El soberano Walker



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El senador Patricio Walker ha sugerido que Chile tiene dos caminos para encarar las necesarias y postergadas reformas políticas: el caos o la democracia representativa. Así, tal cual. “Si queremos caer en el populismo hagamos asambleas constituyentes. Pero es necesario hacer los cambios desde la institucionalidad. Tenemos dos caminos: la asamblea constituyente y que las cosas ocurran en la calle, en el caos, en la anarquía; y el de la democracia representativa”.
De lejos, Walker parece un senador responsable, reflexivo, con sentido de Estado; sin embargo, es claro que no entiende lo que ocurre con uno de los aspectos más básicos del régimen constitucional para el que trabaja. O, si lo entiende, algún temor lo lleva a decir cosas que uno no esperaría de una persona instruida y con una cuota de experiencia política. No hay cómo saberlo.

El asunto que Walker no entiende —o no quiere entender— es que la demanda por una nueva Constitución (y su mecanismo ideal de creación, como es una convención constituyente) consiste precisamente en una vía institucional de ejercicio de la democracia representativa. No debe olvidarse que este tipo de democracia, representativa o “indirecta”, es la opción que los Estados modernos han creado dada la imposibilidad material de ejercer el poder como lo hacían “los antiguos”, según explicó Benjamin Constant a comienzos del siglo 19, vale decir, por vías directas. En la época “moderna”, los individuos valoran más la posibilidad de atender sus negocios privados, sin que les quede un espacio relevante para dedicarse a los asuntos públicos, como lo hacían los hombres en la antigua Grecia. Lo anterior, sin embargo, no implica que se haya renunciado al ideal de la democracia, cual es, el autogobierno, la capacidad del pueblo para decidir sobre sus asuntos comunes propios. El ideal normativo sigue siendo el mismo; sus formas de ejercicio cambian.

Pues bien, la creciente demanda por una nueva Constitución en Chile consiste en el deseo del pueblo —que, desde un punto de vista técnico, es dueño de la soberanía— de atender los asuntos públicos dentro de las limitadas posibilidades materiales que tiene para ello. De todas las reacciones posibles frente a esto, la del senador Walker es la peor, pues parece olvidar que, a diferencia del pueblo, él es un mandatario, vale decir, un gestor de negocios por cuenta y riesgo de otro; un otro plural, numeroso y de difícil identificación.

Lo que hace Patricio Walker, para seguir con la analogía del mandato, es forzar a su mandante —lo que él denomina tendenciosamente, “la calle”— a someterse a la voluntad del gestor: “usted no tiene derecho a querer una asamblea constituyente, pues ello significa el caos y la anarquía; usted tiene derecho a mi vía institucional”. Y por ello aparece, junto a un grupo reducido de parlamentarios que gustan del trabajo en sigilo, presentando un documento de una plana como el comienzo de un gran acuerdo para reformar el sistema electoral (curiosamente, lo que no tocan es la Cámara donde ellos trabajan). Walker no ve que el asunto es al revés: si el dueño de la soberanía, quien además le paga para que gestione los asuntos públicos a su nombre, desea actualizar el ideal del autogobierno, por ejemplo por la vía de una convención constituyente, entonces el senador, en tanto mandatario, debe buscar el modo de instaurar las vías formales para ello; y no, como hace por estos días, estirar la lesionada institucionalidad que se quiere revisar para someter al dueño último del negocio a su voluntad.

El pueblo tiene derecho a revisar su forma de organización constitucional; Walker, como sus colegas, en lugar de descalificar a quienes promueven la adopción de una respuesta institucional como es una convención constituyente, tiene antes bien el deber de buscar mecanismos para acercarse a ella. La razón es simple: el soberano es aquél, y Walker, su mandatario. Le toca ahora comportarse como tal.

Profesor de derecho – Rutgers University & UDP

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