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Se requiere mucha humanidad para costear el inserto de la Conferencia Episcopal en el cuerpo de Reportajes de El Mercurio el pasado domingo. Una dimensión de humanidad que para la precariedad de vida de muchos y muchas no cabe aún siquiera en la utopía.

Pero el tema hoy no son los bienes, ingresos y excepciones de impuestos de la institución católica. El tema hoy es el aborto, a propósito del debate en el Senado del proyecto de ley que despenaliza la decisión de interrumpir un embarazo en tres causales. El planteamiento de la jerarquía católica es que ninguna sociedad, democracia y convivencia es posible si se hace un mal para alcanzar un bien.

El mal, el aborto: jamás la interrupción de una gestación es una acción positiva, ni siquiera cuando de esta depende la vida de una mujer. Es que “en ese caso” no es aborto, sostiene la curia. A ver, si se entiende: la gestación está matando a la mujer y la acción médica debe interrumpirla. Es decir, practicar un aborto para salvar su vida, no sería aborto. Dejemos la resolución de este asunto de profunda connotación filosófica a los señores obispos y arzobispos.

Cuando se trata de inviabilidad fetal letal, el bien no se configura en que la mujer gestante pueda decidir continuar o no con ese embarazo. Eso es un mal para la institución católica porque en realidad, lo que se esconde tras ese “engañoso bien”, es “auto compasión”, “conveniencias” e “intereses”, más aún, egoísmo tiránico de “los padres” y de la sociedad. A ver si entendí: el bien para los señores obispos y arzobispos es que esa mujer, en el mejor de los casos con su pareja y entorno cercano, por obligación prolongue la agonía de la muerte inevitable, dure lo que dure. Mi sentido de humanidad me dice que la libre decisión de esa mujer es precisamente el más alto bien para resolver una situación que, desde donde se le mire, es humanamente dolorosa.

Y en el caso de un embarazo producto de la violencia sexual, los señores obispos y arzobispos – por gracia – coinciden en que la violación es un mal y, más mal aún, el aborto de su consecuencia. El bien radica única y exclusivamente en que el producto de esa brutal agresión nazca; abortar traumaría aún más a la mujer agredida, lo que sería inhumano. Así la cosas, la mujer agredida se haría un bien, aceptando el producto de la violación; sería para ella un acto casi de reparación. Agregan que permitir el aborto sería para el Estado una rendición ante el “flagelo de la agresión sexual a mujeres”. Es decir, que si una mujer violada decide abortar estaría haciéndose cómplice de esa violencia sexual porque el Estado ya no perseguiría el crimen.

En resumen, el único bien para la institución católica es que cualquier gestación debe llegar al nacimiento, sea cual sea la circunstancia en que se produce y las consecuencias que ello acarreé para la vida de la mujer. Todo lo demás es un mal. Con vehemencia obispos y arzobispos sostienen que el aborto encarna “la tiranía radical del culpable sobre el inocente”. Como la interrupción del embarazo en estas tres causales tiene el apoyo del 80% de la población, somos culpables todas, todos, la sociedad, el Congreso, el Estado. Vivimos y actuamos en la inspiración y conspiración del mal.

La presentación de la Conferencia Episcopal ante la Comisión de Salud del Senado es una gran muestra de la experiencia de humanidad de la institución católica con las mujeres. No somos, ni hemos sido nunca dignas, salvo, como ellos mismos dicen: cuando por sobre nosotras mismas nos imponemos mayores exigencias, mayores sacrificios, mayor maternidad. El sentido del bien y del mal que imponen los señores obispos y arzobispos sobre las mujeres es simple: el bien está en la madre, el mal en todo lo demás que nos hace mujeres y humanas.

Afortunadamente en la tierra, en este planeta tierra, las leyes de los hombres y de las mujeres, los Derechos Humanos, encarnan la dignidad de las personas en la posibilidad de decidir libremente, sin coacción, temor ni violencia. Es precisamente en el reconocimiento de la capacidad moral de las mujeres para decidir sobre sus vidas donde se juega nuestra dignidad como personas. Y es lamentable que después de tantos siglos de humanidad, para los señores obispos y arzobispos las mujeres sigamos siendo la representación del mal.

*Feminista y ex subsecretaria de SERNAM