Francia Atentados EFE

Ante el reciente ataque terrorista en París, se abren muchas dudas sobre el real alcance que puede tener el Estado Islámico en Europa y el mundo. ¿Qué tan cerca estaríamos en América Latina del terror que se respira por estos días en el viejo continente y el medio oriente? Tesis hay muchas y la mayoría sin grandes fundamentos. Se ha dicho que hay células en Ciudad de Juárez, México, o que podrían estarse formando, de a poco y en silencio, en los límites fronterizos de nuestros vecinos. Sin embargo, el terror crea fantasías peligrosas. Una psicosis que vale la pena aterrizar a nuestra realidad.

Sabemos que los lazos del terrorismo no tienen límites. Sin embargo, una organización como el Estado Islámico (EI), no podría tener apoyos internos en las sociedades latinoamericanas. Su articulación necesita generar redes suficientemente arraigadas a sus fines para poder lograr operaciones exitosas, y en Latinoamérica no existen. Hasta el momento, y sin contabilizar el extraño caso del ataque terrorista en la embajada israelí en Buenos Aires en 1992, en América Latina nunca hemos sufrido un ataque yihadista. Lo que no sabemos, es si esta situación cambiará en el futuro.

En los últimos cinco años, la ofensiva del Estado Islámico tuvo una metamorfosis. No por sus operaciones radicales, sino porque ha crecido a niveles difíciles de desarticular. ¿Por qué los países europeos, con su gran capacidad militar, no pudieron debilitar al Estado Islámico antes que se transformara en un Frankestein incontrolable? Este califato no es el ejército de Saddam Hussein, que en su momento tenía mucha más capacidad de respuesta y no duró ni 24 horas en pie cuando las potencias les cayeron encima. La respuesta es simple: el Estado Islámico era funcional a muchos intereses regionales y también del exterior. Pero hoy las cosas cambiaron y ningún continente puede desentenderse de este caos.

No hay duda que este Frankeistein provoca miles de problemas en la región y replantea la forma en que abordamos la política exterior. Y a pesar de nuestra lejanía con el conflicto, es necesario pensar en todas las aristas. Una de ellas es el reclutamiento. En América Latina, hay grupos anarquistas que pueden sentirse atraídos por este tipo de articulación totalitarista y antiimperialista. Porque este comportamiento fascista, que de cierta manera busca y encuentra un espacio en el Estado Islámico, ve ahí la posibilidad de negación total del sistema y el Estado. Hasta el momento hemos visto que sus reclutas vienen de todas partes del mundo, incluso chilenos que han viajado a unirse a su lucha. Vienen del “tercer mundo” o de países europeos en los que ha fracasado la integración de las minorías importantes, como lo es el 10% de la población musulmana en Francia.

El Estado Islámico no será desarticulado de un día para el otro y tenemos que estar atentos. Pero también hay que entender que esto habla de muchos problemas de dominación, invasión y dinero. Una cabeza de medusa que puede llamarse Saddam Hussein, Al Qaeda, Al Nusra, como sea. Este es el síntoma de una desestructuración de las sociedades de fracaso, destruidas por los mismos Estados que las conformaron.

*Es profesor del Centro de Estudios Árabes de la Universidad de Chile.