Entre tanto ranking y medición internacional, los dos últimos publicados esta semana, vienen a configurar una imagen particular para caracterizar lo que somos los chilenos: unos gorditos maleducados.

Así se desprende de los resultados del informe de la FAO y de la Prueba Pisa respectivamente. En Chile nadie pasa hambre, y por el contrario, campea la malnutrición por exceso, en niños y adultos. En materia educativa en tanto, mantenemos resultados deficientes que evidencian lo distante que estamos en este ámbito, de los países con mejor rendimiento de la OCDE, organización encargada de aplicar aquella medición.

Así las cosas, como que el chileno/a promedio, parece asemejarse a algunos de los rasgos esenciales del famoso personaje creado por Matt Groening, Homero Simpson: Nos instruimos según lo que dicta la televisión; presentamos dificultades en razonamientos lógicos; no nos interesa la lectura ni comprendemos lo poco que leemos; y en general, las matemáticas que nos bastan, son las que nos permiten calcular las cuotas de los artefactos que compramos a crédito en la multitienda (Eso sí, sin considerar las tasas de interés, porque allí la situación se nos enreda y no sabemos determinar lo que terminaremos pagando). Y para qué hablar de su situación económica. Como el chileno promedio, según describe el libro “Los Simpson y la Filosofía”, Homero pertenece a una “alta clase media baja”, que “difícilmente llega a fin de mes, y que trabaja bajo la tiranía de un capitalista sin escrúpulos”. Sumémosle a aquello, la alimentación desbalanceada, en exceso, y complementada con una vida sedentaria, que nos va transformando en unos seres adiposos pero a la vez adictos al deporte como espectáculo. La comida chatarra corona una mezcla tan explosiva para la salud, como deleitosa para una vida vacua.

¿Para qué más?
Y es que pareciera ser que este tipo de sujetos que me he permitido caracterizar valiéndome de esta caricatura, lamentablemente no está lejos de cierta realidad de algunos de nuestros compatriotas. La alienación por el consumo de productos televisivos o por el endeudamiento para la adquisición de bienes y servicios, parece generar una cierta angustia existencial a la que se responde a través de un ensimismamiento y una decisión de no-pensar. Y es que la reflexividad resulta peligrosa cuando lo que está en juego es la propia integridad del yo. La incapacidad para la integración social que nos propone el mercado, nos genera un cierto vacío interno, horadado por la frustración y por la impotencia y que simplistamente intenta ser rellenado con alimentos, en una especie de fijación oral incontrarrestable, que va dañando los cuerpos.

En definitiva la mala educación y la obesidad, resultan estar fuertemente ligadas entre sí. Porque parecen ser igualmente funcionales para el mantenimiento de un statu quo que beneficia a unas minorías en desmedro de la mayoría. Minorías que para lograrlo, se valen por una parte, de los beneficios que les reporta la ignorancia y más aún la “falta de un intelecto sano y libre, dispuesto a la búsqueda de la verdad” como diría Nicolás de Cusa; y, por otra parte, lo hacen valiéndose de las herramientas de control y disciplinamiento individual, propios de la biopolítica planteada por Foucault y expresado en la obesidad y sus consecuencias sanitarias.

Así que la próxima vez que vea al inefable Homero Simpson, piense en la FAO y en la prueba PISA, pero sobre todo, piense en usted o en sus familiares y amigos. En una de esas, encuentra algún destello que lo refleja ,y que lo puede hacer despertar del plácido letargo, para llevarlo a vivir, como diría Mauricio Redolés, a esa deliciosa “fragilidad peligrosa de corromperse”, que le otorga el pensar por sí mismo, sobre usted y su mundo.

* Tito Flores es doctor en Gobierno y Administración Pública y Académico UTEM

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