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En Gente mala, primera incursión en la novela de Juan Cristóbal Guarello, no hay héroes ni antihéroes, tan solo villanos. Inspirada en el caso Anfruns, relata el secuestro de un niño a fines de los años ochenta desde la perspectiva de los captores, es decir, gente mala, miembros de la CNI, el Ejército e Investigaciones. La novela sigue durante lo que parecen ser dos semanas a los distintos implicados, que van desde el general Mena, quien sancionó la operación, hasta los cuatro agentes encargados del secuestro.

Guarello se propone narrar una historia de suspenso a una velocidad desenfrenada, y es precisamente la velocidad de los acontecimientos, y la cantidad, su primer mérito y primera falta. Muchos de los episodios de “Gente mala” terminan antes de empezar. A ratos parece un inventario de supermercado ochentero (el truco literario privilegiado es la enumeración caótica de productos de esa época), otras veces un guion; la mayor parte del tiempo lo que se revela es una escritura que, huérfana de templanza, solazada con la rapidez, cae en lo ripioso: “Su padre sin nombre, trabajando en Santiago con el que un día debió irse a vivir”. La falta de comas es una constante, y solo ocasionalmente se puede imputar a una cuestión de estilo.

“Gente mala” parece estar escrita contra el tiempo, no se detiene a admirar las vistas que ofrece el ancho camino sino corre, como si llegar al desenlace lo fuera todo, ignorando que la meta es el punto de partida. Al mismo tiempo, el vértigo puede ser encantador, aunque maree, y hay pasajes de la novela que no se pueden imaginar con otro ritmo.

“Gente mala” está escrita con la lengua. No se puede decir que sea costumbrista, pero sin duda hay un intento por reflejar el lenguaje y las actitudes de los animales de la CNI. Abundan las pullas, los chilenismos, los refranes y los dichos, y la vulgaridad. De vez en cuando, funciona: “A ésta […] le depilaría el sapo con la lengua. Tonta rica”. El resto del tiempo se convierte en una camisa de fuerza, en una suerte de imperativo o restricción que Guarello no consigue abandonar. La lengua se transforma en un trapo sucio. (El feísmo no alcanza a mutar en estilo.) La ausencia de contrapuntos idiomáticos del mismo peso condena al lenguaje de la CNI al disparate. Pese a tener un gran oído para la vulgaridad, Guarello no parece tener uno para lo que es normal.

Sin duda esta es una historia de hombres viles. Gente que hace el mal sin despeinarse, sin invocar una luz moral para su conducta. Pero también es cierto que hasta el más malo de los malos tiene destellos de conciencia. Varelita y Alzamora, los únicos personajes con jirones de humanidad, no terminan por desarrollar su resistencia al mal. En este punto Guarello acierta: un thriller, como lo es “Gente mala”, no requiere gran profundidad psicológica. Los instantes en que los cabecillas y los sicarios demuestran algún remordimiento son pocos y muy breves. Mena quiere inmunizarse del destino del niño; a Varelita, en realidad, lo asquea más la explicitación del mal que el mal mismo, y Alzamora, el pobre negro Alzamora, casado con una mujer que toda la CNI desea, se va a la playa con su familia a descansar, y ante la inminencia del desastre ve, con tristeza, como su libido desaparece. En una novela de hombres la extirpación de la libido es un dato suficiente si no de remordimiento, al menos de intranquilidad.

Demasiado episódica, afligida con la verborrea, “Gente” mala no termina de convencer. Hay aquí y allá fragmentos de algún valor, además de unas cuantas vulgaridades placenteras a la imaginación y al oído. Pero no añade mucho al fondo literario de novelas sobre la dictadura, lejos el fondo más rentable en Chile.

Gente mala
Juan Cristóbal Guarello
Ediciones B, Santiago, 216 páginas