Cristián-Cuturrufo_foto_Alejandro-OLIVARES

Los Cuturrufo son de Coquimbo. ¿Es cierta la fama de que los coquimbanos son todos choros, mañosos y chuchetas?
-Tal cual. Y a veces cogoteros. Coquimbo es una ciudad muy especial. La caleta, los pescadores, Coquimbo Unido, La Pampilla…

Tu familia decía en una entrevista que allá tenías fama de desordenado.
-Yo era el más revolucionario y desordenado. A los 13 años fui pandillero. Fue en un verano que repetí primero medio. Salía con todos los chicos de mi barrio a huevear por Coquimbo, íbamos a pelear con otro grupo de otra población con linchacos y cadenas. Entretenido.

Esa onda.
-Éramos rudos pero al peo. Cabros chicos tontos, nomás. Todo hasta que me sacaron la cresta y me salí.

¿Es verdad que una vez le sacaste la cresta a Scaramelli?
-Eso fue más tarde. Como en los 90. Soberbia suya. Y una tontera. Nosotros éramos los músicos de la orquesta del Festival de Huasco y los de Cinema llegaron con mucha prepotencia a sacarnos la punta. Y como somos mecha corta los Cuturrufo, terminó de tocar Scaramelli y le sacamos la cresta.

A lo mejor ese fue el inicio de su yetismo…
-No creo, ja, ja, ja. Bien pegado el combo, en todo caso.

En tu época pandillera, ¿ya estabas metido en la música?
-No, la música fue más tarde. Después que quedé repitiendo primero medio, mi papá un día me dijo: apréndete este solo del tema “La Bamba” en trompeta y recién ahí te voy a dar permiso pa una fiesta. Le hice caso y me lo aprendí. Cuando me estaba yendo a la fiesta, mi papá me para cinematográficamente y me dice: “Acuérdate de mí, algún día se te va a prender la ampolleta y no vas a saber lo que va a pasar”. Tal cual. Sucedió. Y me puse a estudiar trompeta, trompeta, trompeta. Y escuchar a Chick Corea, George Gershwin, Cole Porter. Y me transformé en un autista. Nunca más fui a fiestas. Del más malo de la trompeta en el colegio pasé a ser el más bacán, gané todos los puestos en la orquestas. De primero a cuarto medio no tuve ningún cuaderno. Tenía todos los ramos rojos en la Escuela de Música de La Serena. Era pura música.

Una vez dijiste que la Orquesta Sinfónica de La Serena era como el pico.
-Sí. Me había fumado un pito y un periodista maricón me pilla volando bajo y me pregunta por la orquesta y yo le respondo “como el pico”.

¿Pero no pensabas que la orquesta era como el pico?
-O sea, sí. Pero no es que me crea la raja, porque así se entendió… Pero bueno, es verdad: me creo la raja.

¿En serio?
-Sí, me creo un trompetista muy así: la ra ja. Feliz de la vida. Pero eso no me hace ni ser ni déspota ni prepotente, ni nada. Decir que uno se cree la raja en este país cae como las huevas. Pero no me importa. Tengo el ego bien alto y la gente misma te alimenta el ego. ¿No te parece poco todo lo que me huevean? Me dicen que soy mafioso, porque estoy a cargo de todos los festivales, porque voy a todos lados y tengo mi bar. Y dicen que me creo la raja y todo el cuento. Bueno, es así. En el ambiente también se ha creado la atmósfera del Vito Corleone del jazz. O sea, me han dicho que soy el Vito Corleone del jazz. Eso me ha hecho ser un músico jazzista intimidante. Muchos hueones como que me tienen miedo: Cuturrufo, chucha, uf. No soy el más simpático. Eso me ha hecho ser conocido como el hueón cabrón.

¿Quién es el mejor trompetista de Chile? ¿Cristián Cuturrufo?
-No, yo creo que el mejor trompetista de jazz en este país es Jorge Inostroza, mi alter ego.
Ya…
-Mucha gente me conoce por ese nombre. A veces llamo y me hago pasar por Jorge Inostroza, el productor de Cristián Cuturrufo, el jazzista.

Y con el ego tan alto, ¿cómo lo harás en Nueva York, donde vas a ser uno más del montón?
-No me comparo con nadie. Soy yo, nomás. En el mundo del jazz no existe el mejor, uno se codea con todo el mundo. No es que me crea el mejor, pero sí me creo la raja, porque me encanta tocar trompeta, el estilo de jazz que toco me encanta, me siento cómodo, y eso me hace creerme la raja. Es como andar bien en mountainbike. O ser malabarista y que te vaya la raja. Mi ego es absolutamente personal que ni expongo ni lo impongo. Yo solamente toco en el escenario y dejo la cagada. Reviento vasos con mi trompeta. Y eso alimenta mi ego.

¿A los jazzistas los siguen muchas groupies?
-Sí, caleta. Muchas minurris. Pasa, es la realidad. Pero soy hombre casado y con tres hijos. Pero es cierto que uno arriba del escenario tiene una especie de encanto con el sexo opuesto. Más uno, que viene con el ADN de galantería de su abuelo.

LA POLÍTICA Y LA BACHATA

¿El jazz es apolítico?
-Puede ser. A no ser que haya figuras estereotipadas políticamente, como Daniel Lencina que le hizo el jingle a la campaña del SÍ y lo hicieron pico. Pero eso ha cambiado. Yo organizo festivales de jazz para el alcalde Francisco de la Maza, pero también con el Sadi Melo. Soy músico y transversal en lo político. No tengo color político, no me gusta ni la derecha ni la izquierda. Y puedo decir que de diez trabajos en municipios, en siete u ocho veces con la izquierda he tenido rollos. Siempre son con los pagos, salen con sus bicicletas, chanchullos. Con la derecha nunca he tenido problemas de lucas. ¿Qué me dice eso? Algo les pasa a los de izquierda.

¿Votas?
-Por nadie. Mi candidato perfecto es Gladys Lavín, ja, ja, ja. Politizarse es como meterse en una religión. Y la religión de la Nueva Mayoría es primitiva. En Chile está todo envenenado, está la cagada, todo confuso. Este país tiene muchas espinillas. Entre los aluviones, los volcanes, la corrupción, las AFP, la ANFP y la envidia no está tan grato. Está penca la cosa. Menos mal que salimos campeones de América, porque la gente quiere alegría un rato ante tanta mala onda.

¿Cómo celebraste el triunfo de Chile?
-Lloré. Lo vi con mis tres hijos y mi señora en mi casa. Quebré una silla y boté la parrilla eléctrica de una patada cuando Bravo atajó el último penal argentino. Después me fui a mi club, el Jazz Corner, y toqué arriba de la barra. Dejé la cagada. Estábamos todos eufóricos.

¿Tampoco estuviste politizado cuando empezaste en la música? Eran los 80, ¿no te metías en las protestas?
-No, pero con mis amigos grandotes universitarios, con los que tocábamos, me vinculé en tocatas que se hacían en medio de las manifestaciones con lacrimógenas y todo. Uh, la cagá, impresionante. Pero yo siempre detrás, nunca participé. Pero sí, a modo personal y familiar, botamos todos los letreros de Büchi a puros peñascazos y palos. Recorríamos la carretera desde Peñuelas a Coquimbo botando letreros. Cada vez que los reponían, nos dábamos la paja de botarlos de nuevo.

¿Cómo era recibido el jazz en una época en que todos escuchaban a Los Prisioneros?
-Era una pugna súper cerrada. El jazz era como un oasis musical. Estaba todo politizado, con un ambiente bien hostil y aparecía el jazz. Los que pescaban eran los universitarios más volados y experimentales. Se hacían como unas peñas, unos conciertos de jazz medio clandestinos. Era muy chiquito el círculo.

¿Y qué te parecían Los Prisioneros?
-Nunca me ha gustado la música de Los Prisioneros. Ni de Narea y Tapia que son horribles. Sus instrumentos los tocan mal, pero con esa simpleza hicieron maravillas. Y con tres acordes. Eso se valora.

¿Y lo que está haciendo ahora Jorge González?
-No, nada. Me gusta el Pedro Piedra, lo encuentro notable, tiene una simpleza compleja. Su música es simple, pero tiene un fundamento y una identidad que se le nota. Ese me encanta.

¿Pero lo tuyo siempre fue el jazz?
-No soy jazzista, sino que un músico que toca jazz. Soy fanático número uno de la buena cumbia. Me encantan los Viking 5, soy su fan número uno. Primero los Viking 5, después Miles Davis y Herbie Hancock.

Y si te gusta lo bailable, ¿también el reggaetón?
-No, por Dios, es un cáncer para la música pop. Así como la bachata. Metería en una olla con aceite hirviendo al Américo –que lo único bueno que tiene es su trompetista–, a Noche de Brujas y toda esa tracalá de cumbia romántica, chillona, ahueoná, que quiere ser como Marc Anthony. A todos esos hueones los quemaría.

¿Por qué tanto?
-La odio. Es pésima. No me provoca nada, solo malestar auditivo. El estilo de la bachata lo meto a la hoguera. No es que sea clasista, pero la encuentro chula, picante la hueá, horrible, una mierda. Me da vergüenza la bachata. Se va a derrumbar mi casa antes de escuchar bachata. No conquistaría a una mina con un tema de Américo ni cagando.

¿Te gusta la música chilena?
-Me encanta. Pero no escucharía nunca a Lucybell. No me gustan.

¿Por qué no?
-Con todo respeto, pero Lucybell es como un zapato de cuero, pero de plástico. O como un Ferrari chino. Mula. Los Bunkers son insoportables.

¿Qué te parece el programa de talentos “The Voice”?
-El otro día lo vi para sapear. Y nada, una vergüenza ajena. Ese prototipo de jurados, hablan como cantando y opinan como si supieran. Un tongo. Horrible. Hablan bien de un hueón que canta mal. O mal de uno que canta bien. ¿Cómo un jurado hueón se transforma en un jurado si no tienen por dónde? No entiendo. El jurado es de segunda división.

¿A quiénes pondrías?
-En su lugar pondría una bomba.

Más allá de eso, ¿ves talentos en este tipo de programas?
-No hay. El talento es otra cosa. Esto es solo people meter. Esos cantantes sirven pa cantarle el cumpleaños a la abuelita, pero de ahí a ser estrellas, no. Nómbrame a algún hueón que haya salido de un reality en Chile, que sea cantante, y sea una estrella. ¡Nadie poh! Si es una mierda, nomás.

¿Algo más que agregar?
-La SCD, alias SQM de los músicos, porque la hueá es más turbia que la chucha, va a ser mejor –y yo sería feliz– cuando su director sea Patricio Manns, mi máximo ídolo, y deje de serlo Álvaro Scaramelli.