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“Qué pasa en Chile? La nueva cuestión social”, se titula el artículo que el rector de la UDP, Carlos Peña, escribe para El Mercurio, y en donde se pronuncia sobre lo que él cree es la paradoja que atraviesa a la sociedad nacional.

“Según los resultados de múltiples estudios que van desde los realizados por el PNUD a las encuestas del CEP o la encuesta Bicentenario UC Adimark, los chilenos están felices y satisfechos con su vida personal, pero, al mismo tiempo, descontentos e incómodos con las instituciones”, advierte Peña antes de desmenuzar esta situación controversial.

“La mayoría entonces está molesta y es al mismo tiempo feliz, parece haber disociado su vida personal (a la que juzga más que satisfactoria) de su vida social (a la que, en cambio, juzga deplorable)”, apunta.

Es la paradoja de Chile -advierte-, pues “los chilenos y chilenas están simultáneamente felices y molestos; integrados y a la vez apocalípticos; adaptados y al mismo tiempo disconformes”.

Explicar este fenómeno -observa Peña-  “es uno de los principales desafíos que, por decirlo así, plantea el Chile contemporáneo. Y quien acierte en las respuestas tendrá de su lado, sin duda, el favor de la mayoría”.

Puede ser útil comenzar examinando lo que ocurría hace 100 años. Entonces se vivió uno de los momentos más pesimistas en la historia de Chile. Pero se trató de una insatisfacción distinta a la que se vive hoy.

Haciendo referencia a la historia, examina que “si hace 100 años el problema era el surgimiento del proletariado urbano (grandes masas desarraigadas, agrupadas en la periferia, sometidas al trabajo asalariado y excluidas del consumo) hoy día hay también una cuestión social, pero esta es radicalmente distinta: ya no es el proletariado el que apareció en el paisaje, sino una nueva clase media que ha experimentado una rápida movilidad intergeneracional; cuyos hijos tienen una alta tasa de escolaridad; que posee amplio acceso al consumo que borra los signos externos de estatus y que tiende a igualar, en experiencias y en expectativas, especialmente a los jóvenes”.

“Esa clase media surge en un momento donde los recursos tradicionales para construir su identidad social -la nación, la clase, la iglesia, la ideología- se han debilitado. El resultado es un grupo social ampliado que se siente más libre; pero también más desarraigado. Se trata de un grupo cuyas adhesiones, desde la política a la religión, ya no son adscriptas, sino electivas y además volátiles. Un grupo, por llamarlo así, que ya no siente que la sociedad esté “organizada”, con puntos de orientación claros”, profundiza.

El rol de la política

Peña argumenta que en este escenario el rol de la política debe ser “ante todo, compatibilizar la distribución de recursos en proporción al éxito que es producto del esfuerzo (el ideal meritocrático) con reglas del juego que reduzcan el costo del fracaso (es decir, que establezcan una cierta igualdad de resultados al margen del desempeño). La sociedad chilena, como fruto del debate de estos últimos años, parece estar inclinándose hacia esa fórmula. Esto explicaría el equilibrio que las encuestas muestran entre la preferencia por el mercado y la preferencia por el Estado. Hay, pues, la necesidad de que las políticas públicas no se orienten solo a la igualdad de oportunidades, sino también, y en ciertos ámbitos, a la igualdad de resultados (UC Adimark, 2015). No es propiamente un anhelo de solidaridad o de igualdad estricta lo que se anhela: se trata más bien de la necesidad de un cierto seguro que permita competir sin que se vaya la vida en ello”.

En síntesis, cierra,  “hay en Chile dos deseos simultáneos que la política deberá satisfacer: que se premie el esfuerzo personal; pero que a la vez se reduzca el costo del fracaso”.