Buenos Aires, una fiesta, un animal



De todas las viudas de Roberto Bolaño, León es la más discreta. Supo asimilar la importancia que la biografía desempeña en la construcción de un universo narrativo, y no mucho más. Sus libros son, independientemente de la ocasión, el género y la época, excursos modestos sobre el yo, el ambiente artístico y la necesidad, necia y plástica, de seguir atrincherado en la juventud. A partes iguales, y contradictorias, sus libros quieren honrar la tradición y burlarse de ella. Abundan las citas y alusiones a los gigantes de la literatura latinoamericana, sobre todo de los argentinos, y casi como un reloj suizo y parco a renglón seguido, una pulla, una ironía desdentada sobre esos mismos u otros próceres, por llamarlos de algún modo. Ese es el gesto temeroso de un niño que admira y detesta a su padre al mismo tiempo, o de un soldado que admite la autoridad de su superior pero, apenas este le da la espalda, le hace mohines obscenos con las manos, y modula insultos con la boca cerrada. Humano, demasiado humano (y mal lector de Bolaño).

En “La vida y muerte del Dr. Martín Gambarotta”, León consiguió que sus temas cuajaran en un producto imperfecto pero en cierto punto encantador; su ofuscado proyecto, que no admite la introducción de tópicos y emociones nuevas, en ese libro se acercó a algo así como el éxito. “Cocainómanos chilenos” no es tanto un paso atrás, sino más bien un elefantiásico piquero de espaldas. Un golpe seco de aburrimiento y escritura deficiente.

El narrador viaja a Buenos Aires al matrimonio de una pareja de amigos transformistas y homosexuales. Allí, se dedica a tomar, a “beber”, en la jerga de León. Le obsesiona su futura muerte, vaticinada por una gitana nombrada tontamente Marcia Mendaz. Sus amigos, sobre todo su compinche Manzanita, un experto en filosofía de bolsillo y epifanías cursilonas, le tratan de hacer ver que su fijación es, a falta de una mejor palabra, estúpida; el narrado es de otra persuasión. Como el libro es la confirmación de su supervivencia, el argumento sólo puede sostenerse en observaciones poderosas y un humor afilado y reflexiones perspicaces. Nada de eso ocurre. Una farsa sigue a la otra; todos los esfuerzos bufonescos son deliberados, casi como si lo que faltara fuera el gorro tintineante del chistoso de la corte. Pero lo más preocupante de este libro es su voluntad política. Está escrito, como todo lo de León, contra el establishment, pero pocas, o ninguna la verdad, de las actitudes y conductas de sus miembros socavan o desafían verdaderamente lo establecido, o lo que es peor, se diferencian de las conductas antisociales de los jóvenes chilenos, o de cualquier lado. El narrador de este, digamos diario, lo pasa bien, lo pasa mal, y da lo mismo la clase.

León no es un gran estilista. Vuelve en este libro a su gran descubrimiento: la mixtura de un lenguaje coloquial interrumpido de vez en cuando por palabras “librescas” o desusadas. “Defecar” y “beber” son a estas alturas sus giros predilectos, regularmente presentes en lo que escribe. Su mecanismo de citas es de una torpeza grosera: menciona el libro, y “anagrama” o, cuando no tiene a la mano un mote ingenioso, hace una aliteración del nombre. Coquetería tontita, qué más se puede decir.


Cocainómanos chilenos
Gonzalo León
Mansalva, Buenos Aires, 2012, 109 páginas

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