tercera edad. Y bueno, esa gente de edad viene para acá. Imagínese: ellos ponen una tapilla y les dura un año el zapato, como no salen casi nunca de sus casas. Una lata para mí. En todo caso no me quejo. Todos los días tengo algo que arreglar. Un día pueden ser cuatro zapatos y al día siguiente, 40.

Este trabajo, con lo ordenado que soy, me ha dado frutos. Tengo mi autito, mi casa, varias comodidades, le di la educación a tres de mis hijos en la universidad y a dos los ayudé en poner su propia reparadora de zapatos. Pienso trabajar unos cinco años más y me retiro. Tengo 66. Y todavía me queda cuerda. Son años haciendo esto. En todo caso, nunca me aburro. Escucho música todo el día. Así me entretengo. Me gusta la música chilena y la clásica para relajarme un poco. No podría estar sin la radio. De repente escucho los partidos. Soy hincha de la Católica. Y, fíjese, se murió el Sapito… Me dio mucha pena, tantos años que uno lo vio en la tele.

Dicen que en casa de herrero, cuchillo de palo. Y así es. Los zapatos que uso tienen la suela despegada. Hace como veinte días que los llevo así. Pero bueno. Son cosas que pasan. A veces los bolsos que uso también andan con los cierres malos. Y no los arreglo porque nadie me paga, jaja. Es que soy harto desordenado. Fíjese que cuando ando con el pelo todo chascón hasta me han dicho que me parezco a Einstein.