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Cultura

4 de diciembre de 2013

¿Cómo nació Larry Moe?: Memorias no autorizadas de un freak

El siguiente texto, firmado por el comentarista de televisión del diario Las Últimas Noticias Larry Moe, aparece en la última edición de la Revista Dossier, de la Facultad de Comunicación y Letras de la UDP. Cierto día, en un programa llamado Mekano, un tipo tomó aire y anunció que daría a conocer la verdadera identidad […]

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El siguiente texto, firmado por el comentarista de televisión del diario Las Últimas Noticias Larry Moe, aparece en la última edición de la Revista Dossier, de la Facultad de Comunicación y Letras de la UDP.

Cierto día, en un programa llamado Mekano, un tipo tomó aire y anunció que daría a conocer la verdadera identidad de Larry Moe. Su mirada desafiante delataba lo convencido que estaba de que en la TV chilena (y quizás hasta mundial) habría un antes y un después de la revelación que pensaba hacer. Luego del respectivo silencio sepulcral en el estudio, anunció, casi con los ojos en blanco y marcando cada sílaba: «Su nombre real es… ¡Roberto Rivadeneira!».

Desde el otro lado de la pantalla, en mi guarida de francotirador enmascarado, la única neurona que se necesita para ver esa clase de programas susurró: «Cagamos».

Pero en el set de Mega nadie supo muy bien qué hacer. La sonajera de grillos fue impresionante. El episodio me hizo comprender que mi anonimato estaba más a salvo que nunca, que el personaje se había devorado con gafas oscuras, abrigo y sombrero a la persona.

Lo curioso es que, para cierta gente, el hombre detrás de Larry Moe, quien paga las cuentas y va al baño mientras Larry Moe ve tele… también es un personaje. Tal vez por algunos episodios que muchos periodistas de mi generación se han encargado de divulgar con lujo de detalles, aunque son contados con los dedos de las manos de una serpiente quienes los llegaron a presenciar realmente.

Superhumanista
En 1985 cursaba primer año de Periodismo en la Universidad de Chile y la FECH se aprestaba a elegir a sus nuevos líderes. Eran los tiempos en que el caso Degollados era tema nacional (para ciertos medios, omisión nacional). Y aunque yo no estaba tan conectado políticamente (y sigo sin estarlo), de vez en cuando participaba en salidas a la calle contra el régimen.

La verdad, me atraían las frescas y alegres ideas del Partido Humanista. No lo pensé dos veces y un día me aparecí por el campus disfrazado de Superman, pero uno a escala, más que humana, nerd. Simulé músculos metiéndome toallas bajo una camiseta, me puse mis calzoncillos regalones sobre unos bluyines viejos y como capa utilicé una sábana. El cartel con que me empecé a pasear por la Escuela rezaba «Sé tu propio héroe: vota Humanista».

Coseché dos votos (uno mío, creo) y la furia de los humanistas, que me acusaron de haberle asestado un daño irreparable a la colectividad (¿ya les mencioné que mi acción de arte fue inconsulta?). Del episodio me quedó dando vueltas una pregunta: ¿por qué cuando me dijeron que todo debía girar en torno al ser humano no me aclararon que había una sola excepción y que esa era yo?

Años más tarde, el periodista y conductor de radio Freddy Stock diría en el programa SQP, en calidad de testigo ocular, que yo solía pasearme con una malla de ballet por el campus, dejando entrever tres falacias: una, que había un campus cuando en realidad las Termas de Belgrado apenas alcanzaban a parecer un triste edificio administrativo (el que se le conociera como «las Termas de Belgrado» me pare ce bastante autoexplicativo); dos, que las mallas eran un atuendo frecuente en mí, y tres, que mi heterosexualidad no siempre estuvo tan clara. Ese día el colega le confirió una nueva dimensión al concepto de tergiversar. Tengo mi teoría sobre la tirria que me tiene: nunca me perdonó que en 1987 le devolviera ese long play de George Harrison todo curvado y doblado. ¿Qué sabía yo que no había que dejarlo al sol?

Cómo llegué a ser emperador
A mediados de 1988 se anunciaban elecciones en el centro de alumnos de la Escuela de Periodismo, ubicadas por entonces en la calle Belgrado, apenas un pasaje que da a Vicuña Mackenna (hoy calle Periodista José Carrasco). Ya que era alumno de ese centro del saber me di la libertad de pensar «¡qué ganas de votar por alguien que me represente!». En la lista saliente estaban Juan Carlos «Pollo» Valdivia y otros elementos muy entusiastas, que traían bandas de rock e incurrían en populismos similares, pero cuya administración no quedó en la memoria del estudiantado. Al fragor de los delirios postadolescentes de un puñado de camaradas marginales, gente muy buena, entre nerds y reptilianos (los hoy periodistas Roberto Farías, David Ponce y Johnny Venegas eran la base de mi comando; siempre los consideré «ultraanarcos moderados»), fue tomando fuerza la idea de presentarme como candidato.

No pasaba de ser un juego, hasta un episodio clave ocurrido cierta mañana. Yo estaba como siempre, sentado en el patio, mirando al Sudeste, apoyada mi espalda en una puerta que nadie abría desde dentro, porque se sabía que no faltaría el tontito que la ocupaba como respaldo. Se me acercó una compañera que con los años se convertiría en una consumada editora de matinales. Ella encabezaba la otra lista, una majamama de tendencias de oposición a la dictadura en la que además estaba el hoy periodista Rodolfo Nieto. Ni siquiera me saludó. Solo me preguntó: «¿Vas a ir al foro?». Yo le respondí, no muy convencido, «sí». «¿Y para qué?», me volvió a preguntar, burlesca. Eso me hizo hervir la sangre y me prometí quitarle el mayor número de votos que pudiera.

Y fui al famoso foro. Cuando me correspondió el turno de dirigirme a los estudiantes les dije: «Si me eligen les aseguro que voy a ser el primer presidente del centro de alumnos que cumpla al pie de la letra su programa. Y este programa se resume en una sola frase: no voy a mover un dedo». Dicho eso, volví a mi asiento. Entonces el moderador del foro me hizo ver, preocupado, que el reglamento para estos casos estipulaba que debía hablar durante al menos cuarenta minutos, y que de lo contrario mi candidatura no sería válida.

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